De conejo de criadero a liebre de monte
- Última actualización en 22 Marzo 2013
- Escrito por: Raúl Zibechi
Militancia de dos mundos
Muchos uruguayos exiliados continuaron su militancia en el país que los acogió. Pocos, sin embargo, participaron en movimientos armados de otros mundos. Marcos Rodríguez trasegó de la militancia gremial y armada en Uruguay a incrustarse en el monte salvadoreño.
El rostro aniñado de “Marquitos” se encendía con aquella sonrisa eterna, luminosa, como si todo lo que sucedía a comienzos de los setenta resbalara sobre su imberbe inocencia. Debe haber sido ese mismo candor el que lo llevó, mucho después, a integrarse en la guerrilla salvadoreña, amartillando su fusil con primaveras como para suavizar los horrores de la guerra. Más tarde aun volvió a ser Marcos Rodríguez, desde que ocupa un sillón institucional bajo la actual presidencia de Mauricio Funes. Un día cualquiera, tal vez mañana, se instalará definitivamente en su Montevideo, en ancas de la misma sonrisa con la que recorrió otros mundos.
—¿Qué hacías en Uruguay antes de salir al exilio?
—Como muchos jóvenes de mi generación, comencé a militar en la secundaria cuando estudiaba en el Colegio Marista 21 de Setiembre y me integré a la Juventud de Estudiantes Católicos (jec), en la Parroquia San Juan Bautista. Luego me integré al fer y al mln. Continué siendo parte de esta agrupación, y más adelante me integré al frt, los “cartilla” como fuimos conocidos quienes nos retiramos del mln para formar otra opción revolucionaria.
Fue una época en la que todo sucedió muy rápido, como dijo Pablo Errandonea, desaparecido de la Resistencia Obrero Estudiantil: “Me sacaron el balero y cuando me di cuenta tenia volantes en la mano”. A los 18 años ya había estado varias veces preso por apoyar conflictos obreros y en 1973 participé en la ocupación de la fábrica de Coca-Cola para resistir el golpe de Estado. Unos meses después, no había cumplido aún los 20, estaba en la clandestinidad y de camino al exilio en Buenos Aires.
Cuando recuerdo todo eso me da hasta miedo, pensando en mis hijos y en las generaciones de jóvenes en el presente. Creo que fui parte, sin haberlo decidido, de dos generaciones a las cuales nos atrapó la historia casi por casualidad y tuvimos que tomar decisiones muy radicales y comprometidas.
—¿Cuándo y por qué te fuiste de Uruguay?
—Me fui porque no había otro remedio. El ejército allanó un local, me identificaron y tuve que pasar a la clandestinidad en un contexto muy precario. Caía gente todos los días y no había capacidad de mantenerme en esas condiciones en el país.
Después vino el exilio de tres años en Buenos Aires, donde fui desaparecido cuando aún estaba el gobierno de Perón y por eso posiblemente todavía estoy contando el cuento. Después vinieron los hijos y el exilio en Suecia durante ocho años, donde terminé de crecer.
En realidad mi historia hasta ese momento es la de miles de uruguayos que recorrimos el mismo camino. Los que tuvimos suerte. Otros, como Errandonea, fueron desparecidos y otros encarcelados. La derrota fue muy dura, peleamos y nos equivocamos en muchas cosas, como es lógico. Pero soy de las personas que piensan que si la causa es justa no hay peor pelea que la que no se ha dado.
Por eso me da una enorme satisfacción cuando vuelvo a Uruguay ver a un presidente como “Pepe” Mujica, que es un símbolo de esa lucha, y a muchos compañeros haciendo gobierno. Cuando ganó Tabaré lloré pegado a la computadora de mi casa en San Salvador.
—¿Qué te llevó a elegir El Salvador, cuando todavía no era conocido el proceso revolucionario en ese país ni en Centroamérica?
