Cuando ya no importe (o historias de matar para no morir)
- Última actualización en 18 Julio 2012
- Escrito por: Mariana Contreras
El estruendo sonó fuerte. Edith tomó el arma que era de él y disparó cuando no aguantó más. Era uno de esos días en que el hombre parecía dispuesto a judiarla hasta el hartazgo: él prendía fuego al mantel nuevo que ella había comprado y colocado cerca de unas garrafas con gas. Edith lo apagaba. Él volvía a encenderlo. Nada más. El hijo más chico de ambos estaba en la habitación de al lado. Ella tomó el arma que otras veces había sentido en su frente y en su sien y le apuntó; dice que no pensó en matarlo, que el tiro se le escapó.
Junto con la vida de su marido, terminaron más de 20 años de un calvario que empezó, quizá, el día en que él, celoso porque no la vio salir de su lugar de estudio como siempre, la insultó y la escupió, reclamándole una explicación. A aquel gesto le siguió la rotura de enseres de la casa y la violencia patrimonial, el ninguneo constante, los insultos y el abandono, después vinieron los golpes, la violencia sexual. Pero el fin de aquel calvario marcó el inicio de otro: 13 años y cuatro meses fue la condena otorgada por la justicia, que le tipificó homicidio especialmente agravado.
La figura de homicidio liberador no existe en la legislación nacional, pero según explicó a Brecha Ana Lima, ex jueza penal y actual coordinadora de la sección uruguaya del Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de la Mujer (Cladem), refiere a "situaciones en que la mujer está sometida a una violencia extrema, por el grado o la permanencia de la misma; cuando es una cuestión de matar o morir. La única manera que tiene de hacer cesar su tortura y de vivir es dando muerte a su agresor".
Puede parecer difícil que los hechos narrados párrafos arriba encajen en la definición. Edith mató a su esposo sin que en ese momento mediara de parte de él amenaza alguna, ni siquiera había una discusión álgida.
"Lo que ocurre generalmente –dice Lima prosiguiendo con la definición– es que, en esa situación de poder (...), las mujeres no dan muerte a sus compañeros en un enfrentamiento directo, ocurrido en el momento, con determinadas condiciones y circunstancias." En realidad "el conocimiento del agresor lo tienen únicamente las víctimas (de violencia doméstica); ellas saben cuándo las cosas van a pasar, saben cuándo pueden morir. No pueden confrontar así a su agresor, entonces muchas veces le dan muerte cuando está dormido, por ejemplo".
En Uruguay el delito tipificado en estos casos es el de homicidio –especialmente agravado por el vínculo–, que prevé penas de entre 10 y 24 años de penitenciaría. Los abogados defensores tienen la posibilidad de manejar la legítima defensa como eximente, pero ésta no suele ser aceptada. Lima asegura que "no se puede juzgar sin tener el marco teórico", que "se requiere entender cabalmente el ciclo de la violencia doméstica", uno de los debes fundamentales del sistema judicial.
LIBERACIÓN... "Veíamos una vida en la que se iba configurando una identidad de género muy sometida; el modelo de feminidad impuesto tenía que ver con aguantar: estar en pareja, en familia, y mantenerse en el espacio doméstico. También vimos la poca sociabilidad de las mujeres, no tanto pautada por la situación de violencia, ya venía de antes. Pocas amigas, poca vida social, muy poco o nulo apoyo familiar. Al contrario, más bien se les exigía 'aguantá'. Pero no resulta muy fácil hacer generalizaciones. En cada caso había una configuración de cosas distintas", comentó a Brecha Serrana Mesa, una de las autoras de una investigación sobre las mujeres víctimas de violencia presas por haber matado a su agresor. Edith –una de las entrevistadas por ellas– aguantó.
