La cárcel era a veces...
- Última actualización en 31 Agosto 2012
- Escrito por: Texto y fotos Oscar Bonilla
y te quiero
a veces sale el sol
y te quiero
la cárcel es a veces
siempre te quiero.”
Corrían los últimos años de la década del 70 y Uruguay ostentaba por entonces el triste récord de ser el país con más alto porcentaje de presos políticos con relación a sus habitantes.
La dictadura había diezmado a sangre y fuego a las fuerzas opositoras y era la izquierda la que había pagado el más alto precio, con cientos de desaparecidos, miles de presos políticos, decenas de miles de exiliados y de amordazados dentro del país.
El gran punto de unión de quienes estábamos en el exilio y pretendíamos aportar algún tipo de apoyo a los que habían quedado en el país era la reivindicación de una amnistía general e irrestricta para todos los presos políticos, conscientes de que el régimen los había condenado a una muerte lenta.
Suecia había acogido, generosamente, a un enorme grupo de perseguidos políticos uruguayos y latinoamericanos, que encontramos en ese país residencia, posibilidades de trabajo, estudio y, fundamentalmente, la solidaridad de una sociedad que nos contenía y apoyaba nuestras reivindicaciones.
Era común que los suecos participaran activamente en los organismos de solidaridad con Uruguay, en torno a los cuales los exiliados uruguayos nos reuníamos, más allá de nuestras diferencias en visiones políticas –que existían–, pero que acordábamos dejar de lado, trabajando por una causa que nos unía.
No pocos suecos viajaron a Uruguay en esos tiempos, sensibilizados por la situación de nuestro país, se relacionaron con nuestras familias, con nuestros amigos y compañeros, y se crearon lazos afectivos que perduran hasta hoy.
Fue precisamente en uno de esos viajes que Gunnel, una amiga sueca militante de Amnistía Internacional, tomó contacto a pedido nuestro con el grupo de familiares de presos políticos, que se reunían clandestinamente en Uruguay.
De regreso en Suecia, Gunnel traía consigo un preciado tesoro: una serie de pequeños paquetes prolijamente envueltos en hojas de cuaderno y sellados con leuco, que encerraban grupos de hojillas de papel de fumar con textos escritos a mano en líneas apretadas, con una letra diminuta, casi imperceptible.
Alguno –no se sabía quién– de los miles de presos que poblaban el penal de Libertad había logrado pacientemente hacerlos salir a la luz a través de sus familiares, y ahora estaban allí, a miles de quilómetros de distancia de su anónimo autor.
Me impuse la tarea de tratar de descifrarlos y de transcribirlos. Con la ayuda de buena luz y una lupa, y también de mucha paciencia –insignificante comparada con la labor de hormiga de su autor–, pasé semanas transcribiendo el contenido de aquellos pedazos de fino papel que habían vencido porfiadamente tantos obstáculos.
Decidimos por fin que el mejor destino que podíamos darle era su publicación, de manera de hacer pública a través de ellos una forma de la resistencia en las peores condiciones imaginables.
Se nos ocurrió enviarle la transcripción de los poemas a Eduardo Galeano, quien por entonces vivía su exilio en Barcelona, para que nos ayudara en aquella empresa.
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El milagro había sucedido, habían salido del anonimato y regresado a su autor.
Entre mate y mate desgranamos una larga conversación, recorriendo hechos, nombres, circunstancias y peripecias, lo que cimentó una relación de amistad que se extendería en el tiempo.
Hugo siguió escribiendo. Se editaron otros libros con nuevos poemas de su autoría: Deliberados y 20 poemas perestroicos y un epílogo manontropo. Incursionó también en la narrativa con un libro de cuentos, La venganza de Ansina, y con Doña Carmen, una novela dedicada a la memoria de su madre.
Pero fue La canción de los presos, aquella obra escrita en circunstancias extremas, la que mejor representó su potencialidad literaria.
Vale la pena recordar lo que escribió Jens Andersen, un periodista danés que lo entrevistó en Montevideo para una revista literaria de ese país: “Es difícil encontrar ejemplos que muestren con tanta claridad cómo el arte se fortalece a pesar de sus limitaciones. En el mundo del cine, los así llamados ‘hermanos de dogma’ (Lars von Trier y otros) se negaron en los años noventa el uso de música de fondo, luz artificial, trípodes para cámaras y muchas otras herramientas consideradas ‘artificiales’, recuperando una expresión artística particular para ese medio.
De la misma manera, presionado por las restricciones más severas, la reclusión, el aislamiento, el anonimato, la tortura, la vigilancia, el espacio mínimo en las hojillas de papel de fumar, los canales clandestinos de comunicación, el talento de Hugo Gómez explotó creando belleza, intensidad, con una precisión artística que hubiera sido difícil de obtener quizás en plena libertad.
Las condiciones terribles bajo las cuales Hugo Gómez produjo sus poemas inspiraron también a sus lectores. Sirvieron seguramente para dar ánimo a todas aquellas almas que luchaban contra la dictadura desde una posición que, por difícil que fuese, era siempre más aliviada que la del poeta desconocido: si él puede hacer florecer su espíritu de resistencia en la cárcel, yo no puedo admitir que el mío se pierda aquí afuera”.
***
Siempre quise contar esta historia que –pido disculpas– he escrito en primera persona porque me involucra como protagonista, aunque apenas secundario. La decisión de hacerlo ahora es porque quiero que sea un homenaje a su protagonista principal: hace pocos días recibí la noticia del fallecimiento de Hugo Gómez, “Palito”, como lo conocíamos sus amigos y compañeros.
Quizás la mejor manera de despedirlo sea con uno de sus poemas.
“haber aprendido
a desnudarse
y aceptar discretamente
que el abono fue
siempre será
doloroso
y nunca se está
en la vida jamás se está
de veras
solo.” n


Comentarios
Lo veías aparecer y ya uno pensaba en el tranquilo y amable diálogo que se iba a desgranar a continuación y sentías que era un tácito exponente de lo que vivió el país y su gente....Me emociona pensar cómo se pudo rescatar todo ese material y en esa época!...con esto podemos contar con otro valioso aporte del contrapunto que componía la personalidad de Hugo, el hombre silencioso de expresiva intensidad en las palabras escritas.
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