Hay que empezar por el final. Por los largos minutos de aplauso intenso en las gradas apenas se dijo “aprobado”, por los gritos de “igualdad, igualdad” y “arriba los que luchan”, mezclados con los abrazos y las sonrisas y las lágrimas que les ganaron al timbre y al desalojo de las barras. Son poquísimas las leyes que tienen la suerte de nacer con una bienvenida como ésta, una ley a la que le dicen “te estábamos esperando”.
La sesión del miércoles 10 de abril quedará registrada como histórica: un poco antes de las 9 de la noche Uruguay se convirtió en el segundo país de la región –y decimosegundo en el mundo– en aprobar el matrimonio como “la unión de dos contrayentes, cualquiera sea la identidad de género u orientación sexual de éstos”, según la redacción del proyecto. Por lo demás, nada tuvo de novedoso un debate ya dado en diciembre, y cuyo transcurrir se basó ahora en el enojo de los diputados por los errores cometidos en el Senado, que obligarán a redactar una ley interpretativa para enmendarlos. Un ejemplo es la omisión de la palabra “gananciales” cuando se habla de los bienes divisibles en el divorcio, por lo cual quedaría habilitada la división de todos los bienes propios ante una disolución conyugal. Los legisladores se comprometieron a redactar un proyecto antes de 90 días, momento en que entrará en vigencia esta ley, pero eso no obstó para que la oposición mostrara su disgusto frente a la “legislación al galope” que provoca estos traspiés.
TODO CAMBIA. “Poder es ponerle nombre a las cosas”, dijo la socialista María Elena Laurnaga, citando a Thomas Hobbes, cuando el debate se acercaba al fin, “porque cuando nombras y estableces códigos sociales sobre determinadas relaciones de poder, lo que estás haciendo es naturalizándolos”, dijo, para establecer la sustancial diferencia entre aceptar el matrimonio igualitario o la unión civil. Fue, de alguna manera, el resumen de lo que estaba pasando en esos momentos, y fue también la respuesta a varios legisladores encargados de mantener viva la posición histórica del Partido Nacional sobre el orden natural de las cosas, posición de la que muchos parecen querer ahora despegarse.* “Acá no hay nada natural, hay construcciones sociales y culturales que están refrendadas por la ley, y tiene que haber voluntad política y capacidad de riesgo para cambiar algunas formas. Porque las formas hacen a los contenidos”, sostuvo la diputada. Instantes antes, en su alocución, Jaime Trobo había dicho cosas como ésta: “La afirmación de que los sujetos de la relación jurídico-matrimonial son un varón y una mujer no ofrece hasta hoy ninguna duda. Es decir que lo que distingue el amor conyugal de cualquier otro es su específico carácter de complementariedad sexual. No sólo es un vínculo de unión de varón y mujer sino, más propiamente, de un varón y una mujer unidos entre sí a través de integración de las diferencias naturales propias de la descripción del sexo. Por eso es que podemos decir que es el desarrollo normal y adecuado de la permanente y variada tendencia o inclinación natural de la persona humana a la unión varón-mujer en orden de la procreación de los hijos, conforme a las exigencias de orden que son inherentes a esa tendencia”. “Creo en la familia, pero la familia tiene muchas formas. Si hay amor hay familia, y si no lo hay, hay apenas formas”, alegó Jorge Gandini desde el costado novedoso de su partido.
Pero la verdad es que el debate no fue más que eso, la repetición de argumentos ya dichos se sucedió sin sorpresas hasta la hora de la votación: 71 legisladores por la afirmativa sobre 92 presentes.
FINES Y COMIENZOS. “Me acerqué a la militancia para mitigar el dolor. Esta ley es hija de ese dolor”, dijo la abogada Michelle Suárez, visiblemente emocionada. Suárez es la redactora principal del proyecto, junto a Federico Graña y Magdalena Bessonart, quienes participaron en la conferencia de prensa que se desarrolló inmediatamente después de la aprobación. En esos minutos de nerviosismo Suárez justificó su proyecto: “Lo que intentó fue no generar una legislación de excepción donde simplemente se quitaran las normas prohibitivas para no hacer clasificaciones, y pasar simplemente a reconcebir los institutos. Concebirlos de tal forma donde se incluyera a los hasta ahora excluidos. Eso es lo que subyace, un cambio de mirada sobre nuestra sociedad. Hemos tenido una mirada fundamentalista, unívoca. Y en realidad cualquier Estado de derecho que se base en el respeto a la igualdad y el pluralismo parte de la idea de que justamente somos heterogéneos, y esa heterogeneidad debe ser celebrada. No existen, de ninguna forma, utopías únicas imponibles al resto de la sociedad. Solamente pueden existir, a lo sumo, archipiélagos de utopías que deberían manejarse bajo el principio de articulación que es la libertad. En este debate no se incluye sólo a la comunidad lgtb sino a toda la sociedad, no importa la orientación sexual, la democratización nos incluye a todos”.
El resultado del miércoles significa el cierre de un ciclo para los integrantes de Ovejas Negras. Hace tres años ya que comenzaron a idear el proyecto, y son muchos más los que llevan batallando en el campo de los derechos. En ese tiempo las articulaciones con otros espacios que reclamaban la consagración de derechos se hizo clave (la coordinadora por la despenalización del aborto, la coordinadora por la legalización de la marihuana y la coordinadora por la marcha de la diversidad, por ejemplo). Así lo dijo Graña: “Como creemos que es necesario luchar contra todas las discriminaciones, por los derechos humanos, por la libertad, y la construcción de una sociedad más justa, combatimos el rechazo a lo diferente, el autoritarismo, y la injusticia social que sólo busca garantizar el privilegio de unos pocos”.
Y al final hay que terminar por los inicios de lo nuevo. En los mármoles legislativos todavía retumbaba el “aprobado” cuando se me acercó una amiga y me preguntó: “¿Vos pensás que me dirán que no?”, y ahí mismo sacó y abrió una cajita azul donde hasta entonces guardaba un par de alianzas.
* Véase Carlos Demasi, “Plegarias y votos”, Brecha, 5-4-13.