Aguatera de mi corazón

El rojiverde campeón

No es común que una instancia decisiva del básquetbol local trascienda la frontera de sus estrechos límites sociales y se instale en el imaginario de los uruguayos. También es curioso que el equipo más popular del baloncesto vernáculo deba aguardar más de 36 años para reencontrarse con un título de campeón. Y no deja de ser peculiar que la flamante consagración haya sido lograda por un reducido plantel de una institución económicamente modesta, muy por debajo del nivel de otros clubes que suelen desequilibrar los torneos mediante el concurso de figuras de alta cotización para el medio (los denominados “clubes de la costa”).

 

No hace falta echar mano a interpretaciones multicausales para “explicar” que sea el Club Atlético Aguada el nuevo campeón de la Liga Uruguaya de Básquetbol 2012-2013, luego de imponerse al Defensor Sporting Club en una insólita final de siete encuentros, que desniveló 4 a 3 el equipo aguatero la noche del pasado lunes, aventando pronósticos agoreros.
Que hoy Aguada ostente su orgullo de campeón tiene sustento con nombre y apellido: Leandro García Morales. Su juego y su clase resultaron determinantes para enderezar una hoja de ruta por momentos tambaleante, sobre todo en la fase inicial de la temporada, a fines del año pasado. No es un dato menor que el rojiverde terminara séptimo (entre ocho) en la serie clasificatoria que marcó el pasaje a los play off en cuartos de final, semifinales y final. Ello supuso sortear rivales como Trouville, Malvín y Defensor Sporting, todos ellos dotados de planteles superiores al del aguatero. Éste, en contrapartida, afrontó el desafío con una plantilla reducida al máximo, debiendo mantener en cancha “más de la cuenta” al quinteto titular (apelando en la mayoría de los partidos a un solo jugador de relevo), so pena de correr riesgos deportivos importantes, con el desgaste físico que ello conlleva.

LAS CAUSAS. ¿Cómo sobrellevó Aguada tamaña limitación? Lo dicho: García Morales multiplicó sus dotes técnicas y su inteligencia para leer el desarrollo del juego hasta límites increíbles: asumiendo el liderazgo, la conducción y la organización de todo el juego de su equipo; acaparando la continua atención y la marca de sus rivales; gravitando psicológicamente sobre propios y extraños; encestando magistralmente desde el triple, el doble y en libres; arrastrando marcas, sorprendiendo ya sea con incursiones individuales incontrolables, ya sea amagando, inventando situaciones impensadas para habilitar al compañero en condiciones de anotar. Leandro tuvo 38 anotaciones en el partido final (¡tiró 25 libres y los metió todos!). Fue el goleador absoluto de la Liga con 26 tantos de promedio por partido, y exorbitó los tiempos de permanencia en cancha (salió algunos segundos en un par de partidos, no más). García Morales, factótum de esta consagración, el mejor jugador de básquetbol uruguayo de estos tiempos.
Debe reconocerse el acierto, pero sobre todo el enorme esfuerzo económico, de la directiva presidida por Flavio Perchman para obtener el concurso de García Morales. Hay que decirlo: a pesar de su enorme convocatoria Aguada es un club de escasos recursos, no cuenta con empresarios y espónsores poderosos como sí los tienen otros clubes.
Claro que la “hazaña” aguatera se apoya, también, en un núcleo apretado de jugadores que parecieron complementarse, por momentos muy acertadamente, con Leandro. Desde el “Pelado” Alejandro Muro tripleando o Diego González armando desde la base, pasando por Pablo Morales en el límite de sus condiciones físicas pero embocando de afuera en situaciones decisivas, hasta los estadounidenses Greg Dilligard y Jeremis Smith imponiendo contundencia en las tablas, contagiados totalmente por la pasión y la entrega que genera la comunidad aguatera. Por cierto que sin olvidar el aporte que trajeron desde el banco Iván Arbildi y Pablo Ibón en los últimos partidos; cuando el técnico Javier Espíndola apeló a ellos, obligado por las circunstancias, su desempeño estuvo acorde a las exigencias.
Más allá de la diferencia que establece la presencia de García Morales, el de Aguada no compite con los mejores planteles del medio, pero en esta campaña ninguno como el rojiverde exhibió el temperamento y la convicción imprescindibles para llegar hasta el final con estatura de campeón. Sin embargo, incertidumbres, vacilaciones y tropiezos fueron factores siempre presentes en el trabajoso periplo hacia el título. A mitad de camino la directiva decidió relevar al técnico Marcelo Capalbo (forjador de este equipo a la postre campeón) y puso la conducción técnica en manos del experimentado Javier Espíndola, quien mantuvo a su lado a Diego Losada, un referente de lustre de la historia reciente aguatera. Sorteados los escollos de Olimpia y del favorito Trouville, a principios de este año, fue el turno de las semifinales ante Malvín, campeón y finalista en los últimos torneos de liga y poseedor, según los expertos, del mejor plantel del medio. Había llegado la hora de poner a prueba el verdadero calibre aguatero.

