Regular, regulamos todos

El fin de semana pasado el Plenario del Frente Amplio encomendó a sus diputados la aprobación “en el plazo lo más breve posible” de la ley que regule el mercado de cannabis en Uruguay. Es la segunda ley de drogas en debate parlamentario. Las otras dos se decidieron en cónclaves dictatoriales.

El porro, o mejor dicho todo lo que lo rodea, incluidas las representaciones sociales que de una planta se hacen, está en juego en el sistema político y de manera nueva desde hace dos años. El caso de Alicia Castilla sensibilizó a diputados,* activistas, y al sentido común de por lo menos unos cuantos.

Aunque muchos no lo fumen, el porro está en boca de todos. El asunto suscita periódicas encuestas, reportajes internacionales, tertulias radiofónicas, televisivas, marchas, contramarchas, y confusiones semánticas variopintas. Todos tenemos algo para decir del porro y solemos decirlo en nuestros propios códigos, los de nuestras tribus.
La semana pasada la Asociación de Farmacias del Interior y el Centro de Farmacias pidió distribuirlo. Ya tienen experiencia: lo vendieron por lo menos durante 50 años, hasta la prohibición. Pero esta semana la Asociación de Química y Farmacia del Uruguay salió al cruce: los usos terapéuticos de la marihuana son dudosos, decían. Y es cierto: la marihuana es de uso recreativo, uno de cada cinco uruguayos la usó con ese fin alguna vez. Pero los cannabinoides no son parte de las preocupaciones de los químicos de la asociación. A pesar de que regulen, por ejemplo, los niveles de azúcar en sangre.
No ocurre lo mismo en Europa o Estados Unidos, donde invierten en investigarlos. Sus usos terapéuticos están reconocidos hasta por destacados miembros de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, país donde 17 estados regularon el uso medicinal. Esas terapias permiten soportar bastante mejor las descargas de cobalto, reduciendo significativamente las náuseas y los vómitos también de las personas portadoras de vih. Aplacan notablemente los espasmos y la espasticidad en personas con esclerosis múltiple. Además la sustancia es un magnífico relajante muscular sin nada que envidiarle al contenido de un blíster. Recientemente Italia y República Checa regularon el acceso al uso medicinal, sumándose a una decena de países.
Hace sólo diez años se descubrió que el cuerpo humano tiene receptores cannabinoides que regulan el sueño, el apetito y el dolor. Cuando los principios activos de la marihuana –cbd o el thc– recorren el cuerpo, modulan esas funciones. La industria farmacéutica lo conocía hace siglos: las plantas índicas ayudaban a sedar, a relajar e inducir el sueño. Hoy sabemos que eso es por el alto contenido de cbd. Los boticarios lo aplicaban hace cien años, pero no le habían puesto nombre.
Las ciencias médicas regulan farmacológicamente otros sistemas receptores humanos que permiten la comunicación entre células. Pero la ciencia médica vernácula se niega a regular el sistema cannabinoide que todos tenemos dentro. Parece negarse a investigarlo. De aprobarse la ley, las posibilidades que se abren son impredecibles porque está casi todo para investigarse. La prohibición no permitió el desarrollo de la investigación en cannabinoides, centró su esfuerzo en prevenir el uso.
El discurso del “no a la drogas” ocultó información a los usuarios sobre las mejores prácticas de un consumo que habilitan nuestras leyes. Pero también impidió sus usos industriales o médicos.
Es verdad, hay otros temas más importantes. Seguramente la pobreza y la educación sean los primeros. Pero los usuarios de marihuana –la cuarta droga más vendida en el país– pueden terminar en la cárcel fácilmente. Además varios poderes públicos criminalizan el consumo que habilitan las leyes. Lo cual parece “ilegal”, pero más bien es ilógico.
Ni las encuestas ni los químicos decidirán sobre esta ley. El diputado Darío Pérez (Liga Federal) se niega a votar el proyecto, más por perfilismo que por razones. Doreen Ibarra (Fidel), el otro diputado díscolo, habla mal del proyecto que impulsa la enorme mayoría de sus compañeros de bancada y de gobierno.
La oposición también tiene sus brechas. El representante Daniel Radío quiere votar, pero el Partido Independiente someterá a sus legisladores a disciplina partidaria y todavía no se sabe qué acontecerá. Situación similar vive Fernando Amado (Vamos Uruguay), que plantea discrepancias respecto del registro de usuarios pero parece suscribir el resto del proyecto y espera una señal de Pedro Bordaberry.
Las resistencias son más que entendibles, porque si bien el uso de drogas de tráfico ilícito existe en Uruguay y está siendo cada vez más aceptado socialmente, no es una experiencia que abarque a la mayoría de la población, que mira con resquemor este fenómeno.
Ahora, cuando cada cual accede a lo que puede o quiere en cualquier lugar, hora y a cualquier edad, tal vez sea momento de levantar esas manos y empezar a regular. Los diputados del Frente Amplio y algunos de la oposición quieren. Los que usamos marihuana como quien se toma una copa de vino también. 

* Véase Brecha, 4-III-11.

 

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