Brecha Digital

Donde Chávez dejó el poncho

Pueblo Bolívar

Ubicado a apenas 92 quilómetros de Montevideo, en la frontera entre Canelones y Florida, a orillas del Santa Lucía, Pueblo Bolívar era hasta hace apenas unos años poco más que un pueblo de ratas. Lejos de las rutas y de las vías del ferrocarril, en el camino de nadie, injertado en el interior de una zona que algo más al oeste o algo más al norte podría ser vista como “pujante”, habitado por unas 140 personas que quedaban literalmente incomunicadas a la menor lluvia, sin luz y casi sin servicios, el poblacho marchaba camino a su desaparición, llenándose de miseria y vaciándose de población.

Una técnica del Ministerio de Agricultura que formó parte de un programa aplicado en el pueblo recuerda que hacia mediados de la década pasada Bolívar tenía todas las características de “un cantegril metido en medio del campo. No le faltaba nada: familias enteras viviendo en ranchos de lata, informalidad, ausencia de fuentes de trabajo locales, cuadros de desnutrición infantil, de parasitosis, situaciones reiteradas de abuso y violencia doméstica, altas tasas de repetición escolar, nula capacidad de autoorganización, ausencia total de perspectivas. Los ingredientes típicos de la marginalidad económica, social, cultural. A eso había que sumarle una situación de extrema conflictividad entre sus pocos habitantes, separados por divisiones de todo tipo, por caudillismos, que complicaba aun más la perspectiva de quien quisiera intervenir para ayudar en algo”.

 

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Pero a Bolívar el maná le caería de lo menos esperado: de su nombre. Y de una rara conjunción de factores.
Quiso el destino, o lo quiso la Virgen de Coromoto, que en la embajada de Venezuela en Montevideo se enteraran de la existencia del pueblo por un informe periodístico. “Lo publicó el suplemento Qué Pasa del diario El País y presentaba a Bolívar como el poblado más pobre del Uruguay”, cuenta a Brecha el actual embajador venezolano en Uruguay, Julio Ramón Chirino. El artículo, de 2003, fue enviado a Caracas, y nada menos que El País terminó operando como un disparador bolivariano varios meses después. En 2005 el presidente Hugo Chávez llegaba en visita oficial a un Uruguay que estrenaba gestión del Frente Amplio. La coincidencia del momento uruguayo (“la asunción de un gobierno con mucho reto por delante en un país que recién empezaba a salir de la crisis y que necesitaba ser respaldado”) y del momento venezolano (Chávez aterrizaba dispuesto a dejar también aquí parte de los cientos y cientos de millones de dólares que iría repartiendo en ayudas a los países con gobiernos de izquierda o progresistas) hizo que “se diera una situación excepcional”, dice Chirino.
Pueblo Bolívar vivió esa excepcionalidad prácticamente como la única en una historia de más de un siglo de un continuum de pálidas.

