Cuídese de la desigualdad: hace mal a la salud
- Última actualización en 27 Julio 2012
- Escrito por: Ignacio Pardo
“La desigualdad de ingresos conduce a la baja autoestima, el estrés crónico y la depresión relacionada con la ansiedad de estatus. Esto lleva a una menor esperanza de vida.”
(Karen Rowlingson, investigadora de la Universidad de Birmingham, 2011.)
Un político, o acaso un tertuliano de los medios de comunicación, resumió toda una forma de pensar hace poco: “me preocupa la pobreza, no la desigualdad, porque no soy envidioso”. Si las investigaciones al respecto están en lo cierto, habría mejores razones que la envidia para preocuparse por la desigualdad. Y no sólo de tipo moral, filosófico, económico o político. Hace mal a la salud.
Al menos eso concluyen varios epidemiólogos que han comparado a los países del mundo en cuanto a sus resultados en materia de salud y bienestar social, incluyendo la esperanza de vida de sus poblaciones. Es posible entonces que ciertas sociedades, como las escandinavas, tengan buenos resultados al respecto no sólo por sus sistemas de salud, su tradición cooperativa o su nivel de ingreso, sino también por su menor desigualdad. Desde luego, esto se verifica en países que ya casi han ganado la batalla contra la pobreza, porque cualquiera se dará cuenta de que un alto nivel de igualdad en condiciones precarias no puede mejorar la esperanza de vida. En cualquier caso, es un descubrimiento poderosísimo para aquellas sociedades que avanzan hacia el desarrollo, como la nuestra. Se trata del nivel de desigualdad dentro de cada sociedad, por lo que no entran en consideración las desigualdades entre países, que son impactantes: una mujer que nace en Japón tiene una esperanza de vida de 86 años; mientras que si nace en Zambia, sólo le cabe esperar vivir la mitad, 43 años.
Hace un par de décadas el británico Richard Wilkinson, que estudia los determinantes sociales de la salud, había llegado a conclusiones similares. Los países con una distribución más igualitaria de la riqueza tienden a tener un mejor nivel de salud. Otros investigadores, como el indio Subramaniano Ichiro Kawachi, de la Universidad de Harvard, llegaron más allá, argumentando que en los países desarrollados el grado de desigualdad es un determinante de la salud incluso más fuerte que el propio nivel de pobreza.
Pero ¿por qué mecanismos una sociedad más inequitativa nos mataría antes que otra más igualitaria? No se trata solamente de que la distribución desigual de los recursos prive a millones de personas de los servicios básicos de salud, de nutrición y educación para vivir más y mejor, cuando esto sucede. Se trata de que la propia desigualdad, aun cuando no hubiera nadie en situación de pobreza, genera peores rendimientos en la salud de una sociedad, reflejada en fenómenos tan duros como la esperanza de vida.
Uno de estos mecanismos es el que llaman “ansiedad de estatus”, un factor psicosocial que causa problemas sociales y de salud, al punto de incidir en la salud de las sociedades y en su esperanza de vida. Quienes estudian el peso de los factores contextuales en la salud asumen que la desigualdad económica, al situar a las personas en una jerarquía que incentiva la competencia por ocupar mejores lugares y lleva a autoevaluarse en términos de esa comparación, genera interacciones y decisiones poco saludables. El estrés, la depresión y la baja autoestima aumentan ante estos niveles de ansiedad de estatus provocados por el hecho de que aquellas personas con las que interactuamos se sitúen en lugares alejados al nuestro en la estratificación social.
En una investigación de 2009, Wilkinson y la epidemióloga Kate Pickett encontraron relación entre la desigualdad y peores rendimientos en aspectos tan disímiles como salud física, salud mental, tasas de encarcelamiento, abuso de drogas, obesidad, violencia, embarazo adolescente no deseado o bienestar infantil. Así que es posible pensar en una relación entre tu dolor de espalda o tu depresión y el índice de Gini de tu país, aquel que mide la de-sigualdad de ingresos.
Por cierto, hay mucha más información por recoger y analizar, entre otras cosas porque la manifestación de todos estos fenómenos es muy distinta en cada caso, porque las desigualdades no son sólo de ingresos y porque muchas otras variables tienen un gran peso en estos indicadores de bienestar social. Pero el dato es impactante. Los defensores de “cierto nivel de desigualdad”, que los hay, cuentan con menos evidencia en favor de sus hipótesis (aquellas que sostienen que la desigualdad moderada es el motor del crecimiento económico y la condición de posibilidad de los incentivos que lo favorecerían).
Mientras tanto, en el mundo desarrollado, la crisis económica y unos cuantos alborotadores llevaron a los titulares el escándalo silencioso: el 1 por ciento de la población mundial se lleva la parte del león de las prosperidades y paga poco en las crisis. Insalubre. n

