El valor de ya no ser
- Última actualización en 24 Mayo 2013
- Escrito por: Raúl Zibechi
Lenguaje, democracia y poder
Si el lenguaje fuera un índice de democratización, nuestra sociedad estaría transitando cambios verdaderamente profundos. Aunque el modo de expresarse refleja, como pocos, las contradicciones sociales existentes, la aceptación de cambios en ese terreno encubre las continuidades en temas duros como los estructurales, que son los que realmente definen el carácter de una sociedad.
“Desde el episodio de la agresión a Tania Ramírez hay una preocupación por el lenguaje, lo que no es casual por la estrecha relación entre lenguaje e identidad”, afirma Graciela Barrios, directora del Departamento de Psico y Sociolingüística de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. En su opinión, el lenguaje es reflejo de identidades, “ya sea para manifestarlas pero también en el proceso de construcción o de reivindicación de esas identidades”.
Durante la conversación con Brecha, Barrios apuntó que el lenguaje también es un marcador de situación, destacó la relación entre lenguaje y poder, y avanzó su hipótesis acerca de que “a través del lenguaje se puede modificar la realidad”. En ese sentido, cargó contra dos ideas poco sostenibles, la de que “si no uso la palabra negro va a desaparecer la discriminación hacia ese grupo” y la de que alguien “no cumple con el perfil adecuado para ser presidente porque no usa corbata o dice ‘p’acá’ y ‘puédamos’”.
En este caso el lenguaje es apenas una excusa para cuestionar una política, una identidad o, llegado el caso, modelos económicos. Los cambios societales dejan mal paradas algunas posiciones que se empeñan en aferrarse a conductas formales, como si de ese modo consiguieran frenar la avalancha que amenaza llevarlos por delante. Así, los políticos tradicionales (no sólo de los partidos tradicionales) se empeñan en el uso de traje y corbata y en enarbolar un discurso engolado, con dicciones impecables aunque fuera de cámara descerrajan toda clase de improperios, como bien saben los periodistas familiarizados con la clase política.
LA ERA DEL ENTREVERO. “Mujica maneja muy hábilmente esta construcción identitaria, no quiero decir que no sea auténtica, pero la exacerba o la acentúa con estrategias de acentuación de esa identidad con modelos populares informales y dirigida a un público determinado. Eso provoca una empatía con el público que se siente identificado con esa forma de proceder, hablar y vestirse, porque va en la misma línea el lenguaje, el perro con tres patas, la chacra y el fusca, que es una construcción identitaria equivalente a decir ‘puédamos’ o ‘p’acá’”, razona Barrios.
En su opinión, aparece una voluntad de diferenciarse a través del lenguaje de otros modelos de políticos que se identifican con otras posiciones políticas y partido. Este conjunto de actitudes conforma “un paquete semiótico donde el lenguaje es apenas una parte”. De ahí que los políticos muy tradicionales, como sucedió durante la campaña electoral de 2004 con una pieza publicitaria del Partido Colorado, intentaran desacreditar una opción política de la izquierda porque el modo de hablar reflejaba algo ilegítimo.
“Eso se hace desde un aparato ideológico de tipo purista que define formas correctas de hacer las cosas y formas incorrectas que deben ser sancionadas. Las formas correctas tienen pautas y normas y además organismos que legitiman y avalan esa corrección. En el caso del lenguaje hay academias e instrumentos normativos como las gramáticas y los vocabularios que se suelen tomar como referencia normativa para constatar si se procede bien o mal.” Sin embargo, el propio presidente que esgrime un comportamiento transgresor de las normas “no se aparta de esa ideología conservadora y purista convencional”, dice Barrios, ya que cuando se refirió a ciertos profesionales como picapleitos justificó su aserto apelando “al organismo más tradicional que es el Diccionario de la Real Academia, un instituto conservador e imperialista, para decir que la cuarta acepción le daba la razón”.
Invocar a un organismo colonialista desde el punto de vista del lenguaje para justificar una transgresión casi revolucionaria sería una actitud típica de los uruguayos, a quienes Eduardo Galeano ha definido alguna vez como “anarquistas conservadores”.
Pero el lenguaje no sólo marca identidad sino también situaciones, como las creadas por las declaraciones “fuera de micrófono” de Jorge Batlle en 2002 en referencia a los argentinos (“son todos una manga de ladrones”), las de José Mujica en Florida (la vieja y el tuerto) y las de Daisy Tourné en referencia al presidente (“viejo de mierda”). “Hay un lenguaje privado que en todos los niveles socioculturales es diferente al lenguaje público. Lo peculiar de estos episodios es que se están mezclando las dos cosas, el conflicto identitario por el uso del lenguaje en sus variedades sociales, ocupacionales y educativas y por otro lado el hecho de que no hablamos siempre igual, porque en el ámbito privado uno dice disparates que no reflejan lo que realmente piensa”, añade Barrios.
