Brecha Digital

Brasil como relato

Recorrer las salas del Museo Histórico de Rio de Janeiro es acercarse a la lectura que la historiografía oficial propone para el trayecto histórico que dio por resultado el Brasil actual. Es parte de eso que la academia kirchnerista llamaría “el relato”.

 

“Alrededor de las 2.30 de la tarde del 24 de setiembre de 1834, cerró para siempre los ojos aquel que en vida tuvo siempre el doble de todo, una parte heredada y la otra conquistada: fue emperador de Brasil y rey de Portugal, tuvo dos patrias, dos pueblos, escribió su nombre en la historia de dos continentes y amó tantas mujeres que hasta su confesor perdió la cuenta.”
Parecería que una frase como esta, donde las razones de Estado coexisten con las virtudes de alcoba, sólo podría estar en un museo de Rio de Janeiro. Una ciudad desinhibida en la cual el crecimiento económico va de la mano con un estilo de vida que –según afirma el estereotipo– sigue tomándose las cosas con calma.
Pero no es una frase dicha a la ligera. Las palabras de Iza Salles sobre Pedro I, tomadas de su libro Corazón de rey, están ahí como parte de una propuesta conceptual cuidadosamente preparada.
Desde que se inicia el recorrido del Museo Histórico Nacional por la sala de las culturas indígenas, hasta que se lo termina junto a una vitrina que tiene un overol naranja de la empresa Petrobras, todo parece estar montado para presentar la imagen de un “Brasil potencia”. Una identidad de múltiples aristas que se entronca, sin ocultarlo, con la herencia portuguesa. Aquel reino derivó en este imperio, se proclama desde la plaza XV, que une el reciclado palacio imperial con la bahía de Guanabara. El museo toma esta frase y la completa sin ruborizarse: aquel imperio derivó en esta potencia.
No es fácil recorrer los museos de Rio de Janeiro. La ciudad, que acaba de convertirse en el primer paisaje urbano declarado patrimonio de la humanidad por la unesco, reclama que el visitante se quede al aire libre, que ponga su vértigo en pausa y trepe al Pan de Azúcar, o que haga abandono momentáneo del ateísmo y comulgue con el panorama que se despliega a los pies del Cristo Redentor. Más difícil es dejar de lado el prejuicio y trepar al otro funicular, el que construyó el arquitecto Jorge Mario Jauregui en el Complejo del Alemán y que, se dice, está destinado a ser parte del cambio de la relación entre las favelas y el resto de la ciudad.
Pero está lloviendo y eso ayuda a soltarse del lazo de la belleza. Las portadas de los diarios hablan de lo que no ha cambiado en ese vínculo entre centro y periferia: un francotirador de las fuerzas especiales de la policía acaba de ultimar al “Matemático”, el narco más buscado de la ciudad. No hubo allanamientos ni combates. Sólo un soplo y un disparo que entró por la ventanilla de su automóvil y lo dejó sin vida.

