Nada volverá a ser igual

Las declaraciones de quien sería la primera rectora mujer de una universidad en nuestro país terminaron en implosión. Y generaron una ola de reacciones impensable tiempo atrás. Desde una manifestación pacífica de besos hasta una citación judicial, pasando por la reprobación del Ministerio de Educación y Cultura, los dichos de la no-rectora Mercedes Rovira marcaron un nuevo hito en la versión local de la lucha por la igualdad de los homosexuales.


“¿Qué hay acá?”, preguntó el hombre, de unos 70 años, boina y saco al hombro. “Una chuponeada masiva”, le contestaron casi al unísono dos jóvenes, abrazados a la espera del inicio de la cuenta regresiva que indicaría el momento exacto en el que las más de 700 personas reu­nidas en la plaza Seregni tocarían sus narices frías en señal de “rechazo a toda forma de violencia y discriminación”, según detallaba la convocatoria lanzada unas semanas antes en las redes sociales. “¿Y con quién tengo que chuponear?”, insistió el hombre. “Ahhhhh... ¡hay que buscarlo!”, contestaron los gurises, entre risas cómplices. El hombre miró dos veces al suelo y repitió, casi que rendido ante la multitud: “Hay que buscarlo…”.
A pocos pasos de ahí, cinco skaters practicaban sus habilidades con la tabla y, un poco más lejos, una mujer cincuentona paseaba a su perro. Pero, por un momento, nada de eso importó. La cuenta regresiva dio paso a los besos, y las cámaras –incluidas las de Canal 4, que hace dos meses pidió ayuda a la Policía para afrontar una manifestación de 20 personas contra el tratamiento dado al asesinato de varias mujeres trans en ese medio– se encendieron. Era el momento de besar, o de ser besado, pero sólo algunos asumieron el desafío. “Así somos los uruguayos: venimos pero no chuponeamos, somos repacatos”, comenta Martín que fue hasta la plaza con su longboard para ver qué era eso de la “manifestación pacífica de besos”.
Y es que, claro, la segunda edición de la “chuponeada masiva” –la primera tuvo lugar el año pasado frente al boliche Viejo Barreiro, luego de que dos jóvenes fueran expulsados de allí por besarse– cobró dinamismo tras la intempestiva salida pública de la integrante del Consejo Académico de la Universidad de Montevideo (um), Mercedes Rovira, que en declaraciones al semanario Búsqueda caracterizó a la homosexualidad como una “anomalía” determinante a la hora de contratar docentes. La publicación de la entrevista un día antes de la concentración en la plaza Seregni catapultó una serie de acontecimientos impensables tiempo atrás.
Las declaraciones de esta numeraria del Opus Dei –que, según Fernando Amado en el libro El peso de la cruz, utiliza diariamente el cilicio en la pierna y se mortifica con un pequeño látigo una vez a la semana mientras reza una oración– movilizaron como nunca antes los resortes institucionales del Estado: el Ministerio de Educación y Cultura (mec) solicitó en una misiva a la um que le aclare los criterios seguidos para la contratación de docentes mientras que, a pedido del fiscal Carlos Negro, la jueza Mariana Mota interrogó ayer durante dos horas a Rovira para determinar si sus dichos constituyen un delito, de acuerdo a la ley 17.817, contra el racismo, la xenofobia y la discriminación. Los dichos de Rovira vinieron como anillo al dedo a la chuponeada masiva, que se pobló de indignados. Y también a los promotores del matrimonio igualitario, que tras los besos presentaron el que sería el nuevo logo que acompañará de ahora en adelante el proyecto de ley, actualmente en discusión en la Comisión de Constitución y Códigos de la Cámara de diputados: se trata de un trébol de cuatro hojas, o cuatro corazones, según cómo se lo mire.