Venía de una familia trabajadora, con una educación católica y conservadora que le inculcó que lo más importante para una mujer es la familia (a su padre, por ejemplo, no le parecía correcto que su madre trabajara fuera de casa, por lo que ésta, que tocaba el piano, daba algunas clases en su domicilio) . La muerte de su madre, la de su tío y su abuela, sumadas a la salida de su hermano al exterior y al nuevo casamiento de su padre con una mujer mucho menor con la que tuvo hijos inmediatamente, aceleraron la decisión de casarse y salir de su hogar.
Su esposo siempre mostró ambiciones que no se condecían con su realidad económica. Al principio trabajaba, pero con el correr del tiempo el sostén económico fue Edith, quien había hecho una carrera administrativa en algún organismo público. Para sostener las ambiciones del marido obtenía préstamos en la Caja Nacional "pero él disponía del dinero, no yo. Entonces él disponía en comprar esto, comprar aquello, en ver aquello, ver lo otro (...) yo lo ayudaba en trabajar... Le tenía que presentar la factura y el dinero que sobraba. Él me daba 50 pesos por día para manejarme, para comer cinco personas, porque son tres hijos".*
Con el dinero de los préstamos invirtieron en algunos negocios que les permitieron prosperar. Uno fue un carro de chorizos, pero finalmente fue ella quien terminó atendiendo el carro después de salir de la oficina. Cuando en su trabajo dieron incentivos para el retiro, accedió a las presiones de su marido para cobrar el dinero y emprender un nuevo negocio, estrechando así un poco más su círculo social. Pero el nuevo emprendimiento se fundiría por efecto de las crisis de la pareja.
Cuando las discusiones subían de tono el hombre la emprendía contra puertas y placares: "Rompía a piñazos; medía 1,80 y pesaba 140 quilos (...) rompía todo, rompía igual con una cuchilla, (...) entonces siempre me decía que él no tenía ningún problema, que la del problema era yo (...)". Cuando la investigadora preguntó a Edith por su actitud, respondió: "Me las aguantaba. Mi suegro venía y me las reparaba, así que él sabía bien claro quién las rompía. ¿Me entendés? Mi suegro siempre supo, no es de ahora, desde que mis hijos eran chicos él sabía (...)".
Con el correr de los años llegaron los golpes a los hijos y a la mujer. En una oportunidad ella debió ser internada por esa causa. "Yo escucho menos de este oído, veo menos de este ojo, todas consecuencias de los golpes de él", afirmó Edith mostrando también las cicatrices en el cuero cabelludo, consigna la investigación. Un día arribó inconsciente al hospital. Le dijo al médico que la causa había sido una caída. El profesional no le creyó y así lo estableció en su historia clínica.
La psiquiatra a quien Edith confió la verdad solicitó la presencia de ambos cónyuges en la consulta. Él se negó, la psiquiatra recetó antidepresivos y Edith aceptó. Entendió a su suegro cuando éste le dijo que desistiese de la denuncia policial contra el marido (que había sido detenido por la golpiza) para que él no perdiera el trabajo. Y cuando por segunda vez encontró cerrado el Centro Comunal al que se acercó en busca de ayuda, interpretó aquello como "una señal de que no tenía que denunciar".
Al momento de la muerte el matrimonio estaba separado, pero vivían juntos. El hombre había vuelto a la casa luego de que no fructificara la relación con una amante por la que había dejado a su esposa y a sus hijos un domingo "día del padre", cuando ellos –a pesar de los golpes y la locura cotidiana– habían preparado pizza y pastafrola para celebrar.
Debió escuchar las narraciones del hombre sobre sus experiencias sexuales con su amante y los ofrecimientos de dinero a cambio de sexo: "Me ofreció que me pagaba si tenía relaciones sexuales con él y no quise". "¿Querés tener plata? ¿Querés comer? ¿Querés darle de comer a tus hijos?", le increpaba mientras la obligaba a mantener sexo oral. Ella no aceptaba, pero algunas veces debió ceder.
