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¿Heredarás el golpe?

Los casos son extremos, aterradores, sórdidos. Las maestras suelen ser las primeras en saber, pero cuentan con pocas herramientas para abordar los problemas. En estas historias concretas de víctimas y victimarios, ¿en qué medida la violencia fue impulsada por cosas que sucedieron antes, cuando el agresor era un niño agredido, o todavía más atrás, en las oquedades de las trompas de Falopio donde espermatozoide y óvulo combinaron su adn? La fruta no cae lejos del árbol, susurra el diablo que sabe por viejo. Por suerte quienes han estudiado el tema al menos relativizan los legados lineales.

 

“Todos estos estudios indican una importante influencia de la herencia en las conductas violentas”, concluyeron hace unos años los chilenos Marcela Jara y Sergio Ferrer, del Servicio de Neurología del Hospital de Santiago, después de repasar más de cuarenta investigaciones sobre las bases genéticas de la violencia producida desde los años ochenta.
Los trabajos más importantes para sostener aquello habían sido realizados en Dinamarca y Suecia y se basaban en la observación de los trayectos de gemelos criados en ambientes diversos. Los chilenos pasaban también revista a las disposiciones agresivas que entrañaría alguna psicopatología congénita, pero terminaban admitiendo que los riesgos podían ser mayores con algunas de las adquiridas. Repasaron también las pesquisas que buscaban “culpar” de la agresividad a una variedad del gen que codifica la enzima catecol-o-metil transferasa. Pero mientras un investigador del neoyorquino Albert Einstiein College of Medicine afirmaba tener probada que la mayor actividad de este gen concordaba con la ocurrencia de conductas violentas, otro de la University of Wales mostraba resultados perfectamente contradictorios.
Al final, y a pesar de aquella frase contundente del abstract, terminaban aceptando las advertencias que el psicólogo británico Adrian Raine enumeró en The psicopathology of crime: que los genes codifican proteínas y enzimas, no conductas complejas; que en ningún caso la influencia genética determinaba conductas sino que éstas se desarrollaban en interacción con el ambiente; que no era legítimo acusar al legado genético ni aducirlo como atenuante en los juzgados.
Más breve y probablemente más fértil a corto plazo es el camino entre la violencia y otras interacciones humanas. El año pasado la Universitat de Valencia y el Centro Reina Sofía publicaron el informe “Situación del menor en la Comunitat Valenciana”, donde intentan establecerse vínculos estadísticos entre la presencia de actitudes violentas de adolescentes de aquel lugar con los malos tratos de que fueron objeto o presenciaron en el pasado. Su conclusión es que el número de víctimas que se transforman en agresores ronda el 20 por ciento del total.
Pero una advertencia inmediata se agrega a esta constatación: “Esta es una cifra que no debe hacernos perder de vista el hecho de que la gran mayoría de víctimas de maltrato infantil (ocho de cada diez) no se convierten en verdugos, como sustenta la conjetura de la trasmisión intergeneracional del maltrato”.

HERENCIAS RELATIVAS. Otros estudios buscan responder una pregunta más específica: ¿en qué medida las víctimas de violencia doméstica agreden luego a sus familias? En setiembre de 2005 la revista de la Universidad de los Andes Desarrollo y Sociedad presentó un trabajo de la magíster en economía Luz Salas, basado en una encuesta a 2.295 mujeres de tres ciudades colombianas: Bogotá, Barranquilla y Barrancabermeja.
Su conclusión fundamental fue que “el 34 por ciento de las mujeres que crecieron en familias violentas son maltratadas físicamente por sus compañeros, y el 43 por ciento maltrata físicamente a sus hijos; mientras que dentro del grupo de mujeres que nunca observaron violencia entre sus padres, el 25 por ciento es víctima de maltrato físico por parte de su compañero y el 30 por ciento maltrata físicamente a sus hijos”.
La antigua idea de que la pareja buscada reproduce los rasgos del progenitor era relativizada por los guarismos de Salas. Es cierto que en su muestra el 37 por ciento de las mujeres formadas en hogares violentos se habían unido a compañeros que lo eran, mientras que sólo el 27 de las que se habían criado en hogares pacíficos se habían emparejado con hombres así. Pero también es verdad que la mayoría de las mujeres de ambos grupos habían preferido esquivarlos y que, entre las que no habían conseguido hacerlo, cuatro de cada diez se habían divorciado para no soportarlos más.
Los números a la vez sugerían que la libertad también existe del otro lado de la cama: 45 por ciento de los varones provenientes de hogares violentos habían logrado construir familias pacíficas y –en cambio– el mismo porcentaje de los que se habían criado sin violencia estaban destruyendo a la suya con sus agresiones.
Salas había tomado una precaución esencial respecto a su muestra, que no estuvo presente en los otros estudios mencionados: que fuese representativa de las comunidades estudiadas. En los casos anteriores los investigadores asumieron que los violentos eran los así definidos por la justicia, lo que puede distar mucho de la realidad, particularmente cuando están en juego los valores patriarcales.
Una sentencia dictada por un tribunal uruguayo en 2004 puede ilustrarlo. Trata de un procesado por haber ofrecido dinero a cambio de sexo a una niña que ya había estado con otros hombres. El hecho estaba probado, pero “a juicio de este tribunal, el supuesto fáctico ya referido, (...) no encuadra típicamente en ninguna de las figuras penales que prevé el sistema uruguayo” porque “no sólo la conducta descripta no se adecua al delito de atentado violento al pudor, sino que tampoco se puede incriminar corrupción (...) pues, como lo destaca un sector de la doctrina, no se puede corromper lo que ya está corrupto”.
Eva Gómez y Joaquín de Paúl, investigadores de las universidades de Cantabria y el País Vasco, advirtieron que también los registros de los sistemas de protección a la infancia, que han funcionado como base de otras investigaciones, podrían conducir a conclusiones erradas, porque la población inscripta en ellos suele ser vulnerable a la violencia por tantas razones que se hace difícil distinguir hasta qué punto actúa en eso la mera herencia.
El estudio realizado por estos psicólogos parece confirmar ampliamente la advertencia. Ellos indagaron el recuerdo de malos tratos físicos en 574 estudiantes de nivel terciario y 311 de sus padres, y evaluaron la verosimilitud de sus declaraciones mediante la aplicación de un conjunto de tests. Por cierto que el panorama de la trasmisión intergeneracional de la violencia es mucho más optimista para esta clase media vasca: menos de uno de cada diez muchachos recordaba golpes en su infancia y sólo el 14 por ciento de los padres que aceptaban haber sido objeto de violencia cuando chicos estaban replicando lo heredado.

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