Viejos pero acostumbrados
- Última actualización en 14 Septiembre 2012
- Escrito por: Mathias Nathan*
Los datos del Censo 2011 indican que Uruguay tiene una población cada vez más envejecida. Esta información no debería sorprendernos en lo más mínimo, ya que el envejecimiento demográfico no es una novedad en nuestro país. Aldo Solari, referente de las ciencias sociales en Uruguay, anticipaba en 1957 el carácter “prematuro” de dicho fenómeno dentro del contexto regional. Desde entonces, infinidad de investigaciones y diagnósticos no han hecho otra cosa que ratificar la profundización de este cambio en la estructura por edades de la población.
Por convención se dice que una población está envejecida cuando la proporción de personas en edad avanzada –por encima de los 59 o 64 años (la opción de fijar el umbral en 60 o 65 años depende del manual que se consulte)– supera el 10 por ciento de la población. Según los datos de los censos nacionales de población, Uruguay alcanzó dicha proporción hace más de tres décadas. La proporción de personas de 65 o más años se ubicó en el 9,8 por ciento en 1975 y continuó en aumento en los años siguientes: 11,2 en 1985, 12,8 en 1996, 13,4 en 2004 y 14,1 por ciento en 2011.
A pesar de estos antecedentes, la publicación de los resultados del último censo colocó al envejecimiento de la población como un dato preocupante o alarmante en nuestro país. Pareciera que nos cuesta aceptar que se trata de una característica de la sociedad uruguaya. En cambio se lo interpreta como un destino maldito del que Uruguay no consigue liberarse, como un camino que nos conduce insoslayablemente hacia tiempos de oscuridad e incertidumbre. Es altamente probable que detrás de esta lectura de los datos exista un desconocimiento de las causas que provocan el envejecimiento.
El incremento del porcentaje de adultos mayores se explica por el descenso sostenido que han experimentado la natalidad y la mortalidad. El descenso del número de nacimientos en la población provoca lo que se conoce como “envejecimiento por la base” de la pirámide, es decir, una paulatina reducción del tamaño de las nuevas generaciones de niños y niñas. Por otro lado, en regímenes demográficos con bajas tasas de mortalidad –como el que existe en Uruguay desde hace varios años– las ganancias obtenidas en materia de esperanza de vida generan un “envejecimiento por la cúspide”: un número cada vez mayor de personas que logra sobrevivir hasta edades avanzadas. Por lo tanto, el descenso observado en el número de hijos que tienen las parejas y el aumento del promedio de años de vida de los individuos dan como resultado poblaciones cuyos integrantes se empiezan a concentrar cada vez más en los tramos de edad asociados a la vejez. A ello puede agregarse el efecto “envejecedor” que produce la migración en las sociedades de origen, en la medida que los migrantes que parten hacia otras tierras suelen ser jóvenes o adultos en edad activa.
El envejecimiento es un proceso irreversible que están teniendo prácticamente todos los países. No hay indicio alguno de que las tendencias en materia de fecundidad y mortalidad vayan a revertirse –y mucho menos alcanzar los niveles observados cincuenta años atrás–. Por ello, salvo que ocurra un acontecimiento totalmente inesperado, como un baby boom, una llegada masiva de jóvenes extranjeros, una catástrofe natural o una epidemia fuertemente concentrada entre los adultos mayores, Uruguay seguirá transitando hacia una población con una creciente participación de las personas de 65 o más años en su composición etaria. En contrapartida, el peso relativo de los niños y adolescentes se irá reduciendo con el paso del tiempo. El porcentaje de personas entre 0 y 14 años en la población pasó del 28,2 por ciento en 1963 al 21,8 por ciento en 2011, y se estima que la población mayor de 64 años superará a la de 0-14 años para 2040.
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