Lo importante es protagonizar

Como refirió Brecha la semana pasada, en la velada previa al 14 de agosto, día en que los estudiantes recuerdan a Líber Arce y manifiestan por las calles de Montevideo, se produjo el estreno simultáneo en varios países de América de la película La educación prohibida.1 En Uruguay el éxito de espectadores fue apabullante; esa noche se desbordaron el Paraninfo de la Universidad, el salón de actos de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación y la Sala 18 de Cinemateca Uruguaya. Como saben sus socios, hace mucho tiempo que, se proyecte la maravilla cinematográfica que se proyecte, Cinemateca no llena su Sala 18. Junto con este vinieron otros éxitos, medibles en el número altísimo de descargas de Internet (donde tiene acceso libre), de visiones en línea y de proyecciones en ámbitos universitarios, sociales, sindicales, alternativos, contestatarios.

También, por fortuna, aparecieron casi inmediatamente varios trabajos escritos que señalan el cúmulo de patrañas y de sandeces reiteradas con insistencia a lo largo de las dos horas y pico de este éxito continental. Entre ellos, nombraremos tres, todos disponibles en Internet.
En “La educación prohibida: los niños índigo desembarcan en la Udelar”, Brenda Rodríguez Beaulieu se interroga sobre el poder de convocatoria alcanzado por tremenda superchería, les sigue la pista a sus realizadores y los encuentra profetizando el advenimiento de la era de Acuario, tarea propia de su condición de “niños índigo”.2 En otro trabajo, Alexis Capobianco se centra en lo que considera que esa película hace a lo largo de sus dos horas: atacar a la escuela pública hispanoamericana y propagandear pedagogías que, en su pureza dogmática, supuestamente se encuentran en algunos institutos de enseñanza privada, pero de las que la escuela pública supo tomar sus aspectos positivos hace mucho tiempo. En “Menos amor y más logaritmos”, artículo publicado en Brecha, Aníbal Corti critica la cruzada amorosa que predica la película, pedagogía salvífica que entrega a los niños a la felicidad, siempre y cuando se logren esquivar escollos inservibles, tales como los logaritmos.
El éxito alcanzado por esta película que, en nombre de buenos sentimientos (“amor” y “felicidad”), ataca la razón de ser de la escuela, asombra e inquieta; o inquieta, porque al fin de cuentas no es tan asombroso.
Como fue planteado en otras ocasiones, los embates reformistas contra la escuela implicaron reformular su razón de ser. La escuela, a través del aprendizaje de la lectura y de la escritura, es el lugar que mantiene una relación privilegiada con los conocimientos producidos en los últimos tres milenios, conocimientos que se presentan bajo la forma de enunciados matemáticos, de mitos enigmáticos, de proezas técnicas. ¿Quién sino la escuela puede garantizar que cualquier niño, venga de donde venga, pueda enterarse de la fórmula para el área del hexágono, del nacimiento de Palas Atenea, del sujeto desinencial o de las pirámides de Egipto, a pesar de su obvia inservibilidad?
Hay intentos –que se puede considerar que han obtenido éxitos sustanciales en sus objetivos– para que la escuela –primaria, secundaria y ahora le tocó a la universidad– sea reformulada (algunos dicen reformada), en nombre de la lucha contra los conocimientos “librescos”, contra los “meros contenidos”, contra la “memorización”, contra lo “aburrido” y, perla de las perlas, contra la “violencia” que suponía enseñarle a un niño, quizás pobre y latinoamericano, un conocimiento que, a todas luces, había sido destilado en los salones elitistas del europeo centrípeto.
En lugar de estas antiguallas extranjerizantes, desde la sociología y la psicología se ha tratado de imponer la idea de que la escuela en particular y la enseñanza en general debían ser un lugar de “socialización”, tarea mucho más edificante que la mera ilustración libresca. Esta ideología pedagógica procedió ignorando que no hay incompatibilidad entre ambas tareas y que la escuela “tradicional” siempre socializó y que, contrariamente a un cliché muy extendido, el autoritarismo nunca fue ni su única ni su preponderante característica. Esta ideología viene acompañada de otra, a su vez contradictoria con ésta y complementaria, que se basa en el absurdo principio de que el niño tiene en sí todo el conocimiento que se le pretende enseñar, por lo que el maestro, más que un educador, es un facilitador del tránsito.
Este platonicismo mal masticado, esta ideología centrada en el supuesto autoritarismo e inutilidad de los conocimientos librescos y, en definitiva, de la enseñanza misma, también atacó la función docente desde múltiples ángulos: reducción de salarios y consiguiente habilitación a acumular cantidades aplastantes de horas de clase; menosprecio y escarnio público, al achacárseles a los docentes la responsabilidad exclusiva del estado de la educación y/o del país; abandono intelectual y despilfarro financiero en la formación docente; conversión del docente en mero “animador”, “motivador”, “incentivador” del alumno, en una suerte de confusión entre personas y conocimientos.
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