Algo personal
- Última actualización en 19 Abril 2013
- Escrito por: Tania Ferreira
Entrevista a un hombre que decidió dejar de ejercer violencia
—El grupo de terapia* me hizo bien. Yo venía cada vez peor, cada vez más agresivo, en particular con mi hijo mayor, que es adolescente, rebelde. La verdad es que el grupo me dio herramientas que me permitieron darme cuenta de cuándo estaba por entrar en la ira y poder parar antes. Incluso después de terminar las 24 sesiones y haberme ido del grupo me han venido algunos arranques de ira, pero mucho más leves y mucho más fáciles de controlar, y mucho menos frecuentes. Uno llega al enojo a partir de lo que piensa que sucede alrededor.
—Cuando identificás ese momento justo en el que vas a explotar, ¿en qué pensás, qué sentís?
—Uno se pone a pensar en cómo cree que deberían ser las cosas, y en una cierta autoridad que tiene sobre la situación, que debería ser respetada. Y cuando los límites que uno cree que tiene y que no pueden ser violados se ven vulnerados, ahí es cuando uno entra a enojarse.
Fui al grupo porque fue el único que encontré, porque lo mío no era violencia de género, pero me di cuenta de que sirve para todo tipo de violencia, injustificada, psicológica, verbal. Hasta el silencio puede ser violencia.
Ahora que tengo esas herramientas, cuando me doy cuenta de que me estoy enojando tengo posibilidades de mover mi mente a otro lugar, de dejar de pensar en eso. Es como que uno se mira a sí mismo y puede cambiar de canal. Lo racionalizo, y entonces dejo de sentir la emoción de la bronca. Me puedo sentir molesto, pero no me permito entrar en el enojo porque me doy cuenta de lo que está sucediendo adentro de mí.
—¿Qué otras herramientas del curso te ayudaron en tu proceso?
—Los grupos son parecidos a Alcohólicos Anónimos, porque uno ve lo que le sucede a los demás y se ve reflejado. Se pone a pensar cómo hubiese actuado en el lugar del otro.
Y al mismo tiempo el grupo funciona con unas reglas que deberían ser las reglas de convivencia en todos los ámbitos: el respeto, no interrumpir al otro mientras habla, no usar el celular durante la sesión, llegar en hora. Son acuerdos que deberían respetarse en la calle, en todos lados, pero no se respetan. En el grupo se trató de recrear el mundo exterior.
—Más allá de los compromisos con el grupo, ¿qué compromisos personales asumiste vos hacia tu familia?
—Me comprometí a generar bienestar para mí y para los demás, lo contrario a estar de mal humor, proporcionarle un buen ambiente a los demás y sentirme bien conmigo mismo. Y el principal: a no ejercer violencia, ni en el grupo ni afuera. Y reconocer cuándo uno ha cometido violencia.
Aprendimos una herramienta que es “el retiro”. Cuando uno ya sabe que está enojado lo que tiene que hacer es retirarse de la situación para pensar mejor y para no ejercer violencia. En el caso de que sea violencia de género o familiar, se hace un acuerdo con la familia para que le indiquen cuándo se está por entrar en ese estado. El retiro consiste en alejarse una hora y después preguntarles a las personas que estaban en esa situación si uno puede volver, si se sienten seguros, si están bien. Y entonces les cuento cómo me sentí.
Eso es posible en el ámbito de la familia, pero no puedo aplicarlo en el trabajo. Ahí puedo decir que me siento mal y salir un rato a esperar que se me vaya eso, sin ejercer violencia sobre los demás, sin hablarles mal, sin ponerles mala cara.
Durante este último año me pasó que tuve que retirarme un par de veces de mi casa, y funcionó. Pero la herramienta principal es tratar de no llegar a ese punto. Una herramienta de rescate antes de entrar en el momento que nosotros llamamos “riesgo fatal”.
—Las personas agresivas tienden a negar su agresividad o intentan justificarse, ¿te pasó a vos?
