Costó y costará
- Última actualización en 27 Julio 2012
- Escrito por: Harry Hinkle
Nuestra reforzada selección sub 23 arribó a los Juegos Olímpicos luego de un largo, trabajoso y farragoso proceso de elección de jugadores y, una vez decidido el plantel, de un insuficiente período de amoldamiento, de prueba, de exigencias reales. Los únicos dos partidos internacionales previos, uno contra un Chile de “rara” mezcla y defensivamente blando, por decir lo menos, otro contra un Panamá con poquito fútbol en la cancha y una buena letra –hermanos Dely Valdez mediante– asumida con excesos de amistad y reconocimiento, sirvieron de poco. Se suponía que servirían para decidir alineación –con error incluido, visto lo que se vio en el debut–, amalgamarse hasta donde se pueda, tratar de infundir un ritmo y una manera de jugar, fomentar el cooperativismo y la solidaridad en el terreno, probar a algunos jugadores en dos o tres puestos, alternar distintos sistemas defensivos –cuatro o tres en el fondo, dos volantes centrales barriendo el medio campo o un central detrás de dos volantes de ida y vuelta– y ofensivos –punteros más abiertos o más cerrados, dos puntas de lanza a derecha e izquierda o tres volantes ofensivos con un punta (Suárez) suelto–, comprobar el actual nivel futbolístico de algunos “repatriados” de los que escasa información se tenía. Sirvieron poco. Lo que se vio durante los primeros 45 minutos frente a Emiratos Árabes fue un Uruguay inseguro de sus fuerzas, bastante sorprendido de las de su rival, lento con la pelota, irresoluto para salir a buscarla y, dadas las características del partido, no demasiado bien constituido. Enfrentado a un rival cuya virtud ofensiva más elocuente es la velocidad para tocar el balón, crear espacios y mandar un jugador solitario a llenarlos de improviso, una línea de tres liderada, de algún modo, por Coates, debía hacer agua. Hizo agua. Obligado a atacar ante una defensa masiva y agrupada, la esperable guerra entre Suárez y la tribuna (de Manchester) y la tendencia de éste y de Cavani a chocar a sus rivales –menos dotados que ellos, pero mucho más numerosos– arrastrarían al equipo, como lo arrastraron, al pelotazo, al centro o al remate salvador. Por ventura, Ramírez encontró uno y así salimos relativamente bien parados para los segundos 45 minutos.
Para jugar éstos, entró Lodeiro a juntar, hilvanar y componer en ataque lo que antes era dispersión pura, salió Aguirregaray, un jugador de buenas condiciones técnicas y físicas pero que sigue siendo asombrosamente impreciso con la pelota, y cambió el sistema defensivo, ahora con cuatro jugadores en el fondo, a la antigua, más precavido, menos necesitado de un aceitado previo que no podía existir y de defensas veloces que no tenemos (salvo Rolín). Con eso, más la calidad y experiencia del resto –lo que no es poco–, bastó para marear a un rival que durante 15 minutos lució tan desconcertado como lo estuvimos nosotros durante el primer tiempo. Después del gol de Lodeiro, se aguantó atrás bastante bien, se contragolpeó a nivel regular, se retuvo la pelota sólo de a ratos, se mantuvo un nivel físico y psicológico siempre adecuado. Y se sacó un triunfo que reafirma una tendencia, eleva el espíritu, permite hacer planes para los dos partidos futuros con las cartas sobre la mesa. Y para los cuales se nos ocurre que el técnico debería tener en cuenta lo siguiente: la enorme diferencia de ritmo, de velocidad, de constancia, de capacidad para ir y volver que hay entre quienes juegan habitualmente en una liga de Europa o de otro continente pero de buen nivel, y quienes sólo alternan allí de tanto en tanto porque no son titulares en sus equipos, y quienes aún están en Uruguay. n