—En Suecia trabajé en una fábrica durante un año y luego en una guardería infantil, y también estudié economía en la universidad. Pero siempre fui activo en los movimientos de solidaridad con Latinoamérica. De alguna manera, siempre estuve consciente de mi sentido de pertenencia con América Latina y del internacionalismo. Por eso años después, cuando el período neoliberal, me gustaba bromear diciendo que por internacionalista me había quedado globalizado.
La cuestión es que durante dos años fui el presidente del Movimiento de Solidaridad de Suecia con El Salvador, y en determinado momento los salvadoreños de las Fuerzas Populares de Liberación (fpl), que era la organización más fuerte del fmln, me invitaron a sumarme como combatiente en la montaña. Esta organización me gustaba, porque de alguna forma combinaba con sabiduría la lucha armada con una profunda influencia entre las organizaciones populares. O sea que era algo así como la alternativa que muchos años antes los cartilla expresábamos en el mln. Así que pensé que podía hacer esa contribución y luego retornar a Uruguay cuando cayera la dictadura.
—¿Dónde militaste en El Salvador, y por qué?
—Estuve ocho años en las montañas de Chalatenango, que era uno de los territorios más fuertes de la guerrilla. Primero como simple combatiente de un destacamento guerrillero, luego como responsable político de esa unidad militar y después como jefe de una unidad de “expansión”. Así les llamábamos a las pequeñas unidades político-militares que se movían en la periferia, entre los territorios dominados por la guerrilla y los que dominaba el ejército gubernamental. Estas unidades de “expansión” hacían lucha guerrillera, pero al mismo tiempo trabajábamos muy cerca de la población, haciendo trabajo de propaganda armada, inteligencia, abastecimiento logístico y organización miliciana. Era un trabajo muy integral y riesgoso.
También estuve en el mando de una subzona de ese frente de guerra que era uno de los principales del fmln, y a finales de la guerra estuve en México apoyando las negociaciones de paz y luego en su implementación de cara a los ex combatientes. Fue una experiencia muy distinta a la de Uruguay y aun más al exilio, muy intensa pero igualmente comprometida.
Quizá soy un poco terco, pero desde muy joven me comprometí a ser revolucionario en Uruguay, y me lo tomé en serio. Las sociedades más justas nunca han venido solas, siempre hubo gente que dedicó su vida a construirlas y para mí, más que un sacrificio, esto ha sido un privilegio compartido con muchos otros.
—Las fpl vivieron momentos muy duros con la muerte de la comandante Ana María y el “suicidio” del comandante Marcial, como parte de una lucha interna por el poder en la organización. ¿Cómo viviste todo eso, algo nuevo para nosotros, un tipo de lucha interna que nunca habíamos vivido en Uruguay?
—En cada país las cosas suceden de acuerdo a su cultura y la de El Salvador es tradicionalmente mucho más violenta que la de Uruguay. No es casualidad que los muertos y desaparecidos durante el conflicto armado se calculen entre 70 y 90 mil personas. Por ese motivo la lucha ideológica que se produjo en las fpl, como también sucedió en otras organizaciones como el erp, que también fue parte del fmln, con el asesinato del poeta Roque Dalton se saldó de manera tan dramática.
Actos arbitrarios y hasta degradantes como éstos son propios de todos los procesos revolucionarios, como también sucedió en las luchas por la independencia. Digamos que son su cara oscura, que contrasta con la generosidad y grandeza que los seres humanos sacan de sus entrañas en esos momentos. Después de haber vivido en sociedades tradicionalmente tan pacíficas como la uruguaya y la sueca, la violencia de la sociedad salvadoreña, que por lo general es tan humilde y amigable, es una de las cosas que siempre me ha costado asimilar.
La violencia en El Salvador, hoy también presente en las pandillas juveniles, me recuerda al libro Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon. Es como que la humildad que ha sido forjada por siglos de opresión y el callarse y aguantar la injusticia con resignación repentinamente explotara como un volcán que derrama violencia.