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Desde aquel 2005, y por varios meses, técnicos de lo que hoy es el Ministerio de Comunas de Venezuela llegaron al pueblo “que en su nombre homenajea al Libertador” para participar en programas de “intervención interinstitucional” junto a la Intendencia de Canelones, los ministerios de Desarrollo Social, Agricultura y Vivienda, y la Junta de Tala. Varios planes se pusieron en marcha y otros, que ya venían siendo aplicados desde algunos años antes de la era frenteamplista, fueron reformulados para sumarse al desembarco.
Un comerciante que pidió anonimato dice hoy que nunca como entonces “el pueblo vivió en un estado de efervescencia tan grande”. “Hubo un antes y un después de Chávez”, insiste también Juan Navarro, que entre 2007 y 2010 fue presidente de la Asociación Civil local. Con un decir que revela una mayor formación que la de la media de los habitantes locales, y un vivir ídem (es propietario de un tambo en las cercanías, tiene una camioneta, su casa es algo menos modesta que las otras, dice no poder quejarse), Navarro, uno de los pocos “militantes sociales” con que cuenta Bolívar aun si no se define como tal, resume la opinión de muchos otros: Chávez hizo en Bolívar lo que nadie.
“A mí no me hablen de ideología, no creo en nada de eso ni me importa, pero por Chávez tengo un sincero agradecimiento”, dice a Brecha Ruben Sánchez, un policía retirado que fue “milico del pueblo por 12 años”. Otro vecino, reinstalado en Bolívar hace un tiempo por rechazo a una Montevideo que cree “perdida para siempre” por los niveles de inseguridad que “éstos que hoy gobiernan han dejado instalar” (“se resuelve muy simple: se saca a los militares a la calle y se acaban los infantojuveniles y los malandras”, dice), proclama también que a Chávez le tuvo “confianza”.
El hombre, que acaba de volver de un viaje a Estados Unidos a visitar a su hijo inmigrante y termina una frase sí y otra también con un man que en el contexto suena extraterrestre, dice que “los venezolanos” hicieron por Pueblo Bolívar, Canelones, Uruguay, lo que ni blancos, ni colorados, ni frenteamplistas. Y en el “hicieron” resume todo. “Muchos prometieron, él hizo”, dice también Ruben Sánchez.
Hay quienes recuerdan todavía la promesa nunca cumplida del ex intendente colorado Tabaré Hackenbruck de que a Bolívar llegarían 50 mil dólares para la construcción de una placita. Y otros apuntan que mientras la Junta de Tala fue frenteamplista la Intendencia de Canelones “le dio para adelante”, pero cuando la Junta dejó paso a una alcaldía y ésta fue ganada por los blancos le puso palos en la rueda y Bolívar, de nulo peso político, “fue tomado como rehén”.
De esa cadena de “inescrupulosos”, los bolivarienses salvan sólo a Chávez.

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Lo que los bolivarienses agradecen a los bolivarianos: el puente que les evita quedar aislados a cada aguacero; el montaje de una policlínica “que ni en Tala tienen”; la ayuda en la refacción de viviendas de algunas de las familias más pobres; la contribución a la iluminación de las calles; la donación a la escuela del pueblo de algunas computadoras antes de que comenzara a ser operativo el Plan Ceibal; el equipamiento de una placita para niños, con juegos y parrilleros.
Lo que podrían haberles agradecido: la cancha de fútbol. Equipada con un sistema de riego subterráneo que al parecer sería único en el Interior, y con vestuarios que según dicen no tendrían algunos cuadros de la segunda profesional nacional, la cancha apenas ha podido ser usada porque no se respetaron las medidas oficiales de ofi. Quedó demasiado angosta. Los bolivarienses pensaban alquilarla como terreno de práctica e incluso para jugar campeonatos. Durante dos temporadas Peñarol de Fray Marcos practicó allí, pero ya no lo hizo el año pasado y no se sabe si éste volverá. De la cancha, que proyectaban con el tiempo convertir en estadio con tribunas móviles, los bolivarienses pensaban sacar ingresos con los cuales mantener el buque insignia de la intervención bolivariana: el Centro Cívico.
Hecho de ladrillo y hormigón y con terminaciones en madera, coqueto, amplio, con salón multiuso, estufa a leña, espacio para biblioteca, baño, bien iluminado y rodeado de un espacio verde, el Centro Cívico es, quizá, lo que menos agradecen los bolivarienses, o algunos bolivarienses, a los bolivarianos. Lo ven, quienes lo critican, como exageradamente caro (costó unos 400 mil dólares), como un mastodonte de “modernidad” y “lujo” desmesuradamente grande para un entorno de calles desoladas en las que la mayor aglomeración se da cuando pasado el mediodía la quincena de chiquilines de la escuela vuelven a sus casas después de haber almorzado en el local. El resto del tiempo Bolívar es un desierto.

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No sólo de empuje bolivariano estaría hecha la recuperación de Bolívar, si recuperación hubo. La policlínica la sostiene el msp, para el puente Venezuela puso el pórtland pero el mtop la construcción, las viviendas nuevas o reformadas son puro núcleo evolutivo made in mvotma, Chirino no recuerda que su embajada haya colaborado con las luces pero dice que puede ser, que él aún no ocupaba el cargo, y al Mides le corresponden los planes de emergencia. No podía ser de otra manera, pero lo bolivariano tiene eso: que entre otras vías llega por los sentidos. Y se impone.

