Se te fue la moto
- Última actualización en 17 Agosto 2012
- Escrito por: Tania Ferreira
Cruzar un semáforo en rojo a máxima velocidad, atravesar una ruta con los ojos tapados, enfrentar moto contra moto hasta que el primero que se desvíe se vuelva “gallina”, enfilar con las luces apagadas de frente a un auto que viene por la ruta para probar la reacción del chofer... No son sólo “picadas”. Son variantes de una práctica potencialmente fatal que ha evolucionado hacia modalidades extremas y clandestinas. “Gallina”, “gallinita ciega”, “ruleta rusa”, “Superman”, son algunos de los nombres usados para definirlos.
Los adolescentes y jóvenes que participan generalmente mueren o terminan engrosando las listas de los cti, gravemente lesionados y amputados. No buscan morir, sino desafiar los límites de lo permitido. El que salga ileso –o al menos vivo– se convertirá ante sí mismo y los demás en un héroe del vértigo y de estos nuevos ritos de iniciación.
Las rutas del Interior son las preferidas. Los automovilistas que las transitan se enfrentan asombrados a estos juegos. A veces hasta son desafiados por el juego llamado “la gallina” o duelo. Tiene dos modalidades: en una se pacta un enfrentamiento entre dos motos que circulan a alta velocidad por el mismo carril pero en sentido contrario, en otra se involucra a algún auto que transita en dirección opuesta y se lo enfrenta. El juego es ver quién se corre primero de senda. También existe la “gallinita ciega”, que consiste en vendarse los ojos y cruzar una ruta sin ser atropellado.
Hay explicaciones que van más allá de la búsqueda de adrenalina en los jóvenes y del aburrimiento que les carcome los sesos; aparecen hipótesis que hablan del honor y de legitimar la masculinidad, del vacío existencial de los adolescentes, de la necesidad de marcar el cuerpo propio o el ajeno, de la espectacularidad de los tiempos posmodernos, y como consecuencia, la búsqueda y la transgresión de límites.
Los foros de Internet explotan en dilemas éticos: reglamentar las picadas o no reglamentarlas, penalizar sí o penalizar no. Los foristas discuten sobre si deben ser consideradas conductas delictivas o como un deporte. No faltan los que opinan abiertamente “que se maten entre ellos” y que reine la decantación natural que filtre a los “insensatos” de los “inteligentes”. Mientras, los intentos por organizar picadas legales o los “picódromos” controlados pierden sentido porque buena parte del interés que despierta este tipo de práctica deriva de su carácter clandestino. Lo prohibido es lo excitante.
Lo cierto es que la siniestralidad del tránsito no parece necesitar elementos que la agraven: más de 500 personas mueren al año en accidentes y el 60 por ciento de los fallecidos son motociclistas. Según cifras de la Unidad Nacional de Seguridad Vial (Unasev) el promedio es de 78 accidentes al día. El mayor número de fallecimientos en accidentes de motos se ubica entre jóvenes de 20 y 24 años, en su mayoría varones (79,5 por ciento). La cantidad de motos en circulación aumentó sensiblemente en el último tiempo acompasando el crecimiento económico del país, y todo indica que así seguirá el ritmo.
“EL ESCARMIENTO.” Los actores que intentan revertir el fenómeno de las picadas han presentado dos tipos de soluciones contrapuestas: legalizar las picadas o penalizarlas con cárcel.
Los proyectos de las intendencias de acondicionar pistas de carreras para habilitar “picódromos” pretenden regular la práctica (El Pinar, Kibón, además de algunas experiencias en Canelones y Tacuarembó), donde los motociclistas puedan correr de forma legal, con ficha médica, en competencias cronometradas y con vigilancia sanitaria y del cuerpo de inspectores de tránsito. Pero esta oferta no resulta muy atractiva para aquellos jóvenes que tienen ganas de vendarse los ojos o darse de lleno con otra moto para ganar.
