Sobre un asesinato en el Prado
En el Prado nadie habla de otra cosa. Un vecino silencioso de mirada concentrada en la vereda, dueño de un Passat de los ochenta color violáceo, le disparó en el pecho al padre de familia que vivía al lado de su casa.
La calle Cisplatina esperaba el mediodía el sábado 23 de marzo como siempre, despreocupada, bostezando entre aperitivos, televisor encendido y trinos de gorriones interrumpidos por el raudo andar de los autos flechados hacia Suárez. Las copas de los paraísos empezaron a amarillear por estos días, danzando leves en viento calmo y temperatura ascendente. Esa semana una cuadrilla había podado los paraísos de las veredas, pero no completaron la tala. El de Juan y todos los demás hacia Suárez conservan su follaje.
Juan nunca saludaba, trasegaba con cara de pocos amigos o muchos problemas, ojeaba por arriba del hombro, durante años dispensó indiferencia y algún que otro gesto de desaprobación, por cuenta gotas. Tiene ojos claros, bigote canoso como el poco pelo que mantiene cortito a raya, siempre vistió casual, jeans, mocasines y ausencia de felicidad en el rostro.
Durante décadas fue habitual que alguna persona perseverara en la puerta de su casa para reclamarle algo cuyos términos sólo él conocía. Tuvo un taller de chapa y pintura en el fondo, andaba en el negocio de los autos usados, pero en el barrio nadie sabe qué hacía, qué ofrecía, qué vendía, ni de qué vivía. Cada dos por tres tenía a un tipo custodiando el zaguán, dispuesto a levantar el tono de voz. Juan le respondía casi al oído arriesgándose a una trompada de antología pugilística. Cierta vez alguien lo esperó toda la tarde con su reposera en la vereda, la noche había caído y el tipo seguía contemplando al barrio pasar como si estuviera en la playa. Cuando Juan llegó discutieron y se metió adentro. El acampante se quedó en su playera. La actitud molestó mucho a Juan, que lo corrió a manguerazos.
Luisa, su esposa, repartía saludos amables mientras regaba las plantas, el enigma de ella era el secreto para conservar la sonrisa durmiendo al lado de ese hombre de rostro inmutablemente tosco. El miércoles antes de Turismo no pudo con el desgaste de los años y emigró a la necrópolis. Muerta Luisa, Juan advirtió a sus familiares que iba a matar a un arquitecto, a un infeliz propietario y su familia. Porque suponía, creía o simplemente se había encaprichado en que su señora murió por los ruidos molestos en la pared lindera a su dormitorio. Juan quedó solo una, dos, tres noches y decidió poner punto final.
El martillo neumático, el que golpea a sangre, las piquetas fatales tamborileando a destiempo las paredes, los obreros amaneciendo a las siete de la mañana, impactos y más impactos en la pared medianera varias horas por jornada, seis días a la semana. Todo el movimiento necesario para que un matrimonio llegado hace tres años a la cuadra pudiera tener su casa. La arreglaban porque eran muchos, mamá, papá y tres hijos, necesitaban espacio para expandir las posibilidades, para descansar, estudiar, tener una linda sala donde mirar tele, compartir una comida y recibir amigos. Hacía pocos días que los pilares asomaban desde la azotea y otros tantos desde que las rejas protegían la casa en obra y una pila de ladrillos descargados en el verano absorbida de a poco como el cemento, el barro y polvo de ladrillo por la obra y la vereda.
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