—¿Podrías describir la vida cotidiana en la montaña? {restrict }
—Como te imaginarás, para un uruguayo urbano y luego de vivir ocho años en Suecia, eso fue algo totalmente nuevo. Me cambió todo, la comida, el abrigo, la gente con que convivía, los puntos de interés. Todo, menos la identificación con la causa, la cual entendía bien después de tres años de trabajo en la solidaridad con la revolución salvadoreña y de su identidad con la lucha del pueblo uruguayo.
La vida cotidiana era sumamente tranquila cuando no había operativos militares contra nosotros o de nosotros contra sus posiciones y movimientos. Claro que las cosas más simples como dormir en el suelo, comer sólo tortillas y frijoles, cuando había, hacer las necesidades fisiológicas al aire libre y sin papel higiénico, bañarse con agua helada de la montaña, hacer posta a media noche y despertar a las cinco de la madrugada, caminar durante horas subiendo y bajando cerros con mochila y armamento en el lomo, aguantar la lluvia directamente en el cuerpo, identificar puntos en la naturaleza para no perderme y hablar casi siempre de temas propios de los campesinos, me costaron mucho durante el primer año. Después me fui acostumbrando y los otros siete años fueron mucho más fáciles.
Recuerdo que unos tres meses después de que había entrado al monte un campesino vio casualmente una fotografía carné que me había tomado en Guatemala cuando iba de camino hacia El Salvador y me dijo: “¡Qué bonita la ‘afoto’! (así dicen los campesinos), ¿es su hijo?”. Así que imagínate como me veía.
Una vez le fallé a un contacto en la nochecita, porque quedamos en que nos veríamos bajo un árbol de amate y yo pasé esperando como dos horas bajo un árbol de mango. La verdad es que me acostumbré bastante, pero nunca es igual. En realidad me sentía más como Míster Magoo en el monte que como un guerrillero heroico; porque de alguna manera sobreviví ileso y eso fue bastante excepcional en comparación con mis compañeros. “Dios te quiere”, me decían.
La naturaleza es implacable. Tuve sarna, piojos, torsano (que es un gusano que se te mete en el cuerpo por la picadura de un mosquito), niguas (otro animalito que se te mete bajo las uñas de los pies), hepatitis, paludismo, lombrices y cuanta porquería se te pega en esta vida. Pero de eso no se muere nadie.
Perdí 30 quilos y se me hizo más fácil la sobrevivencia. Yo bromeaba que el cuerpo me ayudó a adaptarme al medio, convirtiéndome de conejo de criadero en liebre de monte. Pero es importante decir que junto a los sacrificios la vida en el monte me regaló más satisfacciones que dolores. El sentimiento permanente de comunión con los compañeros y compañeras, la solidaridad como principal moneda de cambio, compartir un tazón de café junto al fuego o el último cigarrillo con una escuadra guerrillera, las comidas más ricas de mi vida –como una tortilla tostada y un pedacito de queso después de tres días de combate y sin comer–, el apoyo de la población campesina que arriesgaba su vida por ayudar a la guerrilla y, sobre todo, ese sentimiento de que uno está haciendo lo correcto. Nada espectacular, pero me llenaba la vida y por eso fui retrasando mi salida del monte, año tras año.
—¿Cómo era el papel de las mujeres? Se han escrito cosas bastante críticas al respecto.
—La situación y la posición de la mujer en la guerrilla era enormemente más avanzada que en la sociedad salvadoreña. Había compañeras en los mandos, muchísimas en tareas de seguridad y sanidad, y muchas menos en actividades de combate. Y esto no se debió en mi opinión a una política discriminativa de reclutamiento, sino a los roles para los que la sociedad nos había educado. Nunca supe que una compañera solicitara asumir un lugar de combate y le fuera negado.
Creo que lo importante a la hora de emitir juicios es definir los puntos de referencia. Si el punto de referencia son los patrones dominantes en la sociedad, creo que las mujeres jugaron un papel mucho más importante en la guerrilla y en las organizaciones populares. Si el punto de referencia es lo que se considera más justo, es obvio que no existía la igualdad a la que aspiraba nuestro ideario. Creo que el punto es valorar las cosas en su justo contexto y no solamente de acuerdo a las aspiraciones de quien emite opinión.
