Sanar adentro para que sane afuera

Una clase en el COMCAR

Quienes cursan secundaria en uno de los establecimientos carcelarios más superpoblados del país tienen, al menos, un gran motivo de orgullo: se llama Pres y Diario y es un periódico autogestionado realizado por los propios estudiantes. Brecha visitó una clase una mañana de lunes. Hablaron sobre el proyecto que ya está procesando su segundo número, pero había bastante más para decir.

 

Los caminos que llevan al edificio donde funciona Secundaria seducen a los ojos como breves aunque los pies hagan otra cuenta. Hay que llegar a esa cadena de moles dormidas después de atravesar silencios, reverencias formales, alboroto de teros. Desde lejos, como estacadas en la niebla que ese lunes cercaba las aulas, se repartía un grupito expectante de siluetas amarillas. Una vez traspasada la frontera –los obligados escaners, los trámites burocráticos– las siluetas empezaron a mutar a rostros que con rigurosos “buenos días” recibían a sus “profes”. 

Los estudiantes se despiertan temprano, cargan cuadernos modestos, enrolladitos, y esperan parados o sentados en círculos. Se los reconoce por sus chalecos amarillo flúo, casi verdes, y porque deben ser custodiados para transitar por el establecimiento; no así los hombres de fucsia, los que trabajan, detentadores de una mayor libertad para moverse sin compañía policial: “Es que acá parece que trabajar es más honroso que estudiar”, explica el docente de filosofía Óscar Rorra, con la misma bonhomía que lo ha llevado a trabajar como profesor del Comcar por más de diez años. A su turno Flabia Fuentes, profesora de dibujo y artista plástica, señala las pilas de camas destrozadas que legó el último motín y con las que se está buscando generar un nuevo proyecto. Hay teros sobre casi todas las superficies. La propuesta de que el logo del periódico fuese uno de esos pájaros blandiendo un megáfono no logró consenso. Ese bicho, dicen, es “alcahuete”.* Pres y Diario es el título que finalmente se decidió para una publicación autogestionada, hecha casi íntegramente por los propios estudiantes bajo la coordinación de los dos docentes referidos.
Ya ha salido el primer número** y está casi pronto el segundo. Definido editorialmente como un instrumento para “desarrollar en forma teórico-práctica (...) el pensamiento crítico, la disposición creativa y la actitud solidaria”, es realizado y escrito por los estudiantes de cuarto, quinto y sexto de liceo. Dividido en secciones –Educación y Cultura, Salud, Deporte y Recreación, y Cartas al Lector– el primer número incluye una entrevista al mayor José Antonio da Rosa –director del establecimiento–, reflexiones sobre la prisión y la biblioteca “desde el punto de vista teórico”, rincones literarios, ilustraciones y fotografías, información sobre las posibilidades de cursos, talleres, experiencias y proyectos –artesanía, taller de informática, de escultura, de murga, de Braille, curso de “higiene e inocuidad de alimentos”, o de arte en cuero y zapatería– en los distintos establecimientos carcelarios del país, más estudios y entrevistas sobre salud mental, tuberculosis y otras enfermedades que aquejan brutalmente a los reclusos. El número cuenta con una notable “representación espacial de diferentes condiciones de reclusión habitacional”, un dibujo trabajado en Autocad que muestra a la población y su distribución en las celdas en condiciones ideales, comunes, y reales: las del hacinamiento crónico. Ya desde el “concepto de prisión desde el punto de vista teórico”, la publicación revela su lucidez: “Para nosotros la cárcel es el lugar donde se encierran todos los fracasos sociales, donde se encierran los fracasos en las políticas educativas, laborales, de familia, y ella misma es un fracaso ya que no cumple su objetivo mandatado por la Constitución de la República”.

