Brecha Digital

Relato de un náufrago

Sólo una foto hemos podido encontrar del Café y Bar de la Marina. Salió el 4 de abril de 1935 en aquella separata en sepia que sacaba El Día, el Suplemento Dominical. Salió de colado pues lo que el fotógrafo quería mostrar era el Mercado del Puerto, cuyo pasado glorioso reivindicaba José María Fernández Saldaña en la nota a ilustrar.
Estaba en el lado este de la esquina de la rambla 25 de Agosto y Pérez Castellano, frente al imponente edificio de la aduana. Tenía billares. El contralmirante retirado José Belo, que confiesa haber pasado en él muchas horas de su vida, lo recuerda amplio y visitado. Era el lugar donde habitualmente los integrantes de la Armada uruguaya traficaban noticias y leyendas, construían amistades, concertaban pactos.
Parece que no hubo quien registrase las conversaciones que alojó en los días de la Segunda Guerra Mundial, y es una pena no saber de cuántas maneras la marinería relató allí la Batalla del Río de la Plata. Habría valido la pena escuchar las canciones de gesta que los parroquianos habrán compuesto en honor de los ignotos guerreros orientales que en 1942 arrebataron cinco buques al enemigo.
Ese mismo año un submarino italiano y uno alemán les hundieron dos naves a nuestra Armada, y es inevitable pensar que en el aire del Café y Bar de la Marina debe de haber quedado flotando alguno de los pocos relatos autóctonos sobre el estupor de la tripulación del Maldonado aquel 1 de agosto, 260 millas al sur de las islas Bermudas. Se sabe que la noche estaba tibia y el mar calmo, que no vieron de dónde llegaba el ataque definitivo.
Sí se conserva el relato de una conversación ocurrida en torno a una de esas mesas 31 años después. Sucedió la tarde de un jueves y don Carlos Quijano escribía, como siempre, el editorial que Marcha ofrecería al día siguiente. Es una página curiosa: las tres cuartas partes del principio constituyen un análisis prolijamente estructurado de la situación, que de pronto se interrumpe para dar lugar a las novedades de último momento. Pero el diálogo en cuestión debe de haber sucedido en la tardecita, y Quijano estaría entretenido puliendo las frases del comienzo. “Uruguay es un país engañado y descreído: pero enviciado con el engaño. Necesita de él, porque se ha acostumbrado a temerle a la verdad y porque intuye, lo que refuerza su temor, que la verdad es muy dura”, decía una de ellas.
Esa mañana José Bello había recibido su ascenso a capitán de navío, pero la celebración debió ser breve. El Ejército y la Fuerza Aérea se estaban insubordinando; resistían al ministro de Defensa nombrado por Bordaberry, y pasado el mediodía el comandante en jefe de la Armada, Juan José Zorrilla, informó al presidente que los rebeldes se habían acuartelado y éste ordenó, a su vez, el acuartelamiento de la marina en la Ciudad Vieja.
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