La historia de los relevamientos censales en Uruguay es una historia de irregularidades. El siglo xx, sin embargo, se inició promisoriamente. En el marco de una sociedad cosmopolita, pujante y dinámica, el Uruguay batllista condujo en 1908 un censo que, visto hoy a la distancia, produce una nostalgia admirativa por lo audaz e innovador que resultó como operación estadística. En un país que echaba a andar hacia la modernidad y el desarrollo, el censo de 1908 constituyó el gran ejercicio de inventario para planificar el futuro. Fue una acción que contó con tecnología de punta para su procesamiento: las ocho máquinas contables, híbridos de cajas registradoras y máquinas de coser (las clasicompteurs, una de las cuales sobrevive hoy como pieza de exhibición y museo en el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca), fueron importadas desde Francia especialmente para la ocasión, y el Steve Jobs de la época capacitó especialmente al personal encargado del procesamiento de los datos. Como curiosidad (y muestra de un país que buscaba ser pionero en la lucha contra las inequidades), ese personal era exclusivamente femenino; sus rostros, orgullosamente posando junto al portento tecnológico y el genio que lo desarrolló, nos miran desde las páginas amarillentas de El Día.
Pero probablemente este fue también el censo más polémico de nuestra deficiente historia de estadísticas demográficas. La inclusión de una pregunta relevando la creencia religiosa (o falta de ella) provocó enardecidas batallas entre el clero católico (y sus aliados) y los jóvenes representantes de la modernidad, con José Batlle y Ordóñez a la cabeza. Fue tal la polémica, que se acordó destruir las papeletas del relevamiento una vez procesados los resultados, lo cual se hizo tan exhaustivamente que no fue sino hasta muchas décadas más tarde que los investigadores dieron con un ejemplar para poder examinarlo.
Pero a este impulso estadístico le llegó su freno. Mientras que los censos agropecuarios continuaron siendo llevados a cabo con admirable regularidad, no fue sino hasta 1963 que se repitió un operativo de relevamiento demográfico a nivel nacional. Esto motivó el comentario de un colega, afirmando que en Uruguay la contabilidad del ganado era de mejor calidad que la de las personas.
Los resultados del censo de 1963 están signados por la decepción. La prensa de la época exhibió la frustración de tirios y troyanos: “¡Qué pocos que somos!”, “¿Qué nos sucede, por qué no hemos crecido?”. Y el inevitable: “¿Somos viables?”.
Esta decepción se repitió, con matices, en las siguientes operaciones censales: 1975, 1985, 1996. La casi regularidad que trabajosamente se había logrado (la recomendación es hacer censos cada diez años) se quebró, y en 2004 el país sustituyó el operativo por un conteo (que no es técnicamente un censo) y una encuesta ampliada de hogares realizada en 2006. Y así llegamos al año 2011 y a su primavera censal, denominación que está en la base de los cuestionamientos públicos.
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