Brecha Digital

Sobre un proyecto absurdo

Con Héctor Hugo Barbagelata

A principios del mes pasado el gobierno envió al Parlamento un proyecto de ley modificando la de negociación colectiva en la forma indicada por la oit, cuyo Comité de Libertad Sindical se hizo eco de las quejas de las patronales uruguayas. Es un buen motivo para visitar al eminente laboralista y aprovechar para asomarse a algún otro costado de su trayecto. “Preguntale al Hugo. Lo que el Hugo diga se hace”, se le oía decir a menudo a José “Pepe” D’Elía cuando todavía era secretario general de la federación de empleados de comercio. El aludido, doctorado en derecho laboral aquí y en Francia, fue el primer abogado contratado por ese sindicato en tiempos en que sólo aebu tenía uno. Ahora tiene 90 años y sostiene con orgullo que nunca defendió una empresa.
Se ha señalado que, junto a su colega Américo Plá Rodríguez, Barbagelata sentó las bases de lo que se conoce y respeta como escuela uruguaya de derecho laboral.
“En los peores momentos de la ofensiva neoliberal contra el derecho del trabajo, Plá y Barbagelata fueron dos pilares que desoyeron los cantos de sirena que a tantos sedujeron, [...] lo que a la postre reforzó el respeto internacional a una doctrina que ellos construyeron”, escribió una vez Óscar Ermida Uriarte.
Sin embargo esquiva los homenajes, y cuentan sus amigos que, cuando creyeron haber conseguido que aceptase uno, logró transformarlo, con su discurso, en un homenaje a la escuela pública uruguaya.
Trabajaba en su escritorio cuando los periodistas llegaron a su casa, pero prefirió que la entrevista se hiciera en el jardín de invierno que Electra, su esposa, pobló de verde. Hace tres años, cuando ella murió, bautizó con su nombre a una fundación creada para apoyar a los estudiantes del interior del país que buscan graduarse en derecho laboral. La fundación también edita unos breves cuadernillos a propósito de la materia, y el diálogo comenzó por uno de ellos (Comprender el derecho del trabajo a través del cine, de Hugo Barreto Ghione).

—En nuestra materia se utiliza regularmente el cine como recurso didáctico. Se presta para eso. No sucede lo mismo con el derecho civil, pero nosotros, tradicionalmente, hemos pasado Germinal y nos ha dado resultado. A diferencia de otras ramas del derecho, para entender el derecho laboral hay que comprender la realidad del mundo del trabajo, y esto es toda una dificultad, porque cuando los muchachos llegan a este punto vienen de haber incorporado los criterios del derecho civil donde todo parece derivarse de formulaciones abstractas. Por eso también me gustaba decir a mis alumnos que el diario debía ser su texto principal. No se puede ser laboralista sin tener un firme anclaje en las realidades de la vida social y sin estar atento a las transformaciones que la tecnología, por ejemplo, introduce en ella.
—En su último libro* usted recuerda que inicialmente el laboralismo era visto como algo extraño.
—Seguro. El suegro de Plá era el doctor Dardo Regules. Cuando Plá se recibió, el doctor Regules se cruzó con otro abogado eminente que le preguntó en qué se iba a especializar su yerno. Regules dijo que en laboral. ¿Y sabe qué dijo el otro? “¡Qué desperdicio!” La idea era que se trataba de una especie de derecho de segunda, y eso perduró muchísimo tiempo. Con la publicación de la Revista de Derecho Laboral, que iniciamos en 1948, eso empezó a cambiar. Hasta se comenzó a hablar de una escuela uruguaya de derecho del trabajo.
—¿La hay?
—Yo no estoy muy seguro. Hay una cosa que sí nos distingue en América Latina, y es que aquí tradicionalmente la reglamentación externa era mínima. Sobre todo en materia del ejercicio de derechos colectivos se prefería dejar las cosas libradas al funcionamiento normal de los sindicatos. Esto le ha dado algunos rasgos particulares a nuestro laboralismo, aunque ahora las cosas están cambiando un poco. Pero esto era algo claramente distinto de lo que pasaba en el continente, donde todo, hasta los sindicatos, estaba inventado por el código. Aquí los sindicatos habían surgido naturalmente y bastante temprano. Teníamos huelgas desde el último tercio del siglo xix. En Uruguay pasaban cosas increíbles e impensables en otros países, como que en 1911 el presidente de la República saliera a alentar a los huelguistas desde el balcón de la casa presidencial. Eso era impensable incluso en muchos países europeos; eso es “a la uruguaya”. Pero al fin se va cediendo y las cosas se reglamentan más allá de lo necesario. Por ejemplo, esta ley de convenios colectivos no sé para qué se dictó. No facilita nada. Simplemente ha complicado las cosas.
—Es extraño el papel que jugó en eso la oit.
—Precisamente. ¡El Comité de Libertad Sindical de la oit sale a defender a los patrones! Este comité se creó para proteger la libertad sindical y no los derechos de los patrones. Claro que detrás está el apoyo de la organización patronal mundial. Así se llega al absurdo de pretender que las leyes laborales deben contar con el consenso de los empleadores. ¿Dónde vamos a parar con esas nociones? El derecho laboral fue creado para la protección de los trabajadores, y los patrones van a estar siempre en contra.
—La oit parece haber cambiado bastante.
—Sí. Salieron, por ejemplo, un convenio y una recomendación sobre el trabajo doméstico. Eso es positivo aunque en Uruguay ya se había avanzado sobre eso. Pero claro, contra este punto no hay una resistencia empresarial porque los contratantes de trabajo doméstico son las amas de casa. No hay innovaciones importantes. Incluso convenios fundamentales, como el de protección contra el despido, el 158, han sido ratificados por poquísimos países sin que la oit insista en su ratificación. Se ha reducido bastante la lista de los convenios cuya ratificación la oit reclama. Incluso se dan cosas curiosas. Uno pensaría que el convenio acordado contra las peores formas de trabajo infantil fue un gran avance. Pero en realidad antes de eso estaban prohibidas todas las formas de trabajo infantil. Entonces ahora se interpreta que lo que está prohibido son las peores formas pero las otras más o menos. En la práctica está funcionando como un debilitamiento de la protección contra el trabajo de los niños y los adolescentes.
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