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El Centro Cívico apenas logra hoy mantenerse con los mil pesos mensuales que recauda de sus menos de 50 socios actuales, a razón de 20 pesos por cabeza, y con los alquileres que cobra (300 pesos de día, 500 de noche, según Navarro) por el uso del local para bailes o cumpleaños. Se planea clases de patinaje, proyección de películas, pero Navarro admite que podrían quedar en la nada, como en la nada quedó un convenio que se había diseñado con la utu para enseñar oficios y como en la nada quedaron otros proyectos “mucho más esenciales para el pueblo, como algunos de tipo productivo. Por falta de interés de la gente, a la que se le dio espacios que no aprovechó, y por un desinterés progresivo que viene de arriba y se trasmite hacia abajo. La participación se dio al principio, y con mucho trabajo, cuando por el empuje venezolano se formaron comisiones, cayeron una cantidad de organismos con propuestas de distinto tipo, pero después no se hizo seguimiento de los proyectos. La gente de Bolívar es muy particular, tiene muy poca formación, y sin un respaldo exterior sostenido en el tiempo poco puede hacer”.

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Pasados algunos años de aquel desembarco, Magui, la encargada treintañera de la policlínica, cree que el pueblo “ha cambiado para bien. La gente sigue siendo dejada, quedada, está acostumbrada a que la asistan, pero hay una mejor calidad de vida, con todo lo relativo que pueda ser eso en un contexto que sigue siendo de pobreza, aunque ya no de miseria”. (De “pobreza digna”, dice un comerciante que no quiso dar su nombre.) Magui, que trata con todos porque a todos les toma la presión, les da medicamentos, los vacuna, les coordina atención en el hospital de Tala, ve el cambio más importante “en los niños. Cuando llegué acá, hace cuatro años, me maltrataban, me faltaban el respeto, lo menos que me decían era que iban a hacerme un hijo. Me los fui ganando, jugando al fútbol con ellos, a la rayuela, haciendo hasta de psicóloga de algunos, y ahora me respetan, pero además veo un cambio general en ellos, en la ropa que usan, en cómo van vestidos a la escuela, mucho más prolijos. Antes eran unos salvajes, ahora se ve que en la casa tienen más idea de que hay que lucharla, de que no se pueden dejar estar. Es como que la gente ha ido tratando de cambiar sus pensamientos”.