LABERINTO. Uno de los objetivos de la investigación mencionada era conocer la "ruta crítica" de estas mujeres. Es decir, qué puertas golpearon, a quiénes recurrieron para sortear su situación. Una de sus conclusiones es que, más que una ruta crítica, las mujeres entrevistadas entraron en un "laberinto". Según los resultados, "no existió entre las mujeres procesadas una continuidad de acciones frente al fenómeno de violencia en que se encontraban inmersas". Por eso podría utilizarse "la metáfora del laberinto: recorridos sin salida, el andar y desandar, la sensación de no saber hacia dónde se va ni si se está yendo hacia algún lado".
La investigación deja constancia de la necesidad de hacer hincapié en los factores que "estimularon o desestimularon a buscar apoyo (...) especialmente los culturales (relativos a las relaciones de género), sociales (la red de relaciones sociales) y en menor medida en los institucionales (servicios del Estado); y develar desde una perspectiva de género el significado que la mujer le asigna(ba) a su situación de violencia doméstica y a las acciones y decisiones que tomó".
Mesa refirió a Brecha la destrucción de la autoestima, horadada durante años, la ausencia o pérdida de círculos de amistades a quienes recurrir, sumada a esa exigencia de "aguantar". La violencia se sostiene en los mandatos culturales para los roles de varones y mujeres, "en la manera de concebir las relaciones de género, las jerarquías preestablecidas que se reproducen en las relaciones interpersonales, y en estos casos puntales en las relaciones de pareja", sostiene su trabajo.
Esto repercute de forma tal que torna inviable ejecutar acciones para salir de la situación. De todas formas, apunta la investigadora "una cosa que a veces sucede y no está bueno, es demonizar al tipo. Tengo claro que eran violentos. En algunos casos la violencia era espantosa... pero indefectiblemente una empieza a hablar y parece que los tipos eran demonios que se levantaban a la mañana y decían 'voy a torturarla'. No sé si era así. Es mucho más complejo", dice, e introduce otro elemento: "creo que lo más importante y que cuesta más es que entendamos que no es lo mismo lo que una víctima de violencia doméstica siente por su victimario, que lo que va a sentir una víctima de rapiña por el que le sacó la cartera. No hay manera, no es lo mismo, es más complejo y requiere un acompañamiento y una comprensión que la mayoría de los actores relevantes no tienen. 'Le gusta que le peguen', te dicen cosas así".
¿LA JUSTICIA? "Lo que se naturaliza no se desarma. Si no se conoce lo que produce la violencia nos vamos a encontrar con una mujer desestructurada que no logra hilar dos frases y te dicen 'está loca'. No está loca, la está volviendo loca la situación. Pero no necesariamente lo que dice es falso", dice la ex jueza Ana Lima coincidiendo con las últimas palabras de Mesa.
Para Lima el homicidio, tal como está previsto en la legislación nacional, "está pensado para dos sujetos varones que se pelean en la calle y desde un concepto de familia y honores que hace que esté agravado por el parentesco. Hay una concepción que es profundamente patriarcal. No está pensado desde la perspectiva de derechos humanos integrales, universales, interdependientes. Y menos aun desde la perspectiva de derechos humanos de las mujeres. Me gustaría ver en la legítima defensa el haber padecido violencia doméstica. Como agravantes tenemos el haberse cometido con abuso de autoridad de las relaciones domésticas o la cohabitación. En la cabeza del legislador ya estaba la idea de que cometer un delito abusando de esas condiciones es grave. La idea de que esas condiciones facilitan la impunidad. Sin embargo eso no atraviesa el Código. Y mucho menos la cabeza de operadores jurídicos (abogados, jueces, fiscales, etcétera)", sostuvo la abogada.
Aun así, Lima reconoció avances y para ello comentó a Brecha una vista fiscal de 2012, donde se desestima el procesamiento de una mujer que dio muerte a su pareja. "Bienvenida la sensibilidad de este fiscal que es capaz de detectar la situación de legítima defensa, aunque se note que falta profundizar en algunos aspectos", dijo la abogada.