ANTROPOFAGIA SIN MURALLAS. El museo funciona donde era el Fuerte de Santiago, pero más bien parece una hacienda colonial. Ya casi no tiene murallas y la autopista elevada que lo separa del mar vuelve a sus cañones una reliquia inofensiva. Todo lo contrario al otro fuerte de la ciudad, el que hace frontera entre Copacabana y Arpoador, con su cúpula de hormigón y sus baterías antiaéreas de los años de la Segunda Guerra Mundial. Pero aquí en el museo todo está más domesticado. Incluso el molde blanco de la estatua ecuestre del otro Pedro, el segundo, situado al pie de las escaleras mecánicas. Ese punto de ingreso, la visita a la azotea, el galpón con los carruajes del monarca, son sólo el espejismo de que se está ante un museo histórico como cualquier otro.
La primera sala habla de los habitantes originarios. A la previsible colección de armas, utensilios de vida cotidiana y tocados de plumas de guacamayo, la completa un detallado panel sobre el canibalismo. Al principio puede atribuirse al efectismo de cierta truculencia. Sin embargo, cuando se ha terminado de recorrer todas las salas es inevitable recordar que fue precisamente de la antropofagia que tomó su nombre la vanguardia cultural que a inicios del siglo pasado comenzó a cortar los lazos con Europa. Comienzo imprescindible para algún día volverse “uno de los cinco centros mundiales”. Una antropofagia cultural mediante la cual Brasil buscaba devorar todas las influencias externas y hacerlas parte de su fortaleza. Una postura de las elites de vanguardia nacida con el “Manifiesto antropófago” de Oswald de Andrade, que planteaba la independencia artística con el mismo entusiasmo con el que décadas más tarde Lula da Silva celebraría el hallazgo de petróleo en la plataforma continental. Aquellos años veinte de la antropofagia y de la “poesía pau Brasil” fueron definidos por otro Andrade, Mario, como “la mayor orgía intelectual que la historia artística del país ha registrado”.
Hubo incluso un tercer Andrade, Drummond. Hoy los turistas que caminan las veredas de diseños ondeados ideados para la rambla de Copacabana por Burle Marx, se fotografían junto a la estatua de tamaño natural que muestra un Drummond sentado en un banco, con el Morro da Urca y el Pan de Azúcar de fondo. También él puso su grano de arena para imaginar el Brasil del futuro. Primero, escribió Drummond de Andrade en uno de sus poemas, es necesario “olvidar” el viejo Brasil “tan majestuoso, tan sin límites, tan sin propósito”, para después descubrir el nuevo “escondido atrás de las selvas”, “conquistarlo”, “educarlo”. Ocurre que se necesita uno nuevo, ya que el Brasil encandilado por Europa que existía en ese período de entreguerras “no nos quiere, está harto de nosotros”.

COMUNIDAD IMAGINADA. Sala tras sala la cartelería del museo va poniendo un ancla, con textos cortos y recientes (el de Salles citado al comienzo del artículo es de 2008), al impecable ensamblaje que se logra con un puñado de objetos. Algunos son tan irrepetibles como el único ejemplar existente en el mundo de las monedas acuñadas por los portugueses para los viajes de sus carabelas en la era de los navegantes. Es extraño ver ese pequeño disco de plata en su soporte de acrílico y saber que pese a los miles que se acuñaron sólo resta este. Un incunable entre los incunables: hasta 1980, cuando esta moneda apareció en los fondos numismáticos del museo carioca, se pensaba que ya no quedaba ninguna, que todas habían sido tragadas por los océanos y el tiempo.
En conjunto las salas del museo dan una imagen cuidadosamente diseñada del devenir histórico que dio por resultado el Brasil actual. Como lo dice uno de esos mismos carteles citando al historiador portugués Afonso Marques do Santos: “es preciso comprender las construcciones imaginarias instituidoras de la propia sociedad e identificar los significados simbólicos del proceso”. La referencia a las “comunidades imaginadas” teorizadas por el británico Benedict Anderson es clara. Las naciones como una construcción cuyos ladrillos son colocados y cementados por las personas que las habitan y que al hacerlo se perciben como formando parte de esa, su propia construcción.
Los ladrillos que aparecen en las salas del museo son de diversos tipos. El enaltecimiento del aporte africano al ser nacional –a través de una serie de grabados, fotografías y hasta mediante la grabación de un poema leído por Maria Bethânia– convive en la misma zona expositiva con la llegada de los reyes portugueses a inicios del siglo xix. Como testimonio de esto último está la vajilla que usó la corte portuguesa en la cena de Navidad pasada en alta mar mientras buscaba refugio en su colonia, huyendo de la invasión de Napoleón a la península ibérica.
Al menos dos elementos de la frase anterior fueron expresamente rechazados por una de las investigadoras que trabajan en el museo, cuando le fue comentada por Brecha. Para ella ni Brasil podía ser denominado simplemente como colonia, ni aquello fue una huida, al menos lo que sería posible imaginar como un escape desordenado. Para el reino de Portugal, Brasil significaba una especie de “destino”. No se debe hablar de huida, ya que nadie pone los pies en polvorosa llevando consigo los miles de volúmenes de la biblioteca real empacados cuidadosamente, aclara la investigadora. ¿Qué palabra usar? Las etiquetas que acompañan el juego de ajedrez traído por el príncipe portugués en ese viaje lo dicen con una claridad casi freudiana: “Transferencia”.

