Música Esperanza se llama la organización creada por el pianista argentino poco después de salir de la cárcel. Con ella y su cuarteto recorre el mundo tocando en escuelas, cárceles, barrios pobres u hospitales. El pasado 1 de julio llegó al penal de Libertad para tocar frente a un pequeño grupo de presos. Volvió por primera vez, luego de que en 1980 fuera liberado tras dos años de prisión y tortura durante la dictadura.
La del domingo no fue la primera vez que Miguel Ángel Estrella tocó el piano en el penal de Libertad (hoy conocido como Centro de Rehabilitación Libertad). Poco más de 30 años antes, su piano mudo –aquel que dicen llegó por gestiones de la reina de Inglaterra– retumbó sin ruido en las paredes de la cárcel de la dictadura, que ahora lo acogió como visitante ilustre. "Siempre dijo que 'apenas se diera vuelta la tortilla' volvería, pero esta vez a tocar", comentaban, no sin cierta satisfacción evidente, sus compañeros de Crysol, otrora huéspedes forzados como él y hoy invitados especiales para la ocasión.
Estrella tocó para alrededor de 50 presos y otros tantos integrantes invitados (además de integrantes de Crysol había representantes de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, de la embajada argentina, autoridades policiales y del Ministerio del Interior) en lo que sin dudas fue un acontecimiento cultural relevante e histórico, según allí mismo dijeron. Y fue, también, un gesto político.
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El concierto se desarrolló en una carpa amplia, montada en el predio del penal. Pasto recién cortado, algún cantero con flores. A pocos metros, el edificio del celdario, con sus ventanas repletas de ropa colgando, recordaba el contexto del encuentro. Las decenas de policías de Coraceros, de la Metropolitana y los grupos geo que rodearon la carpa también hicieron lo suyo. Desde aquellas ventanas llegaba cada tanto un grito, colado entre el silencio del público, con recordatorios, exigencias, denuncias apenas audibles, dirigidas al ministro.
Bastante antes de la hora señalada para el inicio del concierto los reclusos de Libertad –los "actuales habitantes", dijo el pianista más de una vez– ocupaban las últimas filas de sillas destinadas al público; las de adelante permanecían vacías, reservadas para los invitados. Los otros. ¿Por qué ministros, policías y demás invitados estarían sentados delante de los reclusos si ellos eran los verdaderos destinatarios de la música? "Están los más tranquilos, los de las barracas. No es un buen criterio. Pero hubo que negociar mucho. Los policías todavía no lo pueden creer. No entienden por qué hacemos esto. No entienden la lógica. Para ellos los presos no lo merecen. Hubo que convencerlos de que no podía haber un cordón de policías entre los presos y el resto de los invitados. ¿Viste que los sentaron en las últimas filas? Dicen que es porque vienen las autoridades. Pero es que un policía no acepta sentarse detrás de un preso. Nunca. Al final tenés que transar, si no es peor. Alguna cagada te hacen", dijo un funcionario ministerial.
La contracara existe. La casualidad quiso que la tarde anterior una periodista de Brecha tuviera oportunidad de conversar con una funcionaria del penal. "Desilusión" fue la palabra con que definió el asunto. Están ahí, siempre en las malas, respirando la demencia del encierro, en el lugar de lo ingrato, y una vez que pasa algo lindo, algo que esperaban ilusionados, los funcionarios no son tenidos en cuenta. No hubo invitación para ellos. ¿Por qué a nosotros no?, preguntan.
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Es imposible no aplaudir a Estrella y su Cuarteto Dos Mundos. La mañana del domingo contó con una seguidilla de malambos, zambas, chacareras, música andina, algún tango; "Biafra", un candombe de Rada con variaciones a cargo del guitarrista del cuarteto, Omar Espinosa, que arrancó aplausos a rabiar. Y todo eso mezclado con el Ave María o "Alfonsina y el mar", para cerrar con la "Danza del Molinero", de Manuel de Falla. Quién sabe, detrás de esos rostros serios –por momentos distraídos, o concentrados en "absorber" con la mirada todo lo que había a su alrededor–, a qué mundo más libre los transportó esa música. Lo mismo para los antiguos ocupantes, que llegaron por primera vez también, luego de su liberación.
"¡Cumbia escuchamos acá!", dijo un recluso, en algo que no llegó a ser un grito y mucho menos una irreverencia. Fue casi la única expresión por fuera de todo libreto de los presos, que incluso parecieron dudar de su derecho a pararse para aplaudir al finalizar el concierto. "Banquen como puedan. Lean, jueguen al fútbol. ¿Juegan al fútbol?", les preguntó el músico. "Cuando hay pelota", se animó a replicar uno, mientras alguien de Crysol se apuró a decir "Anotá, Bonomi". Algunos se rieron. Otros no.
"Esto no es eterno", se le escuchó decir al músico en un breve mano a mano con los presos, cuando terminó el concierto. Ellos agradecieron la música y el gesto. Y esperaron sentados y custodiados a que el público se retirara para volver a las barracas. Sin música.
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Como a Víctor Jara, "te vamos a cortar las manos y después te vamos a matar", le dijeron hace 34 años, aquí mismo en el penal. Encapuchado estaba Estrella cuando sintió encenderse la sierra eléctrica, "y lo que me salió del alma fue decirles 'que Dios los perdone por lo que van a hacer, yo voy a tratar de perdonarlos'. Ahí no me tocaron más". Entonces Gavazzo le dijo: "Mirá, acá no somos tan asesinos como en la otra orilla. Matamos menos, y a vos no te podemos matar. Pero sos peor que los guerrilleros, porque con tu piano y tu sonrisa te metés a la negrada de mierda en el bolsillo. Esa música que vos tocás es nuestra, no de la negrada". Dentro de la capucha el músico pensaba "éstos son más locos que yo", mientras Gavazzo seguía la arremetida: "'No te podemos matar pero te vamos a destruir totalmente'. 'Nunca más vas a tocar el piano'. Se equivocó el hombre. 'Nunca más serás el padre de tus hijos'. Se equivocó. 'Nunca más serás el amante de una mujer, te vamos a borrar esa sonrisa. Matamos menos, pero tenemos métodos muy sofisticados para destruir. Te vamos a guardar 18 años y de acá vas a salir hecho una piltrafa'. Se equivocó", volvió a repetir Estrella. "Yo los perdoné, pero nunca voy a dejar de testimoniar lo que quisieron hacer con nosotros." Eso fue lo que sucedió el domingo.