Aun así, Barrios considera que Mujica entreveró las cosas en su justificación en referencia a los dichos sobre Cristina Fernández “porque mezcló una explicación que pretendió ser sociolingüística: dijo que habló de ese modo porque estuvo en cana, cuando en realidad eso lo puede decir cualquiera en un ámbito no público. O sea sus palabras no eran características propias del lenguaje popular sino del privado”. {resctrict}
Ahí es donde aparecen algunas limitaciones de lo que la lingüista denomina ideología purista, enraizada en relaciones de poder que excluyen al otro y que llevan a creer que “la persona que habla bien es buena persona”. Por eso Tourné escandaliza, porque la mujer (como en todos los casos) sufre doble castigo ya que se supone que ellas además de cocinar y planchar deben expresarse correctamente y no usar un tono provocativo como hizo la senadora. Según Barrios, “lo que ella escribió es lo que podríamos haber escrito cualquiera de nosotros”.
¿CUÁL DEMOCRACIA? El sociólogo Rafael Bayce señaló días atrás que ya no sirve “desprestigiar a los gobernantes frenteamplistas por ordinarios, porque eso también les genera cierta popularidad” (Caras y Caretas, 17 de mayo de 2013). Como señala Barrios, “ya no se lleva votar a alguien por lo bien que habla. Los modelos alternativos hacen que el modelo tradicional se vea como afectado, como los picapleiteros, algo ya fuera de la realidad”.
Tabaré Vázquez tocando el tambor y la ex ministra María Julia Muñoz bailando en las llamadas fueron ejemplos de lo que podría definirse como un desacartonamiento de la imagen tradicional. Para Barrios, los cambios en la sociedad “les pueden estar moviendo el piso a los que manejan un discurso muy tradicional. Astori no hace ninguna concesión en el lenguaje. Mujica cuando asumió hizo un discurso muy bien estructurado y muy tradicional, dentro de los cánones tradicionales, o sea que puede hacerlo, pero elige otros registros”.
Parece evidente que el lenguaje no evoluciona en el vacío sino como consecuencia de los cambios que vive una sociedad, que suele necesitar nuevas palabras para nombrar y nombrarse, adecuando la comunicación a las modificaciones que sufren las relaciones sociales. “Antes los alumnos trataban a los docentes universitarios de usted y se ponían de pie cuando ingresabas al aula. Lo que vemos ahora es que los ámbitos informales están invadiendo los formales.”
En ese sentido, el crítico de arte Jorge Abbondanza visualiza “la ordinariez” de la senadora como un síntoma de “la democratización que está acentuándose en la cultura local, donde van abandonándose todas las recetas de formalidad, de protocolo y de cortesía en el trato entre las personas, sean del rango que sean” (El País, 15 de mayo de 2013). Según este análisis, estaríamos viviendo un proceso democratizador en varios aspectos como la indumentaria y el lenguaje, como consecuencia de lo cual está ocurriendo que “el alumno tutee al maestro, el joven haga lo mismo con un anciano y la empleada doméstica llame a la dueña de casa por su nombre de pila”.
Es en este punto donde parece necesario echar un cable a tierra porque, como señala Barrios, “ese desborde de la informalidad no significa que se estén alterando las relaciones de poder. Hay una especie de ilusión de que si nos tuteamos somos iguales, el hecho de que se relajen las relaciones comunicativas entre docente y alumno no implica que cambien las relaciones de poder y estemos en una sociedad más democrática. El meollo del conocimiento y de quienes toman decisiones y administran como ámbito de poder sigue siendo el mismo. Eso no ha cambiado”.
Para muestra, basta ingresar en los discursos políticamente correctos sobre los derechos de las minorías. Aunque se consiguió visibilizar opresiones, los prejuicios siguen de pie, y con ellos las opresiones se mantienen intactas.
“Hay un peligro en este proceso porque si bien se visibiliza la discriminación, surge otro debate en torno a cómo se instrumentan esas estrategias, porque si todo se resume en pedirle a la Real Academia que cambie la palabra tal o cual, podemos llegar a banalizar y frivolizar los temas de fondo. Ahí es donde empiezan las bromas, y te dicen ‘quiero una lapicera de color afrodescendiente’ o creen que por poner todos y todas, niños y niñas, ya no hay discriminación a la mujer.” {/resctrict}