—Es una de las principales características de cómo funciona la violencia, la negación es una especie de pacto con la violencia. Lo mismo cuando apoyás las acciones violentas de otros o incluso hacés humor con eso. A medida que se fueron integrando miembros nuevos al grupo vimos cómo se justificaban, y a la vez intentamos no justificarnos. Pero eso es un aprendizaje. Creo que hay gente que no es capaz de entender que es un problema, tanto víctimas como victimarios, no lo entiende como algo “arreglable”. Si tuviera la oportunidad recomendaría que fueran al grupo.
—¿Con quién vivís en tu casa?
—Con mi esposa y mis hijos, de mi matrimonio anterior y del matrimonio actual.
—¿Las cosas mejoraron ahora con tu hijo?
—Sí, las discusiones entre nosotros ahora son infrecuentes. Y ya los dos sabemos cuándo entramos en esa rosca y nos retiramos los dos al mismo tiempo. Nos damos cuenta de que no podemos seguir en esa escalada de ira. Yo soy el que tuve la suerte de poder ir al grupo, de hacer tratamiento psicológico y psiquiátrico por este tema. Cuando llegué al punto de tener que irme definitivamente de mi casa, o de que se fuera alguien, fue cuando tomé la decisión de buscar el grupo, de pedir ayuda profesional.
—¿Con tu esposa te llevás bien?
—Sí, ahora me llevo bien con todos. Incluso en el trabajo: había alguien que me tenía bastante desesperado por su mal comportamiento, estaba bajo mi cargo, no tenía una buena actitud frente al trabajo y eso me enojaba mucho. Y ahora ya no me enojo más con él, porque sé que es así… y no me pagan para enojarme.
—Era con él, no tenían química...
—Es más que eso. Las personas llegamos a ejercer violencia porque en algún momento pasamos un punto en el que pensamos que la realidad no puede ser así como se nos presenta, que eso no puede estar sucediendo. Por eso te enojás. Pero en realidad el mundo es como es y lo único que uno puede hacer es aceptarlo, adaptarse, cambiarlo, pero nada más. Enojándose lo único que logramos es perdernos. Es fácil decirlo ahora que terminé con el grupo, antes no era tan fácil. Hay gente que no se pone a pensar por qué se enoja.
—¿Qué querías cambiar en la relación con tu hijo, qué cosas considerabas que tenían que ser ‘de otra forma’, o de ‘tu forma’?
—Y... eran unas cuantas… lo vigilaba mucho, le estaba mucho encima para que cumpliera con sus obligaciones, que no dejara las cosas sucias, que se ocupara de estudiar y que no saliera tanto. Por suerte no me puedo quejar, porque comparado con otros chiquilines que se meten en la droga y esas cosas, me salió un lujo. Igual yo me enojaba mucho con él, y entrábamos en una discusión en la que los dos nos enojábamos, pero el mayor de edad era yo, el que tenía que tomar las riendas era yo.
Me enojaba más que nada con él. Y también con algunas personas en la calle que son desconsideradas o atropellan, pasan por arriba de los derechos de los demás: alguien que escucha música muy fuerte en el ómnibus, alguien que me empuja con una mochila en el pasillo porque la tiene en la espalda cuando no debería, esas cosas me irritaban mucho.
—Te resultaba ofensivo, personal…
—Exacto. Creo que diste en el clavo. Me tomo el comportamiento ajeno como algo personal, algo en mi contra, y ahí es cuando reacciono.
—¿Viviste situaciones similares de agresión durante tu infancia, en tu casa?
—Sí, las viví. Me volví agresivo porque obviamente esas cosas se pasan de generación en generación, y además uno puede tener cierta tendencia. Yo creo que desde chico soy así, de enojarme, de guardar el enojo para después, de ir acumulando. Hay personas que lo procesan diferente, pero básicamente el mecanismo y el resultado terminan siendo los mismos al final.
—¿Es posible cortar con esa cadena de violencia que se trasmite de una generación a otra?
—Sí, pero para eso me parece que deberían enseñarse estas cosas en la enseñanza formal y no como un tema que se deja sólo a la familia: siempre se asumió que la forma de convivir se enseña en la casa, pero también debe enseñarse en la escuela, en la tevé, en el barrio. Son los padres los que deberían dar esas herramientas a sus hijos desde chicos, pero si los padres ya vienen mal… tendría que ser alguien más. n
* Programa “Atención a hombres que deciden dejar de ejercer violencia”.

