La irresistible decadencia de los sujetos educativos

No todo es salario en el universo sindical de los docentes. En los últimos años Fenapes viene trabajando sobre la salud laboral de los docentes, a contrapelo de las preocupaciones del gobierno y de la opinión pública, pero también de la propia inercia sindical.

 

"Hay docentes que se largan a llorar y tienen que salir de clase, otros tienen episodios agresivos, se viven muchas situaciones de tensión que llegan a derivar en enfermedades psiquiátricas", grafica Manuel Oroño, presidente de Fenapes.

"El análisis de estos temas es bastante reciente en el sindicato; nos resulta muy difícil explicarlo a la sociedad y siempre terminamos gritando por salario. Por eso optamos por analizar casos puntuales, como el estudio que acabamos de publicar sobre los docentes de San José." Y adelanta que la salud laboral de los docentes sigue fuera del campo de visión de las autoridades.

Uno de los problemas más graves es que "los docentes nos hemos acostumbrado a condiciones de trabajo malas, pero existe un hondo malestar aunque muchos no saben lo que les pasa". Un estudio encarado por la Asamblea Técnico-Docente (atd) nacional detectó que en 2009 el 30 por ciento de las licencias médicas fueron por razones psiquiátricas.

AQUELLOS TIEMPOS. No siempre fue así. Seni Pedretti, ex dirigente de la federación de docentes, se remonta al año 1970, cuando un paquete de leyes quebró el sistema de trabajo basado en "unidades docentes" –que establecían un límite máximo de 20 horas de trabajo (con variaciones según la situación del profesor en el escalafón)–, ejercidas en un único centro. "A partir de ese momento todos los que pueden trabajan 60 horas semanales", explica.

"Hay un malestar que viene probablemente desde el final de la dictadura. Consiste en que al llegar a su lugar de trabajo, el docente, en vez de encontrar un ámbito satisfactorio encuentra un ámbito hostil por diversas causas: las remuneraciones no son satisfactorias, tiene que trabajar como una bestia y el resultado es un pésimo modelo de trabajo que hace que todas las acciones sean incompletas porque no hay posibilidad de cumplir a satisfacción las acciones pedagógicas en el aula, como hubo en otra época", explica Pedretti.

La falta de tiempo redunda en menor preparación de las clases y mucha menor dedicación a la corrección, que considera un tema pedagógico clave. "Me refiero a la corrección cotidiana, que supone exigirle el máximo de trabajo al alumno. Ellos deben trabajar con una perspectiva de futuro, pero el docente está en peores condiciones y no le exige al alumno lo que debe exigir, más allá de que se dice que el alumno no está motivado porque no se le enseña lo que le gusta y eso es un gran error."

En su opinión, "enseñar a trabajar es más difícil que trabajar" y ese espacio de cotidiana exigencia es el que se ha resentido en mayor medida. Con docentes que trabajan hasta 60 horas semanales es difícil estimular el rendimiento del alumno. Hay más. "Apareció un montón de trampas que permiten que no se hagan las 60 horas seguidas, cargos que no son de docencia directa, como el de adscripto, que antes era el inicio de la carrera. Ahora el docente se refugia en cargos de ese tipo para no tener tantas horas de clase."

DIÁLOGO INTERRUPTUS. La investigación realizada por el sindicato en El Pinar, en 2008, concluyó que una buena parte de los docentes comenzaban la semana con buen ánimo, pero "el miércoles ya no saben cómo entrar a la clase, la semana se los va comiendo", señala Oroño.

Por un lado, la población docente está envejecida y tiene que trabajar más horas en los últimos años de trabajo. Por otro, buena parte de los profesores trabajan toda su vida con chicos de 12 y 13 años, que plantean la máxima exigencia. Además, "la carrera docente está muy disminuida socialmente, cualquiera habla mal de los docentes y no hay un debate sobre las condiciones reales de trabajo".

Oroño concede especial importancia a las expectativas iniciales de quien comienza a hacer un profesorado en el ipa. "Uno inicia los estudios esperando ser un intelectual de la pedagogía que desea hacer su mejor trabajo, y supone que eso le brindará una satisfacción en lo académico y lo profesional, pero cuando se empieza a trabajar todo eso se diluye rápidamente."