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Pero nunca hubo trabajo en Bolívar. Y sigue sin haber trabajo en Bolívar. Los proyectos que se intentaron para crear fuentes de empleo locales fracasaron. Las mismas instituciones departamentales y estatales que participaron en el desembarco impulsado por la nave bolivariana promovieron iniciativas productivas que funcionaron mientras se mantuvo la apoyatura técnica. Y no más. En el marco del programa Uruguay Rural del Ministerio de Agricultura y Ganadería, que funcionó a nivel nacional hasta 2011 y en Bolívar hasta fines de 2007, “se intentó por ejemplo trabajar con la gente del pueblo dándoles herramientas para capacitarlos en la cría de cerdos”, dice la técnica del mgap que Brecha entrevistó. “El plan estaba dirigido a todos, fuimos al menos a unas 40 casas, y sólo ocho familias aceptaron incorporarse. Tenían todo subvencionado, desde la alimentación de los animales hasta las cercas. Sólo tenían que poner participación, pero no logramos que conformaran un grupo autónomo capaz de mantenerse en el tiempo.” Una vez que el proyecto se acabó, las familias vendieron los animales y las raciones. Fracasó también un proyecto de cría de conejos, y no llegó a ponerse en práctica la idea de crear una procesadora del tomate, que abunda en la zona. Tampoco otras que apuntaban a sacar provecho turístico del Santa Lucía. Varias de las casas de Bolívar son alquiladas los fines de semana y en las vacaciones a gente que llega de Fray Marcos, de Tala, de zonas más alejadas de Canelones y hasta de Montevideo. “Vienen acá por la tranquilidad, pero no se les da servicio alguno, ni siquiera bajadas a la playa, menos que menos un parador, parrilleros, un camping precario. El río lo tenemos totalmente desaprovechado”, se queja el comerciante.
Los bolivarienses trabajan en la floridense y próspera Fray Marcos, en una lanera, una avícola, en invernáculos, tambos, una fábrica de dulces, y como monteadores. Algunos de los jóvenes de 20-25 años asistidos por el Mides viajan a Tala a hacer trabajo comunitario. “Después vegetan”, dice Juan Navarro.
La técnica del mgap piensa que “se equivocó la estrategia de intervención en Bolívar”. Primó la espectacularidad, “no sé si el circo, y no se pensó a largo plazo”, coincide uno de sus colegas. “Puede que se hayan mejorado algunas situaciones de emergencia, de vivienda, de desnutrición, tal vez del entorno del pueblo, pero lo básico para sacarlo de la pobreza, que es la creación de fuentes de trabajo, por lo que sé no mejoró en nada”, dice la mujer. “Con toda buena intención fuimos a ofrecer un montón de instrumentos, pero cada cual desde su propio abordaje sectorial, sin una verdadera coordinación institucional. Y así no se puede, en un tiempo corto, construir capacidades autogestionarias. En determinado momento, además, el mgap reenfocó sus modalidades de intervención hacia las organizaciones de productores y dejó de atender a los productores individuales, aislados, que son los únicos que existen eventualmente en Bolívar.” Y que quedaron varados.
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La placita infantil montada con ayuda de la embajada hoy está en ruinas; en la cancha ya nadie puede jugar porque el pasto alto la volvió impracticable; el Centro Cívico no despega y el pueblo perdió la única oficina pública que tenía, la de Antel, al tiempo que no hay cabina de teléfonos que funcione; para pagar cualquier cuenta municipal los bolivarienses tienen ahora que desplazarse unos 15 quilómetros, hasta Tala. Si las calles de balasto se mantienen limpias, dice el comerciante que habló con Brecha, es porque el pueblo incorporó, del breve espejismo comunitario que vivió, “un sentido de pertenencia y de saberse capaz de mejorar su entorno”, y no por haber aumentado la frecuencia de pasaje del camión de recolección municipal, que sigue yendo a Bolívar una vez por mes.
Del abandono del pueblo, del retorno progresivo a lo que era, los bolivarienses culpan a la Intendencia, a la inconsecuencia del gobierno, y varios también a la embajada venezolana, “que se ha ido apartando de lo que Chávez quería”, según dijo uno de ellos.

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El embajador Chirino admite que las expectativas creadas en el pueblo pueden haber sido excesivas, reconoce también que en los últimos dos años la presencia bolivariana en Bolívar tendió a encoger, pero dice que los momentos excepcionales son precisamente eso, excepcionales, y que no es propio de una representación diplomática intervenir constantemente con inversión económica en territorio extranjero. “A nosotros nos corresponde acompañar, apoyar, pero no ser actores centrales. Y los recursos son finitos”, dice. “Desde una visión de mejora, se podría apuntar que a lo que habría que tender es hacia una mayor coordinación con las instituciones estatales, departamentales y la comunidad organizada local”. Y hasta allí. La embajada pudo construir en su momento el Centro Cívico (“no me parece que sea excesivo: ¿por qué no darle a una población pobre una construcción de primera, digna de figurar en las revistas de arquitectura?”) pero no puede llenarlo de contenido; ni puede asumir servicios municipales. “Sí mediar, por ejemplo, ante la Asociación Uruguaya de Fútbol y la gente que se encarga del mantenimiento del Estadio Centenario, a la que Venezuela le donó el tablero electrónico de la tribuna Colombes, para sugerirle que una parte de lo que recauden por publicidad, que sería ínfima, la destinen a ampliar la cancha de Bolívar”.
Chirino descuenta que mañana sábado, cuando llegue Marcos Carámbula y quizás el presidente Mujica a Bolívar para participar en la inauguración oficial de la iluminación del pueblo, suspendida en marzo por la muerte de Hugo Chávez –ya están en el pueblo las bordeadoras para recuperar la plaza, los camiones de basura, operarios para recuperar el viejo cartel que daba la bienvenida a un pueblo hermanado con la república bolivariana y que hace meses está tirado en el pasto– los vecinos le plantearán demandas y hasta puede que le reclamen respuestas. Después de todo, él es ahora el representante terrenal de Chávez en dominio bolivariense. “Habrá que escuchar y ser sinceros”, termina Chirino. 

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