Por otro lado, las sanciones que hoy prevé la ley para los picadores tampoco son del todo efectivas, porque si bien se les “incauta” la moto a los corredores in fraganti, las multas generalmente superan el valor del vehículo. Las motos son “tuneadas” y desarmadas para alivianarlas y hacerlas más competitivas. Estos esqueletos de poco valor alimentan cada fin de semana los ya saturados depósitos municipales.
“Que conste que apoyo a los jóvenes y apuesto a esto en defensa de su vida, porque los amo”, dijo el diputado nacionalista Carmelo Vidalín mientras explicaba a Brecha su propuesta. Es que desde el pasado julio se analiza en la Comisión de Constitución y Códigos del Parlamento su proyecto de ley para sancionar a los “conductores de vehículos automotores que ocasionen situaciones de peligro para la vida o la integridad de las personas”. En él se propone de tres hasta doce meses de prisión para los infractores, además de la inhabilitación para conducir por un año.
En la exposición de motivos, el proyecto aclara que se busca penar a los que participen –u organicen– pruebas de velocidad o de destreza, tanto en motos como en autos, de forma de evitar los peligros que causan estos “inadaptados” del tránsito.
A pesar de que los accidentes de motos vinculados a juegos son cada vez más frecuentes, “los jóvenes no escarmientan”, consideró Vidalín. El promotor del Pilsen Rock expresó además su desacuerdo con los “picódromos”: “En otros países se han reglamentado las denominadas ‘picadas’ en lugares específicos y con una normativa, pero esto no es llamativo para quienes quieren seguir en el camino clandestino, donde los participantes y testigos pueden estar alcoholizados e incluso drogados, sin la utilización de las medidas de seguridad mínimas como el casco”, amplia el proyecto de ley.
“Los jóvenes han perdido el amor por la vida”, decía Vidalín hace un tiempo a la prensa. “Los jóvenes han perdido el valor de la vida”, se corrige ahora con Brecha, “y los principales responsables somos nosotros los padres que no hemos podido derribar las barreras generacionales para entenderlos y hemos fallado con la educación en el hogar”.
DARWIN SOBRE RUEDAS. “Propongo realizar un megaevento para este tipo de competencias: de seguro se exterminan solos estos energúmenos”, posteó el usuario “fsb” en el foro de la web Uru Motos. La noticia publicada tiempo atrás en ese portal se titula “Interior quiere que ciertas prácticas como las picadas o ‘la gallina’ sean delito” y el debate lanzado plantea a los contertulios discutir sobre si la iniciativa es acertada.
“Me parece perfecto!”, grita en el foro “kbza” (léase “el cabeza”), y continúa: “Se tapan los ojos y conducen a alta velocidad?? Juaaaa!! Eso no lo tendrían que prohibir!! Que se vayan matando de a poco. Selección natural que se llama”. (Algo parecido reclamaban algunos ciudadanos cuando hace un tiempo proponían que se permitiera a los presos portar armas para que se ajusticiaran entre ellos.)
Pero los personajes anónimos de la web no son los únicos que abogan por esta especie de darwinismo despiadado. “Que mueran los estúpidos es parte de la solución. Tenemos que mejorar la especie. Entonces que lo sigan haciendo”, decía con gran exaltación Gregory Speier,* ingeniero civil e instructor en seguridad vial. El estadounidense estuvo como invitado el año pasado en Uruguay y durante dos días reunió a unos 50 técnicos y especialistas locales para dar un curso intensivo en el que participaron integrantes de la Dirección Nacional de Vialidad, los departamentos de Movilidad y Tránsito de varias intendencias y la Policía Caminera.
Speier agregaba que la “solución” para erradicar las picadas de motos pasa por ser más estrictos con las penas: “Si fuiste víctima de un accidente haciendo esto, bueno, además de los costos de hospital y demás, te vamos a multar con 10 mil dólares y lo puedes pagar con tiempo de cárcel, unos diez años. Las acciones incorrectas hay que castigarlas con toda la fuerza de la ley”.
DESMENTIR LA MUERTE. “Eso es lo que impacta: cuánto necesita marcarse y definirse un joven cuando es capaz de morir en el mismo momento en que se define como alguien. Es el extremo”, reflexiona la psicóloga especializada en adolescencia Analía López.