Los docentes son fracasados económicos. Con 20 años de trabajo y 40 horas de aula, más diez o quince de trabajo en la casa de corrección y preparación, se ganan 25 mil pesos, asegura Oroño. Y el dato esconde algo peor, como lo atestigua la encuesta realizada en San José (véase recuadro). "Un profesor medio tiene entre 300 y 350 alumnos en la semana, eso quiere decir que tiene que corregir 350 escritos y hacer otras tantas evaluaciones, más las tareas burocráticas diarias y la planificación anual. Es evidente por qué no puede actualizarse."

Adicionalmente el diálogo con las autoridades está prácticamente interrumpido. "El sistema no tiene previsto el descanso ni la comida ni tiempo para el trabajo administrativo; las salas de profesores son pequeñas y las reu­niones a veces se tienen que hacer en pasillos", se queja el presidente de Fenapes. "Y hay liceos donde hay presiones para aprobar y bajar así el índice de repetición".

En cuanto a los alumnos, Oroño cree que en el sistema educativo se están empezando a sentir las consecuencias de la crisis de 2002. En barrios de la periferia, como el liceo 18 de Mayo, en Las Piedras, "los profesores hacen colectas para darles de comer a los alumnos que llegaron sin desayunar". Y "muchos docentes se encuentran en primer año con chicos que no saben leer ni escribir. A eso tenemos que sumarle situaciones de agresión; hay profesores que nos dicen que algunos alumnos los amenazan y a veces los padres".

¿SIN SALIDA? La actual plataforma de los diversos sindicatos de la enseñanza, agrupados en la cseu, establece seis temas, de los cuales uno es el salario. Los cinco restantes son la infraestructura edilicia, la creación de cargos, el desarrollo profesional, salud, higiene y ambiente laboral, y por último la revisión de las políticas educativas.

Oroño señala que durante la gestión de Luis Yarzábal "tuvimos más diálogo, pese a que todos eran elegidos políticamente. Ahora tenemos docentes electos por sus pares, pero no tenemos tanta coin­cidencia, porque se propone llegar a acuerdos con la misma derecha que trajo a Rama e impuso los temas del Banco Mundial".

Pedretti coincide en las dificultades políticas: "En el marco actual no veo salidas, porque de lo que se trata es de crear mecanismos compensatorios, no de resolver los problemas estructurales. El gobierno no da señales de tener un diálogo con los docentes y la prioridad otorgada a los consensos políticos se agota en el tiempo".

Tampoco es optimista en el largo plazo ya que considera que se ha instalado una cultura en las autoridades que prioriza la educación para el empleo en relación con el mundo empresarial; "pero eso no es la educación" sentencia. Por otra parte cree que "hoy es muy difícil remontar una cultura en que el cuerpo docente ha perdido sus objetivos, no se sabe hacia dónde se va. Los sindicatos viven como el gobierno, al golpe de las situaciones concretas". n

La neurosis nuestra de cada día

Por iniciativa de la asamblea técnico-docente del liceo 1 de San José se realizó en mayo de 2010 una investigación sobre salud ocupacional entre 268 docentes de nueve liceos del departamento.*

Un primer resultado indica que la carga horaria promedio ronda las 40 horas semanales de aula, más entre una y cuatro horas diarias de planificación, corrección y preparación, lo que indica que los docentes trabajan en promedio más de diez horas diarias. A esto debe sumarse, según el informe, "la carga de trabajo doméstico, que adquiere una dimensión gravitante en una población mayoritariamente femenina". El segundo dato es que el tiempo de trabajo aumenta con la edad, y llega a duplicarse.

En efecto, los docentes con menos de 29 años de edad tienen un promedio de 23 horas de aula, los de 30 a 39 promedian 38 horas, los de 40 a 49 suman 40 horas y los de 50 a 59 llegan a 41 horas semanales de aula en San José.

Al revés de lo que sucedía hasta 1970, cuando de las 20 horas semanales pasaban a sólo 12, porque se les pagaba más a medida que ascendían en el escalafón. "Hoy en día el docente necesita trabajar más en los últimos años para acumular los mejores años cotizados para la jubilación", explica Pedretti.

Los síntomas que experimentan los docentes de modo más frecuente son ansiedad (40 por ciento), dificultades de concentración (35 por ciento) e irritabilidad (33 por ciento), mientras un 30 por ciento tienen problemas de rendimiento laboral y dificultades para lidiar con la rutina diaria. Un 22 por ciento sufre tristeza y 9 por ciento tiene comportamientos agresivos. n

* "Monitoreando nuestra salud", de Verónica Travieso y Mauricio Perco, en La revista de Fenapes, mayo de 2012.

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