Deposiciones: heces y eses

Sobre la presunta expansión del lenguaje soez
La historia de “soez” es incierta. Los diccionarios suponen que hubo un cruce con una palabra árabe, rahís /rahez, que significa “barato”. Suponen también que la terminación “hez” de dicha palabra árabe fue interpretada por los hispanohablantes como “excremento”. A esa “hez”, se le agregó un “so”, contracción de “señor”, intensificador presente, por ejemplo, en “una señora casa” o, contraído, en insultos como “so haragán”. Si nos atenemos a esta explicación, “soez” sería comparable a “una señora mierda” o “re mierda”.

Comprobable o fantaseada, la explicación señala la afinidad entre lo “soez” y lo bajo, lo corporal, lo que nos ata a la tierra impidiéndonos elevarnos a moradas más celestiales: la afinidad con los productos intestinales, que terminan bajando más allá de nuestras partes bajas. 

François Rabelais, el inmenso escritor del humanismo, ilustra lo que puede hacerse con tanta bajeza. Por ejemplo, contar el enternecimiento de padre que siente el gigante Grandgousier, cuando su hijo Gargantúa enumera ufano la treintena de maneras con que probó limpiarse el culo, antes de dar con “la más señorial y la más excelente” de todas. Y la enumeración incluye el chal aterciopelado de una damisela, tan suave que le había causado voluptuosidad en los fundillos, una toca con piedras preciosas que tanto le habían despellejado el trasero que Gargantúa deseó que le ardieran las tripas culares al orfebre que la había hecho, un gato cuyas pezuñas le hirieron el perineo, los guantes de la madre, ramilletes de salvia, hinojo, eneldo, mejorana, rosas, lechugas, hojas de espinacas, acelga, melcocha y ortigas. También cuenta Gargantúa que se había limpiado el culo con sábanas, cobijas, cortinas, almohadones, tapices, alfombras, toallas, pañuelos, saltos de cama, repasadores, alfalfa, paja, estopa, pantuflas, canastos, sombreros, y con una gallina, con un gallo, con un pollo, con el cuero de un ternero, con una liebre, con una paloma, con un cormorán y con el portafolios de un abogado, pero que siempre le quedaban los huevos ardiendo. Finalmente, concluye Gargantúa, el mejor limpia culos encontrado es un pajarito, a condición de que se le mantenga apretada la cabeza entre las piernas, porque se siente entonces en el agujero del culo una voluptuosidad mirífica, tanto por la suavidad del plumaje como por la calidez temperada de la avecilla, que se trasmite a la tripa cular, hasta alcanzar la región del corazón y la del cerebro, con beatitud no menor a la de los héroes y semidioses que andan por los Campos Elíseos, con sus asfódelos, néctares y ambrosías.
Si nos remontamos al nacimiento de Gargantúa, lo intestinal también brilla. Gargamelle, su madre, estando ya a término de la preñez, había banqueteado con su esposo y con sus amigos, habiendo bebido tanto vino y comido tanto mondongo que cuando empieza el alumbramiento, salen de sus bajos sustancias tan inmundas que las comadronas se lo taponean, impidiendo que por allí se le escapen los fundamentos. Y el pobre Gargantúa, al encontrar la vía cerrada, debe ascender por la vena cava, atravesar el diafragma y ver el día saliendo por la oreja de su madre.
Como tantas veces en Rabelais, lo bajo viscoso y hediondo, alegremente, coexiste junto con lo alto inmaterial y libresco, cuyo conocimiento llega a través del legado de la Antigüedad. Así como la búsqueda del limpia culo perfecto condujo a Gargantúa a una beatitud elísea, heroica y divina, su nacimiento por la oreja materna recuerda el de Atenea y el de Dionisos, salidos de la sien y del muslo paternos. La bajeza corporal (intestinal y genital) y la altura espiritual (griega y cristiana) se celebran transformándose una en otra: véase cómo la calidez temperada de la avecilla que penetra por el agujero del culo, no sólo alcanza las regiones más elevadas de la topología humana (corazón y cerebro), sino que prosigue su ascensión hacia los Campos Elíseos. He aquí, podremos decir entonces, una instructiva, bella y deseable “expansión del lenguaje soez”.
Ahora bien, como afirma Céline –también médico, como Rabelais y como Díaz Grey–, “es más complicado y más penoso que la defecación, nuestro esfuerzo mecánico de la conversación”, afirmación que puede entenderse como “no alcanza con ser soez” o “ser soez no es suficiente”. Véase como sigue diciendo Céline: “Esta corola de carne entumecida, la boca, que se convulsiona queriendo chiflar, que aspira y se revuelve, largando todo tipo de sonidos viscosos a través de la barrera hedienta de la caries dental, qué castigo”.
Gracias a su tremenda fuerza expresiva, Céline vuelve a confundir, en la “corola de carne entumecida”, lo bajo y lo alto, la deposición oral y la anal. Cuatrocientos años después de Rabelais, Céline sigue en la tradición letrada y soez, capaz de iluminar y de conocer el mundo a través de la palabra, a través de la abundancia y de la prodigalidad de la palabra, que se derrama con imaginación e inteligencia.
Esa tradición, en Uruguay, desde (al menos) el inicio de la posdictadura, viene soportando golpe tras golpe, asestados por la religión productivista, por las creencias en que el conocimiento, estrictamente anclado en una supuesta matriz productiva nacional puede prescindir de las disciplinas letradas cuya constitución se confunde con el nacimiento de la institución escolar. Golpes son: la reforma de Rama del Partido Colorado y su prosecución bajo los gobiernos del Frente Amplio; el nefasto plan Ceibal, presentado como “revolucionario proyecto educativo” y la ocupación del espacio por las tic; el proyecto de fundación de una Universidad Pedagógica, centrada en lo psico-sociológico y desconectada de las disciplinas letradas, vectores de fuerzas intelectuales con vocación crítica; la fundación de una Universidad Tecnológica, abocada a abastecer el mercado de trabajo de mano de obra útil y barata; etcétera.
En la enseñanza, la superstición de “lo concreto”, el culto de “lo útil”, la apuesta al “resultado” inmediato, la sumisión a los dispositivos tecnológicos, la adoración de los “cifras”, la asunción del formato tecnocrático –esquematizador, reductor, raquitizador– y la adoración de “los hechos” han llevado a que queden fuera de la posibilidad de representación –fuera de lo decible y de lo pensable– enormes extensiones incultas, que nada cultiva, huérfanas de sentido y de sujetos que lo consideren.
En esta catástrofe intelectual desatada, sólo va quedando lo obsceno: la repetición monótona de algunas expresiones expelidas sin gracia y sin ganas. Pobres palabras mecánicas, recuerdan que “soez” también fue entendido como “barato”. 

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