Brecha Digital

Golpee antes de entrar

Las insólitas imágenes fueron reproducidas por todos los canales de televisión: el pasado viernes el gremio de trabajadores de la Biblioteca Nacional dispuso un paro parcial con ocupación. Sin embargo, el director de la Biblioteca, Carlos Liscano, ingresó al recinto y al intentar hacer lo propio un grupo de funcionarios que lo acompañaban se produjo un enfrentamiento verbal y físico entre compañeros de tareas.

El principal perjudicado fue el investigador Alfredo Alzugarat,* quien terminó internado tras sufrir un síncope cardíaco a raíz de un choque emocional violento. Si no fuera porque el final pudo haber sido trágico, la situación es de vodevil. Dos señores de pelo blanco y boina luchando en el umbral del santuario de la cultura y el saber con unas armas impropias: el termo y el mate uno, un paraguas y un pañuelo palestino, el otro. Y sin embargo, incluso a pesar de la mediación de las cámaras de televisión, pudo percibirse la violencia moral y física de la situación. Porque lo que esa escena representó fue no solamente la lesión de los derechos que unos y otros tenían o creían tener, sino un enfrentamiento que roza demasiadas aristas como para ser simplemente una refriega sindical especialmente pintoresca. Lo que allí estuvo en juego es no solamente esos derechos, sino la manera de defenderlos o vulnerarlos, la prepotencia –patronal para unos, sindical para otros–, algunas prácticas históricas de la izquierda, y el curioso brete en que se encuentran a menudo los viejos militantes, al haberse redibujado algunos conceptos y medidas con el acceso de la izquierda al poder.

¿ES IDIOTA ESTE TIPO? Eso es lo que se le oye murmurar a Alzugarat tras ser tomado del cuello del saco por Luis Bazzano –dirigente de la Asociación de Funcionarios de la Biblioteca Nacional y secretario de asuntos gremiales de cofe–, zarandeado y alejado violentamente de la puerta.
Hasta allí, la ocupación de la biblioteca había demostrado ser, por lo menos, chapucera. Los trabajadores se limitaron a entornar la puerta y pararse en el hall exterior, con lo que el director, Carlos Liscano, sólo tuvo que subir tranquilamente los escalones de entrada, esquivar al trabajador con el pañuelo palestino al cuello y, manos en los bolsillos, abrir la puerta de metal corrediza e ingresar al recinto acompañado por una o dos personas (sin privarse de besar a las señoras a su paso), mientras atrás se escuchaban los desesperados gritos de Bazzano: “¡No, no, no! ¡No pueden pasar! ¡No pueden pasar!”.
Para cuando el dirigente llegó a la puerta, Liscano ya había ingresado, pero alcanzó a tomar a Alzugarat del cuello, empujarlo hacia afuera y amenazar con golpearlo con el mate, mientras se sumaban tardíamente algunas voces femeninas que repetían lo que la vigorosa intervención de Bazzano había dejado más claro: no pueden pasar.
Sorprendido, Alzugarat se defendió tímidamente con un paraguas y con el pañuelo palestino que en el entrevero le arrancó sin querer al funcionario esquivado por Liscano, que seguía con las manos en los bolsillos. Bazzano, mientras tanto, le gritaba “alcahuete” y “chupamedias” a Alzugarat, que volvía a intentar el ingreso.

.. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

Escribir un comentario