—¿Cómo viviste la ofensiva y la crisis del socialismo en 1989-1991? ¿Cómo llegan a la conclusión de que hay que hacer la paz, de que la guerra no va más?
—En realidad, la búsqueda de una salida negociada al conflicto por parte de la guerrilla se planteó desde 1993, nueve años antes de los Acuerdos de Paz, pero ni yo ni nadie creíamos que eso tenía futuro. En lo personal, me sentí golpeado por la caída del socialismo real y entendí que se había producido un cambio sustancial en la correlación política e ideológica internacional.
Pero en El Salvador la situación era distinta, y en la ofensiva de 1989 pusimos “toda la carne en el asador”, paralizamos el país y prácticamente tomamos la capital durante 15 días. Y tal como observó un estratega de Estados Unidos, lo más importante fue que nos replegamos en forma ordenada y con pocas bajas. El fmln tenía habilidad de defensa estratégica y condiciones para combatir por lo menos diez años más. Pero la situación internacional había cambiado y era necesario sacar conclusiones y hacer cambios.
Recuerdo que durante la ofensiva un internacionalista italiano que era médico me comentó, después de escuchar las noticias, que si tomábamos el gobierno íbamos a ser el único país socialista del mundo con 21 mil kilómetros cuadrados. Era una broma, pero reflejaba la discordancia entre lo que nosotros vivíamos y lo que estaba pasando afuera, en el mundo.
Así que de esto resultó una negociación que abrió el país a la democracia pero no resolvió el problema de la injusticia social. Los partidos que habían conducido la guerra se convirtieron en los más fuertes. La izquierda logró gobernar muchos territorios de El Salvador y ahora tiene el gobierno nacional.
—¿Cómo llegaste a ser en la actualidad subsecretario presidencial para la trasparencia en el gobierno de El Salvador?
—La verdad es que salí de la guerra con lo que tenía puesto y una compañera con dos hijos preciosos, cuyos papás murieron peleando. En Suecia tenía también a mis otros dos hijos, así que tenía dos familias y tres países para elegir. En El Salvador quedé automáticamente fuera del fmln debido a que en este país está constitucionalmente prohibido que los extranjeros se involucren en política, así que me dediqué a estudiar economía y a sacar una maestría en desarrollo territorial.
Ya no participé directamente en política partidaria pero seguí actuando desde la sociedad civil, escribí artículos y algunos libros relacionados principalmente con el desarrollo territorial y la participación ciudadana. Continué apoyando discretamente al fmln en sus programas de gobierno y análisis políticos.
Durante los últimos años fui el enlace de Trasparencia Internacional en El Salvador y me especialicé en ética, transparencia y lucha contra la corrupción. De manera que cuando se conformó el gobierno que preside Mauricio Funes fui convocado para asumir esa secretaría. Estamos, con la implementación de la ley de acceso a la información pública, promoviendo la rendición de cuentas y cuanto mecanismo podemos para cerrar los portillos de la corrupción.
—¿Qué de nuevo aprendiste allá con respecto a lo que aprendiste en Uruguay?
—Aprendí muchísimo de lo bueno, lo malo, lo feo, de lo que quisiera repetir, y también de lo que no quisiera repetir. El Salvador me enseñó mucho de la gente más sencilla que conocí en la montaña, sobre todo humildad que no es muy común en el Sur, pero también aprendí del mundo académico, de la sociedad civil, y ahora de hacer las cosas desde el Estado. Pero la idea es siempre la misma: hacer cosas justas para que el mundo sea mejor del que tenemos.
—¿Volverás a Uruguay?
—Uruguay me encanta y cada vez que viajo me siento en mi casa. La experiencia política y el liderazgo que ha ganado la izquierda están transformando el país y encontrar a viejos compañeros comprometidos en este proceso me hace sentir aun más en casa. A veces sueño terminar la vida volviendo a mi origen. {/restrict }