COMO LA TORRE DE PISA. La profesora Fuentes comienza hablándole a Quiroga, el de ojos verdes: le informa sobre su plano, el del patio del Módulo 8 (véase reproducción), y el proceso que le falta recorrer para llegar a estar impreso, a doble página, en el segundo número de Pres y Diario. Ya está escaneado, una arquitecta lo va a trabajar en Autocad y a eso le seguirán las intervenciones de los demás estudiantes. “Tal vez sea mejor que pongan a los personajes parados, como si fuera una escenografía, porque así se muestra más el ahogo, la asfixia, algo con lo que no habíamos quedado conformes en la primera representación, las de las figuras acostadas. ¿Aunque qué pasaría si los pusiéramos a todos en movimiento?”
A continuación la “profe” pide silencio y les entrega copias de una carta de la profesora y ensayista Alma Bolón en la que felicita el primer número. Se hace silencio y Guillermo, atildado bonaerense nacido en San Isidro, procede a una lectura clara y decidida. Hay alegría tras el diagnóstico de esa docente universitaria a la que no conocen pero conocerán pronto, junto a Ruben Yáñez. Porque entre los proyectos de Rorra y Fuentes se cuenta la agenda de actividades culturales en forma de visitas, todos los miércoles, que ya está decidida y programada hasta setiembre: además de Bolón y Yáñez concurrirán al Comcar Jorge Brovetto, Álvaro Garcé, Álvaro Rico, Julio Toyos, Sergio Israel, Rodolfo Porley, Óscar Larroca, Martín Bergara, Panta Astiazarán y otros, para discurrir sobre asuntos que involucran a la comunicación y el lenguaje, la historia y el golpe de Estado, o el poder de la imagen.
“Norberto es el periodista del grupo”, me había advertido Rorra al presentármelo. Sobre sus rodillas tiene una carpeta azul donde guarda recortes e informes del Serpaj, de la onu, de diversos organismos vinculados con los derechos humanos. Es un gran instigador, herencia de su padre periodista, y esa mañana abre y cierra nervioso su carpeta para finalmente tender las propuestas que ha recogido para el futuro club de ciencias que también se proyecta en el Comcar. Entre ellas, la de un taller de fabricación de rolos para leña hechos de viruta o aserrín –“y ahí la cosa sería investigar qué pegamentos, si cola, si resina... pensar el molde, cómo hacerlos, investigar sobre la combustión, el desprendimiento del calor, la formación de las brasas”–. Otro de los proyectos es un vivero para cultivar rosas y venderlas a las florerías (“y además ahí se puede mechar lo de la caña de azúcar, porque viste que está en onda...”).
“¿Y estos muchachos, los que proponen todo eso, están estudiando en Secundaria, Norberto?”, interrumpe Rorra. Algunos sí y otros no. “Los que no, me interesan los que no –insiste–. Dame esa lista.” Una lista más que completa, asegura Norberto: están los que tienen primaria y los que hicieron secundaria, los que estudiaron dentro del Comcar y los que estudiaron afuera: “Está todo, nombre, número de cédula, todo”.
La clase que comparten Rorra y Fuentes no es homologable al funcionamiento habitual de cualquier liceo. Un salón amplio, decoroso, de paredes blancas, equipado con unas 15 computadoras en donde algunos alumnos atienden su trabajo para el segundo número de Pres y Diario, mientras otros se acomodan en ronda y se enredan en tertulias superpuestas sobre razones y problemas cotidianos. La intervención de los profesores es la que organiza el hilo de esos asuntos y la que inclina a lo que no merece postergación, caso de los proyectos que tienen entre manos (el Proyecto Chatarra, entre ellos: un taller de escultura que busca replicar lo que la profesora Fuentes viene haciendo muy exitosamente en Piedra de los Indios, en Colonia).
Por momentos todo se dispersa; pero esa desconcentración no demora en reordenarse para dar lugar a cruces y debates. El hundimiento de algunos módulos fue pretexto de uno de esos desvíos. Norberto versus Guillermo, para el caso, con remate incluido sobre los días que necesitó la famosa y obstinada Torre de Pisa para inclinarse. “Se precisa mucha agua para el vivero, y eso acá nos sobra. Porque viste que se están hundiendo algunos de los módulos y esas cositas...”, suelta con sorna Norberto.
—Yo entiendo de edificios –dice Guillermo–. Estudié en la uba más de cinco años y me faltaba poquito para terminar; además trabajé toda la vida en la construcción, algo de eso sé y te digo que acá nada se está hundiendo.
—¿Pero qué tiene que ver? Mi hermana es agrimensora.
—¿Sabés cómo te das cuenta cuando un edificio se está hundiendo? En las juntas de dilatación, y eso acá no pasa.

La inclinación, los desagües, las planchadas, tercia otro. Hay módulos que se están hundiendo, definitivamente, asegura el jovencito con timidez.

CORTE GASPARÍN. El ingreso de Darwin a clase, bibliotecario del establecimiento, signó la alarma: aquí hay poco más de una veintena de libros para una población de casi 3.200 personas. Dos jóvenes, de 18, tal vez 19 años, reclaman a “la periodista” alzar otro pedido: están trabajando en un artículo para Pres y Diario sobre el grupo Narcóticos Anónimos (na): “Ya hay un grupo en el Módulo 2, pero es en el patio: se considera que esto es un centro de rehabilitación, pero nosotros no podemos verlo así. Hay mucha gente adicta que viene para acá y no se puede rehabilitar. Los grupos son coordinados por cualquiera de nosotros que haya sido un adicto y que hoy esté en proceso de .. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

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