El documento afirma que "el hecho ocurrió dentro de un marco de violencia extrema que la pareja tenía sostenidamente desde el 24 de diciembre de 2011" y Lima observa: "Cuando incorporamos el delito de violencia doméstica, uno de los elementos que mas preocupó es que se hablara de 'lapso prolongado'. La idea refiere a un patrón de violencia doméstica, no de tiempo cronológico. Esta vista es de febrero, y el fiscal consideró lapso prolongado dos meses. Hay que ver cómo es la escalada de la violencia".
"La víctima, hombre grande y fuerte desde el punto de vista físico, que además era de carácter violento y alcohólico, aseguró el fiscal, y Lima puntualiza que "el alcohol es un disparador, pero no la causa de la violencia".
Según la vista, aquel hombre "sometía a la indagada a maltrato en referencia, a ella y a los tres hijos del matrimonio. Insultaba, rompía los enseres del hogar, golpeaba a B, la obligaba a permanecer con él y continuamente amenazaba con matarla a ella y a sus hijos", y Lima recuerda que muchas mujeres, sin haber recibido un solo golpe pero sabiendo que su marido es violento, quedan inmovilizadas solo con esa amenaza.
El fiscal explicó que "el desenlace fatal ocurrió como un corolario inevitable de esa espiral violenta; luego de discutir agresivamente y golpear a la indagada en la cocina, ésta fue al dormitorio de la precaria vivienda evitando la situación. Él continúo insultando, la amenazó, dijo que la iba a matar, que mataría a sus hijos, le pidió que le acercara un rifle". ("Él se lo pide, y eso es común", acotó la abogada.)
Entonces el hombre se apoderó del arma, apuntó a la mujer diciendo que la mataría e hizo un disparo al aire. La mujer, asustada, pidió a sus hijos que se fueran. El fiscal escribió que el hombre salió a buscarlos "y en ese momento, temerosa de que la tragedia se desatara, la indagada tomó en sus manos el arma y esperó a que volviera". Pero la abogada señala que ya entonces la tragedia estaba desatada. El fiscal prosiguió contando que el hombre volvió a la pieza y se abalanzó sobre la mujer y que iba a repetir el ataque cuando ella "alzó el rifle y casi apoyando en su pecho salió un disparo". Pero Lima lo niega. El tiro "no salió", dice. "Ella efectuó el disparo"
"Es homicidio especialmente agravado pero el Ministerio Público solicitó el archivo del caso en el entendido de que se trata de un caso de legítima defensa completa por cuanto la indagada vio en peligro su vida, la de sus hijos, ante la actitud violenta y poderosa de la víctima", concluye el acusador, agregando que "el accionar en los hechos cumple con las exigencias legales para repeler agresión ilegítima utilizando medio racional y no habiendo provocado".
Más allá de lo jurídico, hay preguntas que Mesa y Viera plantean en la investigación que parece pertinente formularse: "¿Qué posibilidad existe de que estas mujeres, luego de ser sometidas a la justicia y a la condena por la sociedad puedan explícitamente afirmar haberse liberado? ¿Es posible hablar de liberación en esta situación? Más allá de que el cautiverio que significa la cárcel no existiese, ¿permite la posición hegemónica que existe sobre lo que significa matar, sentir o vivenciar una liberación? Si estas mujeres pudiesen llegar a sentir esa sensación, ¿pueden manifestarlo abiertamente? ¿Es posible 'narrativizar' lo indecible? ¿Puede el Estado tolerar estas narrativas?". Todo parece indicar que por ahora seguirá imperando la doble condena. n
* El testimonio de Edith fue extraído de la investigación "Mujeres víctimas de violencia doméstica procesadas por homicidio del agresor", cuyas autoras son Mariana Viera y Serrana Mesa. El trabajo forma parte de otro más amplio: No era un gran amor. Cuatro investigaciones sobre violencia doméstica, dirigido por la antropóloga Susana Rostagnol, para el Instituto Nacional de las Mujeres, Mides, 2009.