 

DE CUATRO HOJAS. Lo que en un momento fue utilizado por la propia Rovira como metáfora de “anomalía” –“siempre hay tréboles de cuatro hojas”, justificó–, ahora es el símbolo de los que no quieren ser más anómalos, en una resignificación que guardará para la historia las infelices declaraciones de la que pudo ser la primera mujer rectora de una universidad en Uruguay. Pudo ser, pero no fue: a las 48 horas de conocerse el contenido de la entrevista concedida a Búsqueda, la casa de estudios puso marcha atrás y optó por la continuidad de Santiago Pérez del Castillo al frente del rectorado. Es la primera vez que la autoridad de un centro educativo debe renunciar forzosamente ante un acto de homofobia.
Y es que el revuelo fue tal que hasta los propios alumnos de la um reaccionaron con indignación ante los dichos de la rectora. Una carta de un ex alumno y docente de la universidad, Diego Palma, dada a conocer a través de las redes sociales, es el reflejo de algo que no cuajó. “Si como usted dice, la homosexualidad puede ser equiparable a encontrar un trébol de cuatro hojas, la um tuvo, tiene y tendrá siempre mucha suerte, porque en ella se encuentran muchos tréboles de cuatro hojas. Quizá usted no se ha dado cuenta, por eso de que cada uno vive en la burbuja que uno elige”, escribió Palma.
La misma indignación llevó a varios alumnos de la um a marchar, una vez terminada la chuponeada, hasta las puertas de la casa de estudios, sobre la calle Piera. La convocatoria había surgido del colectivo Ovejas Negras como respuesta a los dichos de Rovira. Sin dispositivo de seguridad, ni pancartas, ni banderas, medio centenar de personas caminaron a paso ligero –“como comiéndose el mundo”, aporta el fotógrafo– hasta llegar a las puertas de la um. Los esperaban unos diez policías apostados en las esquinas, y tres hombres de seguridad de la propia universidad, que miraban atónitos como, una y otra vez, los manifestantes repetían la misma escena del beso.
Quizás vencido por ese torrente de labios entremezclados y un improvisado trencito en los jardines de la casa de estudios, a los pocos minutos uno de los guardias abandonó la rigidez del oficio y se prestó para tomar unas fotografías. La calle, ese lugar que muchas veces exige la gimnasia de la tolerancia frente a ese infierno que pueden llegar a ser los comentarios de los otros, era territorio liberado. Los autos tocaban bocina, los transeúntes saludaban con algún gesto cómplice y hasta un tachero –sí, un tachero– que pasaba por el lugar lanzaba al aire un grito de apoyo, que la muchedumbre contestó con aplausos. Un poco menos aturdidores que los que recibió la activista Valeria Rubino cuando, megáfono en mano, llamara a “reencontrarse siempre que este país necesite que le recuerde que no jodemos a nadie con ser felices”. Por ese entonces, otro de los guardias de seguridad se animaba a desafiar el protocolo. Y se dejaba dar un beso –en la mejilla, claro– por aquel hombre setentón que llegó a la plaza Seregni sin saber bien qué era eso de la chuponeada masiva.

NUNCA ANTES. Sobre las diez de la noche ya no quedaba nadie a las puertas de la um: sólo un tendal de tréboles de cuatro hojas. Pero ya nada volvería a ser igual. Nunca antes una integrante de una institución educativa había tenido que comparecer ante la justicia por haber incurrido en un acto de discriminación. Nunca antes un fiscal había tenido la osadía de presentar, de oficio, una acción penal al amparo de la ley contra el racismo, la xenofobia y la discriminación. Nunca antes una afirmación de semejantes características había recibido una condena tan dura, social e institucional: a la “preocupación” expresada por el Ministerio de Educación y Cultura (mec) y el recientemente creado Instituto de Derechos Humanos, que solicitaron a la universidad en cuestión que explicara los criterios seguidos a la hora de seleccionar sus docentes, siguieron ráfagas de besos y muestras públicas de reprobación.
No es el fin de nada, menos que menos de la estigmatización, el prejuicio o el maltrato al diferente. Pero es un inicio. El aporte institucional construye ciudadanía, está en la base de los procesos sociales, cambia de pantalla; todo lo demás está por hacerse. Pero, mientras tanto, el reclamo de igualdad va ganando escucha y espacio en el sentido común. En el abrazo colectivo, en el beso profundo, en el grito de alegría incontenible, en ese dejarse ser del cuerpo habitado por algo superior: la certeza de que ahora ya no están solos. n

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