Según explica la especialista –miembro del Laboratorio de Adolescencia de la Asociación Psicoanalítica del Uruguay–, la adolescencia es un momento de violencia interna, psíquica, donde la subjetividad del joven “está cabalgando entre la omnipotencia y la indefensión”. Separarse de los padres, ser autónomo, mirar este mundo y decir “en este mundo voy a vivir yo” no es fácil para alguien que hasta hace poco era un niño dependiente. Para López, estas prácticas extremas constituyen las nuevas ritualidades de iniciación en la adultez de esta época contemporánea.
La psicóloga considera que el vértigo de estas “prácticas suicidas” está relacionado con desafiar los límites de lo permitido, al punto que al demostrar hasta dónde se puede llegar se pierde la vida en ello: “Se desafía toda lógica para desmentir la posibilidad de la muerte propia. Parece que el encuentro con la muerte misma es una suerte de performance que construye un límite necesario”, explicó la psicóloga. Someterse a una experiencia vertiginosa y salir airoso refuerza, según López, los sentimientos de omnipotencia y disipa las dudas que se tienen sobre las capacidades personales. Y marcarse el cuerpo, lugar biográfico e histórico, será una elección siempre.
Además, el poder sobre la vida se ha sobredimensionado, explica. El actual discurso sociocultural sostiene que podés hacer lo que quieras con tu cuerpo y con tu vida que vas a seguir viviendo. Entonces cómo encontrar un límite si todo se puede hacer, se pregunta López.
Y agrega que hay falta de ilusión entre los jóvenes, que no es lo mismo que falta de amor a la vida. También hay una cuestión de segregación: faltan los lugares para desplegar toda la adolescencia y omnipotencia. Es verdad que los jóvenes del Interior tienen necesidades que no saben cómo satisfacer, pero también pasa en Montevideo, opina López.
Por otra parte, para la psicóloga social Ana María Araujo lo que atraviesa y articula estas prácticas extremas es la hipermodernidad: “Una hipertransgresión de los límites, para llenar un hipervacío existencial en los jóvenes”. Hay un lugar que llenar relacionado a una insatisfacción profunda del ser y la vida, que provoca que los jóvenes deambulen por ahí desubicados en el tiempo y el espacio.
Es una búsqueda personal, plantea Araujo, pero a su vez implica “tratar de escapar” mostrándole a los otros la potencia, la fuerza, la capacidad de sortear los límites, de jugar con la vida y la muerte, explicó.
CUESTIÓN DE VARONES Y COCARDAS. El fenómeno de las picadas es particularmente masculino, y por lo tanto se vincula con mostrar a los otros “lo pesado” de esa responsabilidad.
Al cazar y asumir riesgos, dicen desde la antropología evolutiva investigadores como la estadounidense Kristen Hawkes, los varones “publicitan su calidad” en cuanto a coraje, agilidad o destreza competitiva. La supervivencia de la especie estuvo relacionada desde siempre con la fuerza física: el macho competía con el resto de los predadores por el alimento, mientras las hembras protegían a los niños. Hoy podemos sobrevivir sin diferenciar nuestro trabajo según la fuerza física entre sexos, sostiene Hawkes, pero los varones eligen ponerse en riesgo de todos modos; “sacrificarse ya no para garantizar la ingesta calórica que reproduzca la especie hasta el día siguiente sino para obtener alguna cocarda intangible, que se adivina detrás de nimiedades tales como manejar rápido o involucrarse en alguna gresca gratuita”.
Por otra parte, psicólogos de la Universidad de Michigan estudiaron cómo la asunción de riesgos “recreativos” en los varones resultaba atractiva para las mujeres en Estados Unidos y Alemania, y mostraron que los varones que toman estos riesgos son vistos por las chicas como perseguidores de metas altas o con mejores perspectivas de futuro.
Es así que al concepto de “the need for speed” y la adrenalina se suma el “hacerse ver” de los varones, generalmente frente a alguna chiquilina. Como los gladiadores de la edad media que se disputaban la mano de la doncella poniendo en riesgo su vida, mientras la dama –probablemente– se distraía coqueteando con otros caballeros.
