Brecha Digital

Mariana Contreras

Cinco puntos perdidos. Un punto rescatado ante Ecuador en situación extrema, con muchos merecimientos morales y pocos merecimientos futbolísticos. Ningún atisbo, durante todo el encuentro, de que se podía sacar algún punto ante Colombia. En total, cinco goles tomados, y pudieron ser más. En total, un gol convertido a partir, en parte, de un mal despeje adversario. En Medellín, sensación de ahogo y la consecuente sensación de impotencia. En Montevideo, 30 primeros minutos terribles, impropios de una selección de primera línea y propios de un equipo amateur que enfrenta a uno profesional. Durante los 180 minutos, un juego defensivo tambaleante y un juego ofensivo irregular, anunciado, previsible, casi sin variantes. Lo peor, en ambos partidos: el mismo equipo, prácticamente, que obtuvo el cuarto puesto en el Mundial de Sudáfrica y el primero en el Sudamericano de Argentina compartiendo con el más pintado el dominio territorial y psicológico del juego y sintiéndose fuerte para adaptarse a cualquier circunstancia –y las hubo duras– fue, en estas dos instancias, uno de respuesta, no de proposición; de reacción, no de acción; chico, no grande; mandadero, no mandamás. Eso sí, sus jugadores dieron todo de sí y nunca apelaron a la violencia. Perdidosos, pero guapos.
El panorama resultaría más grave si en el minuto 62 del partido ante Ecuador el árbitro Amarilla no sacaba la tarjeta amarilla por supuesta simulación al delantero Benítez y en cambio sí cobraba el penal que Muslera supo hacer y mejor supo disimular. Fue meritorio lo del arquero, que dicho sea de paso fue el mejor jugador de Uruguay en ese partido, como ya lo había sido en el anterior, y fue hábil, como el buen “sacapartidos” que es, lo de Amarilla; pero atención: habríamos quedado con diez jugadores, un muy probable cero-dos dado que ante el eventual tiro penal hubiéramos opuesto a un arquero improvisado (los tres cambios reglamentarios ya se habían hecho), aun más nerviosos, y sin Muslera para el próximo partido ante Argentina. Pero más allá de la anécdota que (no) fue y del enésimo mentís a los malos periodistas y peores dirigentes que han hecho gárgaras y ganado audiencias imaginando públicamente conspiraciones continentales o mundiales donde no hay otra cosa que la consabida mezcla de errores, interpretaciones, inconveniencias y conveniencias arbitrales –estas últimas unas veces juegan en nuestra contra y otras veces, como el martes 11, a nuestro favor–, quedó una amarga sensación de retroceso. Por el resultado o los resultados, un poco. Por el fútbol desplegado y por el no desplegado, bastante más.
En vista de la perspectiva que brindan las 24 horas transcurridas desde la culminación de la fecha doble, y que podría no ser suficiente (no lo es), la goleada en contra en el partido número uno luce más disculpable, si cupiera hablar de “disculpas”, que el agónico empate en el partido número dos. Es un dato, no una disculpa, que la selección uruguaya practica, desde su mediocampo, un juego unilateral con poco toque, le falta paciencia para encontrar huecos cuando la defensa adversaria no se abre, tiene dificultades para cambiar el ritmo de juego, le cuesta retener el balón y no practica un fútbol vistoso y/o atildado. Es un equipo que, cuando ataca, se siente en su salsa imponiendo un juego vertical, vertiginoso y de área a área, y, cuando defiende, anticipando al rival mediante el expediente de la presión, la fuerza y el orden. Colombia, se sabe, es todo lo contrario: toque, pelota al pie, juego lateral, infinita paciencia para abrir espacios. Verbigracia: los inhumanos e insólitamente permitidos por la fifa 40 grados del casi mediodía de Medellín no podían sino favorecer, objetivamente, al anfitrión. Y más con un gol a los dos minutos, más allá de la distracción defensiva. Al venir el segundo gol en el segundo minuto del segundo tiempo, nada quedaba de positivo, de nuestra parte, por hacer. Apenas aguantar, y no perder por completo el pie. Dos situaciones objetivas (estilos de juego contrapuestos y un clima agobiante) se retroalimentaron a partir de dos distracciones que resultaron letales, fatales, imposibles de levantar.
Vistas las patas a las sota, para el partido ante Ecuador se podía, se debía reaccionar. La primera reacción debía ser, desde el vestuario, psicológica. La segunda, física. La tercera, táctica –es totalmente diferente jugar de local que de visitante–. La cuarta, de alineación. Fallaron del todo las tres primeras y, en parte, la cuarta. El extraordinario Suárez, una vez más, jugó para sí mismo. Diego Pérez y Maximiliano Pereira están bajísimos desde hace tiempo pero fueron confirmados. Lo mismo Cavani, aunque su estupenda definición le daría la razón al técnico Tabárez. Es opinable. Cuando reingresó durante el segundo tiempo, el excluido “Cebolla” Rodríguez terminó marcando el camino con sus desbordes por izquierda. Peor aun, el equipo jugó todo el partido nublado, molesto, enojado. La voluntad estaba, pero las piernas no respondían. El cerebro menos. Algo estaba pasando.
Tabárez ha dado muestras una y otra vez, con sus actitudes, con sus declaraciones y con sus alineaciones, que privilegia la unidad del grupo, una conformación humana más o menos fija, una mística creada por él y sus jugadores, una memoria adquirida y practicada con uruguaya perfección y una seguridad personal asentada en el colectivo, sobre los presuntos papelitos de colores y los fuegos artificiales que podrían acarrear designaciones para terceros ajenos al último y muy victorioso “proceso”. “Cada jugador sabe quién es el que tiene al lado y sabe cuán profundo es su respaldo”, dijo, en resumen. Lástima que los hechos, tercos y apegados a las matemáticas resultadistas, no lo están, ahora mismo, respaldando. Si Lodeiro está pronto para jugar, es absurdo que no lo ponga. Si no lo está, es absurdo que lo convoque. Lo mismo, o parecido, podría decirse de Abreu, de la “Joya” Hernández o de Eguren. ¿Significa traicionar los principios, el orden, el método y la táctica citar o probar a Recoba, a Matías Cabrera, a Santiago Silva o a Salgueiro, por nombrar a algunos? ¿Cuál es el límite entre la complicidad grupal y la cofradía, entre la gallardía colectiva y el exclusivismo? ¿Será que el recambio exigido se está viniendo antes de lo planificado? ¿El plan, por mejor que sea, debe anteponerse a las evidencias? De no reaccionar, de negarse a abrir algunas compuertas, su estupendo, su ejemplar labor como dt podría verse empañada. Hasta hacer peligrar la propia clasificación.

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