EU FICO. Sin embargo, una vez derrotado Bonaparte los reyes regresaron a Lisboa. La cartelería del museo explica esa aparente contradicción y hace que todos los ladrillos encajen y vayan formando ese modelo de nación que los historiadores cariocas proponen a los visitantes. El gobierno del rey João VI “fue marcado por una situación política compleja tanto en Brasil como en Portugal”. Mientras en el sur “recrudeció” la cuestión de la Cisplatina, en el nordeste estalló la revolución pernambucana, en tanto que en Portugal “el descontento de la población con la permanencia del rey en Brasil generaba revueltas”. Todo eso hizo que el 25 de abril de 1825 la corte retornara a Europa.
Pero no regresaron todos. Quedó como regente el príncipe Pedro I. Pronto se repitieron sobre él las presiones que en su momento hubo sobre su padre João VI, ya que desde Europa se quería que él también retornara. Pero el 9 de enero de 1822 Pedro I torció el rumbo de lo esperado con sólo dos palabras: “Eu fico” (Me quedo). Los museólogos no dejaron pasar la oportunidad y anotaron al inicio de la sala sobre Brasil como Estado imperial: “el ‘Día del fico’ representó la elección de un camino sin retorno”.
Un año y medio después Pedro I proclamó la independencia y se convirtió en el primer emperador de Brasil.
Las cosas no fueron fáciles para el naciente Estado. Tanto que, menos de una década después de ser coronado, Pedro I debió abdicar. El museo atribuye la crisis financiera del imperio y “el desgaste político del emperador” a tres causas: problemas con el reconocimiento internacional, con los tratados con Portugal e Inglaterra, y (como un proto Maracaná) “la pérdida de la provincia Cisplatina, que se tornó el Estado independiente de Uruguay”.
Ese tropiezo no fue el fin. Pedro I, aunque abdicaba a favor de su hija, en realidad dejaba como futuro emperador a su hijo Pedro II, que se volvería uno de los gobernantes más influyentes de la historia brasileña.
La carta de un Pedro a otro Pedro, que se reproduce en una gigantografía del museo, es reveladora de lo que significaba Brasil para el monarca que partía hacia Europa: “Mi querido hijo, mi emperador (…) dejar patria, hijos y amigos, no puede haber mayor sacrificio; pero llevar la honra en alto, no puede haber mayor gloria (…). Yo me retiro para Europa, es necesario para que Brasil se calme y, Dios permita, pueda en un futuro llegar a ese grado de prosperidad de que es capaz”.
Las siguientes salas trazan un retrato histórico de cómo ese niño de 5 años, hijo del hombre “que tuvo el doble de todo”, se convertiría en Pedro II, “el emperador filósofo”. Hay también espacio para la Guerra de la Triple Alianza, para el tránsito a la república, y para el regreso de la democracia. Sobre esto último se expone, por ejemplo, una portada de periódico con la noticia de uno de los actos del pt en la primera campaña de Lula. El título (“Explota corazón”) está tomado de una de las canciones del músico carioca Gonzaguinha.
Al final de ese recorrido que es una verdadera construcción conceptual sobre Brasil, el visitante se encuentra de frente con un enorme espejo y una frase en letras rojas: “A história é vocé quem faz”. n

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