Brecha Digital

No fuimos héroes; tampoco villanos

Los resultados mandan, pero sería conveniente, de tanto en tanto, tratar de interpretar el carácter del mandado. En referencia a la actuación del combinado celeste en los Juegos Olímpicos de Londres, la opinión pública, la prensa especializada, el técnico Tabárez y, a juzgar por sus declaraciones, los propios jugadores parecen haber llegado a un tácito acuerdo sobre algunas de las acepciones del término “fracaso”.

Lístense, a beneficio de inventario, estos botones de la muestra. Dos partidos perdidos y uno ganado sin muchos merecimientos sobre tres jugados. Apenas dos goles convertidos y cuatro tomados. Suárez y Cavani peleados con la red. Un juego colectivo errático, inseguro, con poca o ninguna memoria. Una cierta propensión a dejarse envolver por los nervios y a recibir tarjetas amarillas en jugadas que no acarreaban peligros inmediatos. Y, sobre todo, la sensación y el “aire” a cosa difícil, peliaguda, cuesta arriba y, por momentos, inaccesible ante el vigor físico, el orden táctico y la técnica desarrollada a velocidades para nosotros inauditas que expusieron nuestros tres rivales, el primero (Emiratos Árabes Unidos) durante el primer tiempo, los otros dos (Senegal y Gran Bretaña) durante todo el partido. En suma, la imagen, para afuera y para adentro, de parecer, de ser un poco menos que nuestros ocasionales adversarios. Algo que últimamente no venía sucediendo con nuestra selección mayor, e incluso con algunas selecciones juveniles.  
Estos argumentos y explicaciones valen, como también valen algunas de las justificaciones, aquí y allá, esgrimidas. La poca o nula suerte que nos deparó el sorteo de las series, que nos colocó frente a dos candidatos naturales al título, el local y una potencia futbolística de África, continente vedette en estas competiciones. Los pocos y para colmo bastante inservibles, dada la índole y la actitud de los rivales, partidos previamente jugados por este plantel. Finalmente, y aquí se ha puesto el acento, la mala resolución o la poca fortuna nuestra y la buena fortuna ajena a la hora de resolver situaciones favorables frente a las vallas, en el entendido de que sumadas con imparcialidad la cantidad de jugadas de peligro a favor a lo largo de los tres partidos nos da un número muy similar al de la suma de las jugadas de peligro que afrontamos en contra. Como nada se puede achacar a los árbitros, todos ellos de impecable actuación, echémosle la culpa a las barajas. O a Suárez y Cavani, individualistas tercos y obnubilados. O al técnico, que no logró encauzar el conflicto del primero con la afición británica (asunto difícil, si los hay) y no se animó a sacar del equipo al segundo, y antes se había equivocado con varios nombramientos; equivocaciones, como las de Albín, Arias, Viudez, Urretavizcaya y Abel Hernández, tácitamente admitidas, a través de sucesivas variantes de posiciones, de alineaciones y de jugadores y, en el último partido, no variantes (cuando prefirió morir con los ojos abiertos a intentar el milagro desde el banco de suplentes). Eso sí: todos estos reproches llegaron o llegarán con el diario del lunes como nunca llegaron con las prevenciones del sábado. Hasta el primer gol de Senegal, todo era color de rosa.
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