Aguas de marzo
- Última actualización en 22 Marzo 2013
- Escrito por: Eliana Gilet/ Betania Núñez
Agroquímicos y potabilidad
El episodio de la “floración algal” hace pertinente una mirada a fondo sobre la situación del Santa Lucía y otras fuentes de agua potable, cómo repercute la producción agropecuaria en el estado de éstas y la reacción de las autoridades públicas.
Abra la canilla. Esa agua que corre es apta para su consumo. Así se afirma desde la ose, en medio del revuelo que causó la presencia de unas seudo algas en la cuenca del río Santa Lucía y que dejó al agua, durante algunos días de marzo, con un sabor extraño. ¿Sabor? Problemas, Houston. Que el agua es insípida, inolora e incolora se aprende en la escuela. Así, la credibilidad en la calidad del producto ofrecido por la empresa estatal recibió un par de estocadas.
La respuesta fue la implementación de filtros de carbono activado en polvo que neutralizarán el efecto. Ese es el tema, ose, en su calidad de prestadora de servicios, está obligada y a la vez restringida a aplicar paliativos cuando detecta irregularidades. “Es un tema que trasciende a la ose, que lo que tiene que hacer es garantizar la potabilidad del agua, pero no tiene la competencia para controlar todo lo que incide en nuestras fuentes de agua bruta”, afirmó a Brecha Milton Machado, presidente del ente. Su tarea se reduce a analizar el agua en las distintas etapas del proceso que le compete: durante la captación, la producción y la distribución. Según su presidente, los dos laboratorios con que cuenta la empresa –uno central y otro en Aguas Corrientes– realizan controles a diario, cotejando las muestras con los niveles permitidos por la normativa internacional y la reglamentada en el país. “Se han invertido millones de dólares en el laboratorio central para que tenga un nivel tecnológico que le permita una mayor precisión y detección de todo tipo de organismos”, sostuvo Machado. Puede afirmarse entonces que la ose trata los efectos, pero no la fuente del problema. Para sobrevivir, tira plata al agua.
Desde el Centro Universitario Regional Este, el biólogo Franco Teixeira de Mello le tira un cable. Una floración algal, como la ocurrida, es un hecho que hace visible problemas en la calidad del curso de agua. Son signos, síntomas. Como el estornudo a la gripe. “Es más fácil que a la gente le llame la atención esto a que se asombre por cambios en el valor del ph”, observa el biólogo.
Así, comúnmente se estudia el vínculo entre las características fisicoquímicas del agua y cómo sus variaciones afectan a las comunidades biológicas que en ella habitan. Este tipo de fenómenos se atienden como avisos, elementos que no son graves en el momento pero que hablan de procesos en marcha, que de no atacarse pueden empeorar.
EN SANTA LUCÍA O EN CHINA. La calidad del agua de la cuenca del Santa Lucía es buena, mala o muy mala dependiendo de la zona que se analice. Eso concluye un estudio de la Facultad de Ciencias, de hace ya cinco años. La principal tesis del informe, la misma a la que llegan todos los científicos consultados por Brecha, plantea que la calidad del agua está directamente vinculada a la actividad productiva desarrollada en los alrededores de la cuenca. Esa apreciación es válida para analizar el resto de los recursos hídricos del país, o los de la China. Se trata de un concepto validado por la comunidad científica desde hace una década, dice Teixeira de Mello. Es por eso que los consultados apelan al ordenamiento territorial como un aspecto clave del asunto: definir qué actividades pueden convivir con la preservación de la cuenca, y cuáles no, forma parte de la solución. Ahí el punto más complejo que se le escapa a la ose entre los dedos, porque es competencia de otros organismos.
Si bien entre las hipótesis de las autoridades y las de los científicos hay algunas diferencias, existe acuerdo en que los efectos son multicausales. Así, la agricultura, la ganadería y la industria, todas ellas afectan la calidad del agua. También los centros poblados aledaños.
En el informe sobre la cuenca del Santa Lucía, el doctor en ciencias naturales Rafael Arocena afirma que “la región serrana es la única que presentó en su totalidad una buena calidad ambiental”, una zona que no es apta para la agricultura intensiva pero donde se encuentra ganadería extensiva y un avance, en aquel momento, de la forestación. En el informe también se apunta que la planicie platense sedimentaria de Canelones “es la más alterada por las actividades humanas”, zona en la que el “uso es agrícola, industrial y urbano”. Lo mismo con la planicie platense sedimentaria de San José, donde la actividad principal es la lechería y que “aparece con un alto grado de deterioro”.
En el caso de la agricultura, los principales efectos comprobados se relacionan con el uso de fertilizantes. Los científicos y los organismos estatales destacan la presencia de nitrógeno y fósforo, que tienen “el efecto de aumentar la producción en la tierra –para eso se los utiliza–, pero que también generan en el agua una mayor producción de algas y de bacterias”, apunta Arocena. Además, “muchas veces no se hacen los estudios de suelo para determinar las deficiencias de nutrientes y qué aplicaciones se necesitan, por lo que se agregan en exceso”, resume el investigador.
Las lluvias arrastran los nutrientes hacia el agua, lo que se ve facilitado si los arroyos o ríos no cuentan con montes que funcionen como filtro: “No se cuidan las zonas ribereñas, los arroyos más chicos ya no las tienen porque los montes han sido talados o los bañados con su vegetación no son respetados”. El daño es aun mayor si las plantaciones llegan hasta la orilla, como ocurre por ejemplo en la Laguna del Cisne en el balneario de Salinas (véase recuadro “Otra más”).
Si los nutrientes “llegan al agua, difícilmente se vayan”, acota la doctora en biología Sylvia Bonilla, y agrega que “gran cantidad queda en el fondo, se genera un ciclo de reciclado y quedan atrapados, se vuelve una especie de bomba que favorece las cianobacterias”. Las llamadas vulgarmente algas y científicamente cianobacterias son potencialmente tóxicas. Aunque las que proliferaron en la cuenca no lo son, pueden llegar a serlo (véase “Identikit de una bacteria”).
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