“Nací en la cárcel de Cabildo porque mi madre estaba procesada; todavía está. A los 2 años me tuve que ir porque me dieron a una familia. Pero en vez de quedarme ahí me llevaron a una casa, y después a otra familia y a otra. Mientras pasaba por esos lugares me judiaban; la cicatriz que tengo en la cara me la hicieron con un clavo, tengo quemaduras de cigarro y me sacaron los dientes de adelante con un alambre caliente. Al cumplir los 3 años me adoptó una familia y estuve con ellos hasta los 16. La vida a lo primero estuvo bien. Llegué al liceo y me iba re bien, pero esa familia me pedía que abandonara, que iba a repetir el año. Cuando pasé a segundo empezaron más complicaciones: no me dejaban salir de la casa, me rompían la boletera, me escondían la mochila, siempre me amenazaban con el liceo.
El primer año lo repetí, el segundo año también y en el tercer año... era el 23 de diciembre de 2011, a la una y media de la tarde –todavía me acuerdo–, mis tíos adoptivos me mandaron a hacer un mandado a la ferretería. Fui y no volví más, dije que no quería vivir más esa vida.
Desde ese día hasta el 12 de febrero de 2012 estuve viviendo en la calle, en Pocitos. La gente me decía ‘no agarres pa’ la droga, si agarrás para eso no vas a ser un buen botija, estudiá’. Un día en la calle un gurí me preguntó si sabía robar, me dijo que me enseñaba, le dije que siguiera de largo, sacó una navaja pero en dos segundos salí rajando. .. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.