Alcanza con recorrer brevemente la agenda de los medios para entender el origen del estigma que cargan los jóvenes en Uruguay. Desde los destrozos del año pasado en el Liceo Francés hasta los líos que tuvieron los estudiantes del liceo Bauzá con su mediática directora Graciela Bianchi, pasando por una patota de salteños que agredió a unos turistas montevideanos a la salida de un boliche en Salto, todo es negativo. Igual que las tasas de deserción estudiantil, la insistencia en el concepto de los “ni-ni” y la demonización de los menores infractores, todo dentro de la misma bolsa en dosis concentradas.
Difícilmente se escuchen historias como la de Federico, de Maldonado, que con 18 años ya fue invitado tres veces por la nasa a participar de proyectos espaciales. O la de Jonatan, que se mudó de San Ramón (Canelones) a Nueva Helvecia para estudiar lechería y hoy con 20 años trabaja como técnico industrial en una planta que exporta productos lácteos a Alemania. O la de Carolina, que debido a una enfermedad debió dejar de trabajar y desde su casa aprendió una técnica de cosido japonesa y hoy exporta carteras de cuero.
La vinculación que se creó en el imaginario colectivo apunta las miradas hacia ese binomio delincuencia-jóvenes. La única salida parece ser “denles más trabajo y mándenlos a estudiar”. Los últimos datos presentados demuestran que las condiciones no son tan sencillas como parecen. Sigue habiendo jóvenes que no consiguen emanciparse (sobre todo por razones económicas), no encuentran empleo (las cifras publicadas por el ine en mayo de 2012 establecen que la desocupación de los menores de 25 años alcanza el 21 por ciento, mientras que el global apenas supera el 6 por ciento), deambulan aburridos por centros educativos y no tienen muy claro qué hacer con su vida. Desde el Instituto Nacional de la Juventud (Inju) se comparte la preocupación y se apela a una serie de programas para ofrecer alternativas a los jóvenes.
Desde el período de gobierno anterior se viene trabajando en el Plan Nacional de Juventudes, un documento que contiene las grandes líneas programáticas elaboradas en coordinación con técnicos de organismos públicos y jóvenes de todo el país. El año pasado, luego de ser finalizado y contar con el completo apoyo del presidente José Mujica, comenzó su aplicación. El documento hace las veces de hoja de ruta para los programas de inclusión educativa y las condiciones de empleo. “No es que el país se esté desayunando recién ahora de los desafíos que tenemos en materia laboral y educativa vinculados a los jóvenes, eso es algo que el gobierno ya sabía y formaba parte de la agenda desde hacía tiempo”, asegura Matías Rodríguez, director del Inju.
La popularidad que tomó el informe sobre los ni-ni en 2011 hizo que de un momento a otro la situación de los jóvenes estuviera en la agenda, pero con una mirada parcial: se restringió la conclusión a un solo concepto: “hay 50 mil jóvenes que no estudian ni trabajan”. La notoriedad que alcanzó este concepto hizo que todas las explicaciones que vinieron después, por parte de las autoridades, no fueran tenidas muy en cuenta. La idea que quedó es que los jóvenes uruguayos son unos vagos. Algunos datos ni siquiera fueron considerados, por ejemplo que esta cantidad se ha mantenido relativamente estable en los últimos 25 años. Tampoco sirvió de mucho el desglose de la información presentada: de ese 17,4 por ciento de los jóvenes denominados ni-ni, un 5,4 por ciento no estudia ni trabaja pero se dedica a los quehaceres del hogar, mientras que 6,1 por ciento se encuentra buscando empleo. “Hay temas que en la dimensión mediática son de difícil tratamiento y que a veces son difíciles de plantear en la integralidad de la información. A eso hay que sumarle las intencionalidades y una visión predominante sobre el lugar que tienen los jóvenes, que siguen siendo chivos expiatorios de una cantidad de problemas de la sociedad”, sostiene Rodríguez.
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