LA CUESTA. En régimen de play off al mejor de cinco, los encuentros entre Aguada y Malvín transcurrieron cargados de tensiones y suspicacias. La más notoria fue la urgente incorporación por parte de Malvín del estadounidense Kyle Lamonte (cuando ya Aguada había picado al frente en el primer partido) esgrimiendo la lesión de uno de sus extranjeros. Esta “jugada” malvinense, si bien prevista en el reglamento, cayó como golpe bajo en tiendas aguateras: dos años atrás y con la camiseta rojiverde en su pecho, Lamonte se había granjeado el cariño incondicional de los aguateros por la influencia de su juego que evitó el seguro descenso del equipo. El impacto fue más psicológico que deportivo: Lamonte no impidió que Malvín quedara por el camino, Aguada se impuso 3 a 1 y se metió en la final con Defensor Sporting.
La definición de la temporada por primera vez se jugó al mejor de siete partidos (exceso mayúsculo para este medio). La paridad y la incertidumbre jalonaron la serie hasta el final, alternando rojiverdes y violetas una supremacía cambiante partido tras partido. El “viejo Sporting” apelando a un juego defensivo sólido y fuerte en las tablas, rotando permanentemente sus jugadores en cancha, contrastó claramente con la apuesta a los recursos individuales del juego aguatero, condicionado in extremis por la escasez de relevos de su banco de suplentes.
Otras sombras sobrevolaron agoreras las ilusiones aguateras: promediando el cuarto partido fue expulsado el extranjero Jeremis Smith por “agresión que llegó a destino” (un irreflexivo cabezazo a Gary Hamilton en respuesta a una provocación del extranjero violeta), lo que le valió quedar suspendido para el séptimo y definitorio encuentro. Una baja importantísima. Finalmente, con la serie tres a tres y sin Smith en cancha, el pasado lunes y de la mano de García Morales, el equipo rojiverde se impuso 86 a 72 y la hinchada aguatera por fin pudo dar rienda suelta a tanta emotividad contenida. “Arriba muchachada”: el grito inicial de 1922 cantado y agitado en tiempo presente, del viejo himno a la gran balconera.

La HINCHADA. De eso se trata Aguada. Ella lo explica, lo perfila, lo distingue. Su identidad, más que en su historia (rica por cierto), está en la tribuna siempre colmada, en el aliento indeclinable en las buenas y en las malas. Como nunca antes en poquísimas semanas el Palacio Peñarol se vio desbordado de aguateros ávidos de un título esquivo desde 1976. Por eso las dimensiones del festejo, primero en el recinto de juego, después en el gimnasio de la calle San Martín: una madrugada interminable de caravanas de autos a sirena abierta; con multitudes de hinchas en las calles empapados por intensos y fríos chaparrones. Cantando, saltando, eufóricos y tan campantes.
La casa de Aguada se abrió de par en par y llegaron hinchas de todas partes: a diferencia de sus pares, generalmente con localía barrial afincada, hay corazones aguateros latiendo en todos los barrios. El Interior presente en las pancartas y, más significativo aun, uruguayos radicados en Francia aterrizados puntualmente para la final y el festejo; hinchas residentes en Barcelona que exhibían el pasaporte de su bandera rojiverde. Estuvieron todos en la madrugada aguatera. Los jóvenes debutando en esto de ser campeones; los intermedios que desconocían (o apenas recordaban) las mieles del triunfo; los veteranos con gesto agradecido por volverlo a ver campeón “después de tanto tiempo”... Familias enteras, madres, abuelas con nietos. Mujeres. Muchísimas mujeres. Salvo alguna, quizá, a juzgar por el tono sin consuelo de aquel hombre que con el celular en su oído en medio del bullicio repetía a viva voz: “¿Por qué no estás acá, festejando conmigo, aguatera de mi corazón?”.

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