Brecha Digital

Uruguay y sus retos demográficos

En el marco del ciclo de notas sobre diversos asuntos demográficos que investigadores del Programa de Población de la Facultad de Ciencias Sociales (Udelar) desarrollan en Brecha a la luz de los nuevos datos censales, esta semana se plantea una mirada general a las principales tendencias poblacionales observadas y a algunas interrogantes vinculadas al desarrollo del país.

Desde una mirada general, los primeros resultados del Censo 2011 no arrojan sorpresas respecto a lo esperado por parte de los especialistas. Las principales tendencias demográficas se mantienen: bajo crecimiento poblacional, aumento del envejecimiento de la estructura de edades, creciente urbanización y concentración de la población en el área metropolitana de Montevideo y en la franja costera. Esta dinámica ha generado muchas veces reacciones de frustración, cuando no alarmismo, en algunos actores del quehacer público. Pero ¿estamos en presencia de amenazas demográficas que cuestionan nuestra viabilidad como país? ¿Es necesario implementar políticas de población? ¿De qué tipo?
Uruguay desde sus orígenes ha tenido la característica de “vacío demográfico”; el crecimiento de la población siempre fue un objetivo principal. Sin embargo, salvo las últimas décadas del siglo xix y primeras del xx –período de crecimiento natural y aporte de inmigración–, este objetivo no se logró y el vacío fue siempre su característica.
Las altas tasas de crecimiento de la población observadas en la mayoría de los países latinoamericanos a mediados del siglo xx no se dieron en Uruguay, y en estos últimos años el crecimiento ha descendido a niveles muy bajos, que casi suponen el estancamiento.
Lo que sucede actualmente en nuestro país no es otra cosa que el reflejo de lo que a grandes rasgos ocurre en América Latina y en muchas grandes zonas del planeta. En 1950 la población mundial era de aproximadamente 2.500 millones de personas; el año pasado alcanzó la cifra de 7.000 millones, y para el fin de este siglo las proyecciones recomendadas por las Naciones Unidas la sitúan en algo más de 10.000 millones. Si bien el crecimiento continuará siendo importante, su intensidad ha disminuido mucho y continuará haciéndolo en las próximas décadas. Esta disminución obedece a la caída de la fecundidad, la cual se encuentra por debajo del nivel de reemplazo ya en 76 países (diez de ellos en nuestra región, incluyendo a Brasil) que representan el 47 por ciento de la población mundial.
Uruguay, pionero en el descenso del crecimiento de la población, ahora está acompañado de muchos países latinoamericanos, cuyos indicadores demográficos convergen hacia los de los países desarrollados y aquellos que van camino a serlo.
¿Es bueno o es malo tener un crecimiento tan pequeño como el que tenemos? ¿Somos demasiado pocos para sostener el proceso de desarrollo nacional? ¿O, por el contrario, esto es una ventaja? No hay respuestas únicas y universales a estas preguntas. La experiencia histórica e internacional nos muestra que, a lo largo del tiempo, el volumen demográfico ha modificado su importancia para explicar el poderío de las naciones. Y si miramos el mundo hoy, al combinar tamaño de crecimiento con nivel de desarrollo encontramos países en todas las combinaciones posibles. Ser pequeños y crecer poco (o ser grandes y crecer mucho) acarrea ventajas y desventajas. De los diez países que encabezan el ranking del Índice de Desarrollo Humano del pnud, la mitad tienen menos de 10 millones de personas, cuatro tienen entre diez y cien, y uno más de cien (Estados Unidos). La relación es casi igual entre los diez países menos desarrollados del planeta, aunque las tasas de crecimiento demográfico son mucho más bajas en los países más desarrollados respecto de los menos. Más allá de estas ilustraciones, lo cierto es que en Uruguay, a pesar de haber sido históricamente el tema que acaparó la mayor atención, la discusión sobre el tamaño óptimo de la población no debería ser la central.
Las tendencias demográficas no son olas que se modifican con el viento de turno; son procesos que una vez desatados son difíciles de detener. Lo mejor es detectar esas tendencias con anticipación y prepararse para sus efectos. Esta preparación requiere el diseño e implementación de políticas de Estado basadas en estudios científicos, discusiones serias e informadas, y una puesta en práctica a largo plazo que involucre a varias administraciones de gobierno. En Uruguay, aun considerando hipótesis razonables en términos de un posible incremento de la fecundidad (aunque la tendencia es firme en sentido opuesto) y optimistas respecto a transformarnos en receptores de inmigrantes, las proyecciones de máxima apenas superan los 4 millones de habitantes para el año 2050. Es muy poco probable que se dé un escenario que supere este umbral, y muy poco sensato intentar promover ideas como la de “un Uruguay de diez millones” y asignar preciados recursos para intentar ese objetivo. La pequeña escala impone restricciones, es verdad; determinados procesos, vinculados al tamaño del mercado interno o a la acumulación de una masa crítica de cierto volumen, se vuelven inviables. Y una sociedad pequeña puede resultar agobiante y poco estimulante para muchos. Pero por otro lado, abre una ventana de oportunidades al minimizar la “inversión demográfica” (ese componente del gasto destinado a cubrir las necesidades básicas en infraestructura, salud, educación, vivienda, entre otras) de una población que supone una carga muy pesada en demografías de rápido crecimiento. La pequeña escala permite dirigir el gasto a ganar en calidad en los procesos (por ejemplo, más inversión per cápita en educación y en salud; más recursos destinados a combatir la pobreza, a fomentar la innovación, la investigación, las artes y el desarrollo cultural; más recursos disponibles para acumular bienes de capital). En nuestro caso, el crecimiento de la población es un objetivo difícil de alcanzar, al menos en números significativos. .. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

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