Eliminatorias
El objetivo es el Mundial. No para ganarlo, sino para participar de la gesta. Salir Campeón del Mundo es una quimera, un casi imposible. Llegar a competir en el torneo, en cambio, implica mantener enhiestas autoestimas individuales, elevar la moral colectiva, valorizar a los jugadores en el exterior, asegurarse cierta estabilidad económica en el interior, posicionar a la actividad, el deporte y el negocio “fútbol” en el imaginario colectivo nacional.
Para un país (con un mercado interno) pequeño como Uruguay, clasificar o no clasificar marca el límite entre la gloria eventual y el ostracismo total. Ni exageración ni drama: nos jugamos en la Eliminatoria una parte importante de nuestro futuro futbolístico a corto y mediano plazo. Como comunidad, esa responsabilidad nos pesa enormemente. Semejante peso se traslada, inevitablemente, a los jugadores. De ahí que buena parte del trabajo del Director Técnico y de su equipo consista en quitarle quilos y quilates a la mochila. En convencerlos de que deben pensar en un juego, no en una guerra. En liberarlos para que demuestren sus condiciones. En devolverles a los jugadores el gusto y la alegría de jugar al fútbol. Menuda tarea.
Por cierto, nada fácil de concretar. Para colmo, tal como se la ha programado durante las últimas cinco ediciones, para todos los países que integran la Conmebol las Eliminatorias se han transformado en un torneo mucho más importante que el propio Campeonato Sudamericano. La presión que sienten los jugadores, en especial los nuestros, puede volverse intolerable, con las consecuencias que ello apareja sobre el rendimiento colectivo. De ahí que, en los hechos, es imposible que en este torneo Uruguay alcance alguna vez el nivel de propuesta futbolística que mostró en sus enfrentamientos amistosos ante rivales europeos como, por ejemplo, España, quizás la mejor selección del mundo. Ante ese rival perdimos con dignidad jugando muchísimo mejor, en especial en el primer tiempo, que en cualquiera de los partidos oficiales. Se estaría contradiciendo, entonces, la vieja tradición criolla de “agrandamos en las que valen”. No hay contradicción. Ocurre, simplemente, que en las Eliminatorias nos jugamos demasiado. Al respecto, poco ayuda al plantel y al cuerpo técnico la actitud trágica, maximalista y desesperada de nuestro colectivo social. Tanta presión potencia las dudas y puede desembocar en la parálisis física y psicológica del equipo. Véase, como ejemplos, lo ocurrido algunos meses atrás en Barranquilla, ante Colombia, y durante el horroroso primer tiempo contra Ecuador.
No pasó lo mismo ante Paraguay. No pasó en ese grado. Tabárez y su equipo plantearon el partido a la perfección y pusieron en cancha al mejor equipo posible. Los once que entraron están en plena actividad (mayoritariamente europea) y en buen nivel. Lodeiro demostró durante todo el encuentro que puede volver a ser el gran protagonista ofensivo que rompe cualquier marca previsional en el medio campo con sus quiebres y su cintura. Forlán comenzó a un ritmo similar al del Mundial. El Pereira de la derecha y el Pereyra de la izquierda se animaban a desbordar. Suárez le imprimía su vértigo habitual a cada disputa por el balón. Lugano calculaba bien sus anticipos. Pero enfrente estaba un Paraguay necesitado de puntos y absolutamente consciente, maduro y firme en la marca y en el traslado del balón. Poco a poco, los mejores augurios empezaron a desvanecerse. El buen primer tiempo en materia ofensiva no derivó en ningún gol a favor y, para colmo, Paraguay avisó con algún contragolpe.
En el tiempo segundo, los nervios se impusieron a la razón. Más allá de que la sustitución del lesionado Diego Pérez por el redivivo Arévalo Ríos no implicó pérdida en orden y en nivel de juego -al contrario- y que, desde que ingresó, a los 67 minutos, el lagunero Ramírez lució “enchufado” a sus responsabilidades, el resto del equipo empezó a sufrir, progresivamente, el síndrome del nervio colectivo, la prevalencia del apuro sobre la velocidad, el malhumor de los delanteros y los medios ante la marca pegajosa y al filo del reglamento, el malhumor de los defensas ante la escurridiza habilidad y la endurance de adversarios como Riveros, Cardozo, Haedo Valdez, luego, decisivamente, Benítez. Otro ingresado, Cavani, quiso resolver todo rápido y resolvió todo mal. Forlán se quedó sin aire. El Pereira de la derecha se lesionó. Más adelantado que antes, Lodeiro ya no encontraba tantos espacios. Suárez se desordenaba. Lugano ya no calculaba tan bien, y un error de cálculo nos costó carísimo: el gol del empate. Después del partido se le reprochó a la Selección no haber sabido “dormirlo” para conservar la ventaja; en rigor, durante los veinte o veinticinco minutos anteriores al providencial y, dadas las circunstancias, sorpresivo gol de Suárez (81 minutos), el equipo no había tirado una sola vez contra al arco rival: los nervios, el desorden, el apuro, habían corroído toda pretensión de organizarse.
Ante Chile, la Selección se jugaba algunos de sus últimos cartuchos para clasificar. Era previsible, entonces, que la inquietud natural que en semejantes circunstancias suele aquejar a todos los jugadores, pero más aún, dadas sus características, a los uruguayos, explotaran. Podían explotar para más o menos bien, como en los primeros 25 minutos del segundo tiempo, y podían explotar muy mal, como sucedió en el resto del partido, en especial en el primer tiempo. Un primer tiempo terrible, en el que sólo la escasa jerarquía –hay que decirlo-de la selección chilena impidió que la derrota se sellara, ya, en esa instancia. Y un segundo tiempo que, para la anécdota, se pobló de golpes, de errores de los jugadores de ambos equipos, de errores arbitrales, de una mano penal en el área de Chile no cobrada, de polémica y, finalmente, de alegría para ellos y desazón para nosotros.
Una desazón que aún está en manos de este técnico y este plantel revertir. Sigue dependiendo de sí mismo. Si gana los 5 partidos que le quedan, o gana 4 y empata 1, clasifica. Pero si continúa librando todas las acciones en el campo de juego a impulsos individuales de jugadores con talento pero, vistas las patas a la sota, poco autocontrol y un fervor mal encaminado, su chance es casi nula. ¿Dónde quedó el juego colectivo expuesto en el mundial, en la segunda fase del Torneo Sudamericano, en los partidos amistosos frente a selecciones europeos? En el mejor de los casos, en el papel, en las intenciones, en propuestas aisladas. No en la cancha.