Uruguay quedó eliminado en la primera fase de los Juegos Olímpicos y con la eliminación terminó la ilusión de ganar una medalla, quizás la única a la que podíamos aspirar.
Se terminaron todas las historias de invictos, de campeones en cada participación, de dejar afuera a los locales, y nos chocamos con la vuelta a una situación que creíamos olvidada, quedar afuera en primera fase.
El equipo olímpico quedó eliminado porque jugó mal. No hay que buscarle otra vuelta, nunca encontró un funcionamiento colectivo adecuado, fue débil en la marca, que es la fortaleza de los uruguayos, y para colmo de males, la esperanza de goles depositada en Suárez y Cavani se frustró, porque ellos estuvieron lejos de su nivel o porque el juego del equipo no les permitió lucirse y culminar el trabajo de sus compañeros. Cuesta creer que no marcaran un gol en tres partidos.
Uruguay quedó eliminado porque Tabárez no pudo encontrar el equipo, que se insinuó en el segundo tiempo ante Emiratos pero no funcionó ante Senegal y apareció tarde ante Gran Bretaña. No hubo tiempo de determinar el sistema y los hombres, y recién en el segundo tiempo del último partido pareció encontrarse una línea defensiva, principal problema resuelto tarde.
Quedó eliminado porque teniendo oportunidades de gol en todos los partidos no las concretó, situaciones que en otros momentos y en otras circunstancias resolvían el problema del colectivo. Los erraron Suárez, Cavani, Lodeiro, Ramírez y Hernández. Todos ellos hacen goles los fines de semana europeos.
Y quizás quedó eliminado porque los otros eran mejores, tenían mejor equipo, más trabajado, con mejor técnica y mejor preparación.
Esta es la explicación que menos nos gusta. Siempre creemos que somos mejores y perdemos porque jugamos por debajo del nivel, y nunca se nos ocurre pensar que otros puedan tener un nivel superior al nuestro, mejores jugadores, y sobre todo, estar mejor preparados.
Mirando estos Juegos Olímpicos, me parece que el avance de Japón y Corea es significativo, ni que hablar de Senegal, que jugó muy bien y por encima del nivel táctico que en general muestran los equipos africanos.
Lo de los orientales –no nosotros, los de Oriente– no debería sorprender; ellos quieren llegar arriba, y lo van a conseguir. Trabajan, son muy organizados, invierten el mucho dinero que tienen, y van a lograr destacarse.
Los japoneses tienen selecciones sub 23 que entrenan, viajan, invitan equipos, juegan y se preparan para los Juegos; pero no terminan el asunto, como sucede en Uruguay, sino que siguen adelante pensando desde ya en los próximos.
Qué paradoja. En Sudamérica se clasifica con una selección sub 20, pero en el caso de Uruguay sólo dos de esos futbolistas llegaron a los Juegos, porque ni siquiera es la generación que va a ir después. No hay torneos sub 23, y seguramente si Uruguay no clasifica en los próximos años, no llegaremos a ver una de esas categorías que debería funcionar para mantener el proceso de acercamiento a la selección mayor.
En Uruguay vivimos una época de euforia con el fútbol, los recientes resultados de los mayores en el Mundial y la Copa América sumado al ranking de la fifa son su sostén. Eso se procesó a lo largo de seis años, donde se consolidó un equipo, una forma de jugar y una forma de comportarse.
El proceso implicó renovación, nuevos criterios de selección y mucha inteligencia. Todo esto permitió competir de igual a igual con los grandes del mundo, pero sostenerse es muy difícil, especialmente en nuestro país donde cuesta, en especial en el fútbol, levantar la mirada más allá del próximo fin de semana. Mucho pedir es que se mire cinco o seis años por delante.
Lo que Uruguay pudo construir con la selección mayor es posiblemente la causa de la diferencia de nuestra selección olímpica con respecto a las que nos dejaron afuera. Quizás sólo fueron mejores, y nosotros, en nuestra euforia y autosuficiencia futbolística, no nos dimos cuenta de que no íbamos a poder porque en este mundo de hoy nada se queda quieto, y menos un juego que se define pegándole a la pelota y en el que más allá del arraigo cultural, son la repetición y el entrenamiento los que otorgan crédito de igualdad. n