Los jóvenes corredores se desafían a sí mismos pero también buscan brindar un “espectáculo” a los otros. “Ser alguien, sentirse mirado, ser visto juega su papel en medio de una comunidad de pares, algo necesario para la construcción de su ser social y singular”, opina la psicóloga de Analía López. Todo ritual necesita un testigo que lo legitime.
“Es un desafío a la muerte muy masculino”, coincide Ana María Araujo. Y sostiene que la mirada del otro nos da existencia: los machos sobrevivientes pueden lucir la cocarda de héroes ante los demás, pero sobre todo ante sí mismos. Necesitan avalarse en este juego del héroe que supera el sacrificio: “Es la búsqueda del éxtasis”. n
* Entrevista publicada el viernes 20 de mayo de 2011, en www.elpais.com.uy
Honor y muerte en el Chuy
Le decían “Cara de Anjo” (cara de ángel), era veinteañero y cuidacoches en el Chuy desde hacía mucho tiempo. En el verano de 2011 se encontró con un conflicto que le costaría la vida: una disputa por amor. Su contendor era otro joven chuyense, que quizá se había enamorado de la misma muchacha. Cara de Anjo decidió resolver el pleito con un duelo de motos. El mecanismo es conocido en varias ciudades del Interior y tiene raíces en otras ciudades latinoamericanas, donde se suele practicar con autos. Se disponen los contendores en sus motos, enfrentados a una cuadra de distancia y aceleran hasta encontrarse de frente. En el último instante, el que dobla, evitando el contacto, pierde. Asumirá su cobardía y eventualmente será derrotado en el conflicto que se esté dirimiendo.
Los duelistas, con el honor en entredicho, se citaron en la Barra del Chuy entrada la madrugada. Previamente a la disputa, prepararon sus motos para que hicieran mucho ruido con el caño de escape abierto y las tunearon con su estética preferida, probablemente con imágenes o símbolos que les eran queridos. Cara de Anjo aceleró, su contendor también. Llegados al punto de choque, ninguno se desvió.
Los dos murieron. Es escalofriante pensar en la escena del accidente, según lo que se cuenta: pedazos de moto volando a muchos metros del punto de choque y los propios jóvenes destrozándose en el impacto. Más escalofriante aun es pensar en los momentos previos, cuando a ambos les resultó razonable dirimir así su problema sentimental, vuelto cuestión honorífica por mandatos culturales de muchos siglos de antigüedad. Pero mucho peor es pensar que recurrieron a una práctica que se vuelve habitual.
De hecho, aunque dramas como el de Cara de Anjo no sean cosa de todos los días, no es extraño ver en el Chuy carreras con adolescentes acostados sobre sus motos, mirando el piso y acelerando al lado de otros en situación similar. En el entorno urbano cercano, contando el Chuy brasileño, no llegan a 20 mil los habitantes permanentes, y entre ambas ciudades y pueblos aledaños existen nada menos que cinco puntos de venta de motos. Es razonable que a la hora de los duelos la extensión de los cuerpos ya no esté dada por los facones de nuestro siglo xix rural ni por la lanza en ristre de los caballeros, aquellos que en las justas de los torneos medievales y renacentistas se decidían a herirse con armas de gran porte. Son las motos, inevitablemente.
Los duelos gauchos, que se basaban en la destreza con el cuchillo, y los duelos con arma de fuego (legales hasta la década del 90) son antecedentes de esta especie de competencia de suicidas a los que sólo puede salvar la suerte. Sin embargo, el actual es aun menos racional; como el caso de los toros salvajes que para hacerse valer ante la hembra toman carrera y se dan un cabezazo de frente, la victoria no impide una probable lesión (y muerte). Y si “ganan” ambos sucede lo que pasó en la Barra del Chuy. La vida de los dos contendores puede ser salvada por un solo gesto, el del que evita el impacto. La heroicidad de salvar dos vidas sólo puede darse si uno de los dos asume la cobardía y la derrota que le serán imputadas.
Ignacio Pardo


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