La marcha del desterrado
- Última actualización en 10 Agosto 2012
- Escrito por: Armando Olveira
La mirada desatenta apenas disimulaba un recóndito tormento. Su mayor preocupación no era la subsistencia material. Tampoco parecía convincente su pretendido papel de “hoja suelta por el mundo”. Vivía perseguido por martirizantes fantasías que auguraban una muerte solitaria en tierra remota. Sufría, más que por la distancia, por el olvido.
“Os aseguro que es muy poco divertido encontrarse en un país extraño, sin amigos y sin cuenta corriente. De todos modos, aun en las peores situaciones me tengo por feliz comparándome con aquellos compatriotas alojados en los campos de concentración y en las cárceles de Franco. Ni siquiera me cambio por quienes gozan los favores del Caudillo. ¡Que les aproveche!” La última frase repicaba en tono agudo, como sonoro despecho. Como doloroso recuerdo que laceraba su maltratada sensibilidad.
Cruzando la inevitable plaza Cagancha, se encontró con Andrés Fernández, un compañero uruguayo de causa, idealista y aventurero; escapado por pura buena suerte de la Madrid nacional.
—Voy a lo del doctor Quijano. ¿Quiere que se lo presente? –fue la cálida invitación.
—Muy bien –respondió el resignado español–. Nunca debe uno perder la ocasión de enriquecer su archivo de tipos raros.
El comentario sorprendió a Fernández, tanto por la forma como por el destinatario: un influyente intelectual, militante en primera línea a favor de la diáspora antifranquista.
El extranjero se apuró a aclararle que no era despectivo. Recordaría –sin perder el humor– la sorpresa que le había causado un discurso de aquel llamativo personaje. “Fue en cierto mitin celebrado con motivo de una solemnidad ibérica de fecha reciente. Estaba yo en el gallinero o paraíso del teatro, cuando vi aparecer en el escenario a un hombre con cara de malhumor. Me dio gracia su figura gordezuela, de niño a quien le daba asco el mundo entero. Tenía una mano metida en el bolsillo del pantalón y con la otra accionaba bruscamente cual si le tirara piedras al público. Me gustó ese insólito ademán oratorio, tan distinto de lo habitual. Generalmente quienes hablan en público, o trinan como aves canoras, estirando el cuello en la rama de un árbol, lloran, o ríen, como actrices dramáticas. Me atrajo su mensaje. Dijo que había por ahí, dentro de trajes americanos, abundante cosecha de demócratas. Quijano, demócrata, si los hay, estaba disgustado con tan copiosos frutos. Al parecer, el gesto de asco le venía de que, si la cosecha de última hora era rica, en cambio estaba podrida. Yo venía de Europa, donde no hay muchos próceres democráticos, ni siquiera podridos, y me daba por muy contento de hallarlos en América, aunque fuese en tan mal estado de conservación. Pero, así era él, según explicaron mis eventuales compañeros.”
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