Brecha Digital

Hello, goodbye, Brazil

De eliminatorias y desvelos

En el brumoso camino al Mundial de Brasil 2014 reaparece el fantasma de Maracaná. No sabemos si a pocos metros desbarrancaremos o si llegaremos al Corcovado.
Al día siguiente de la derrota de Uruguay frente a Chile (22-III-13) en la radio se escuchó una voz desvelada: “No pude dormir bien, estuve pensando toda la noche en la fórmula para cambiar”. Una confesión propia del técnico del equipo, Óscar W Tabárez.

Todo el mundo le dice “Maestro Tabárez”. “Tato” López, el mejor basquetbolista-periodista que dio este país, le dice Washington en lugar de Óscar, de forma análoga a como el “Toto” da Silveira, el mejor ex abogado-periodista deportivo vivo, se dirigía al ídolo Obdulio Varela. Todos le decían Obdulio pero Da Silveira, en las entrevistas, lo llamaba por su segundo nombre: Jacinto.
En los tiempos de la autobiografía-entrevista de López y Tabárez (El camino es la recompensa) el Maestro era el técnico que todos los uruguayos creíamos merecer. Tabárez logró cambiar la fantasía de que Uruguay tiene tantos habitantes como técnicos de fútbol. Y pareció aventar el fantasma de Maracaná, una recompensa que deberíamos haber cobrado todos.
En el verano del 81, cuando Tabárez era maestro y todavía no era el “Maestro”, sentado en el cemento del Estadio Centenario y mirando, como un espectador más, a las selecciones de fútbol jugar el Mundialito, tuvo un sueño: ser director técnico de fútbol profesional; ejercer y vivir de ello. ¿Habrá soñado con los ojos abiertos, como Maradona, ganar un mundial?
En Uruguay los niños nacen con la primitiva ilusión de ser futbolistas (que viene en los genes de la propia ilusión de sus padres). Luego, unos pocos recibirán un sueldo por jugar al fútbol. La gran mayoría lo practicarán en forma amateur, y serán felices a pesar de no ejercer profesionalmente. Mientras tanto, mientras admiran o reprueban a quienes dan el espectáculo en las canchas, siguen otros caminos: estudian o no, trabajan o no, se reciben de algo o no, ejercen de eso o no. Lo seguro es que se transforman en público. Y se transforman en aficionados, también, del otro espectáculo: el que da el periodismo deportivo (eufemismo de periodista de fútbol).
Y ahí viene la segunda ilusión: ser periodista deportivo, en los cuatro medios actuales: prensa, radio, televisión o Internet. Que es otro de los deportes nacionales preferidos: opinar de lo que hacen los demás. Por su parte, en el centro y la periferia del espectáculo, algunos de los jugadores más o menos conocidos se transforman en directores técnicos de fútbol. Un subgrupo de éstos (en 100 años de historia no son más de 30) llegará a dirigir a Peñarol o Nacional, y luego o antes a la selección nacional. Ese fue el camino de Tabárez. En su vuelta a la selección, luego del Mundial de Italia 90, fue un intelectual hacedor, un teórico práctico, un ex futbolista, maestro, dt, un hombre del renacimiento.
Ahora regresa el pasado y parece que vuelve a haber un dt en cada habitante, hipérbole que figura la pasión del pueblo por el deporte. Considerando el desarrollo actual de los programas deportivos y su interacción con los oyentes (son muy democráticos, hoy no hay programa de radio que no permita el voto a sus oyentes mediante mensajes de texto, correos electrónicos, llamadas al aire), será lo mismo decir que hay un periodista de fútbol en cada uruguayo. Segunda ilusión: no ejerceremos la práctica del fútbol, pero ejercemos el segundo deporte: periodista de fútbol.
A Tabárez varias veces el periodista, sobre todo el de otro país, le ha cambiado la categoría docente: en lugar de maestro es el profesor Tabárez. Poco importa ya. El sustantivo es metáfora y nombre de pila. Es maestro o profesor en dirigir equipos de fútbol.
Algo parecido sucedió con el periodista deportivo. En un tiempo en que no pululaban las carreras de periodismo, las décadas del 70 y del 80, parecía más fácil acceder al periodismo deportivo a través de la Facultad de Derecho. Los líderes de opinión futbolística eran abogados: doctores Ottati, Da Silveira, Paullier, Del Bono, Etchandy, César L Gallardo. El título universitario convalidaba el comentario. La opinión del doctor era un cheque tentador respaldado con la firma autorizada. Doctos en leyes del fútbol, no del derecho. De hecho la mayoría fue dejando la Constitución de lado y el ejercicio de la profesión, para dedicarse a su verdadera vocación: vivir de opinar de fútbol.
Luego esa tendencia doctoral se fue mitigando por la llegada de nuevas generaciones universitarias de titulados como periodistas, de auténticos y genuinos periodistas deportivos. Aquellos que eligieron una profesión humanista, tradicional, fueron los padres intelectuales, los mentores y profesores de éstos.
Dos ejemplos originales escapan y sobresalen a estas lógicas pasada y actual: Enrique Yanuzzi, de extracto popular, el Roberto Arlt del periodismo uruguayo; y Ricardo Piñeyrúa, profesor de educación física. El primero, junto a Kesman, ha cambiado el lunfardo uruguayo, el lenguaje oral del oyente, del hombre y niño de la calle (“no te comas la pastilla, que es lo que hay, valor”). El segundo ha cambiado, desde los años noventa, la forma de hacer periodismo deportivo, por goleada (13 a 0). Yanuzzi cambió el cuento, Piñey­rúa su lectura. Sin embargo, el caso de Piñeyrúa, paladín de la opinión equilibrada, a diferencia de las aguafuertes universales de Yanuzzi, tiene una semejanza con aquellos doctores: no es la cruda y simple opinión de Enrique Yanuzzi, es la opinión del “Profe” Pineyrúa.
Tiene, por lo tanto, algo en común también con Tabárez: ambos son docentes por decisión de la gente. Ya no ejercen como maestro escolar y profesor deportivo. Son docentes: uno de la dirección técnica y el otro de la opinión en fútbol. Y son practicantes. El Maestro y el Profesor. Y tal vez por eso sea que en este camino a Brasil, al que Uruguay podría acceder a través de las ciénagas del Mato Grosso, parezca lógico que el Profesor Piñeyrúa por un momento se haya puesto en la mente del Maestro y no haya podido conciliar el sueño, haya tenido una mala noche y pensado en “la fórmula para cambiar”. Todos queremos volver a estar en el lugar de Tabárez. El periodista deportivo con más razón, sea doctor, profesor o no. La sombra de la eliminación crece, y todos se asustan. A cinco partidos y quince puntos por pelear, el temor ganó también a Piñeyrúa. “Si lo pienso: estamos fuera del mundial”, llegó a decir en la radio El Espectador.
Un pueblo sin memoria puede ser un pueblo desagradecido.
Cuando Tabárez deje de ser el Maestro quizá vuelva a las escuelas para explicarles a los niños que Maracaná no fue una hazaña ni un milagro. Fue un sueño realizado por los únicos tipos capaces de soñarlo con los ojos abiertos y ejercerlo. Aunque a otros se les haya convertido en una pesadilla de la que nunca despertaron.
Hoy el fantasma de Maracaná agita las sábanas, en el camino que Tabárez enseñó. Si Uruguay no clasifica, el camino no será la recompensa, será el castigo. La pacífica revolución de Óscar W será olvidada. Obdulio cada día seguirá capitaneando mejor y el equipo de Tabárez no saldrá campeón del mundo en Brasil ni perderá la final con el locatario.

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