Culpable o inocente
- Última actualización en 14 Septiembre 2012
- Escrito por: Álvaro Díaz Berenguer
En el caso de las enfermedades, son interpretadas por quien las padece como un daño enviado por alguien: acto de magia negra, castigo divino, mal de ojo, o incluso se las explica como la consecuencia de una mala acción propia. Las personas tarde o temprano se preguntan: ¿qué mal habré hecho yo para merecer esta enfermedad?
Cuando se entra en el ámbito jurídico, el término “culpa” adquiere otras resonancias: se refiere a una conducta que no fue capaz de prever un daño. Cuando somos niños y cometemos alguna travesura nos exculpamos diciendo “fue sin querer”. Esa es tal vez la mejor definición de esta culpa inocente. Sin embargo la conducta del adulto, aunque sea dañina involuntariamente, ya sea por omisión, por negligencia, por impericia, o por desconocimiento e inobservancia de reglamentos o deberes, genera la obligación de reparar el daño cometido al otro.
La acción voluntaria dirigida a provocar un daño es distinta, y se denomina “dolosa”. Esta acción se considera mucho más grave que la anterior y digna de merecer una pena distinta.
Ante un homicidio, se busca al culpable sin importar lo que le cueste a la sociedad. El culpable de desobedecer el mandato bíblico “no matarás” debe merecer el castigo, idea fundamental que se remonta a muchos miles de años. En el último siglo aparece la idea de la rehabilitación. Pero siempre subyace un sentimiento que tiende a la horca, a la silla eléctrica, al garrote vil, al descuartizamiento con caballos en la plaza pública. Es un sentimiento que nace de la indignación, de la violación de la dignidad, de la ofensa divina. Hasta no hace mucho en la historia de la humanidad los castigos a los homicidas eran espectáculos públicos donde se presenciaba las torturas previas a la muerte casi como en una fiesta. El objetivo no sólo consistía en atemorizar a aquellos que pudieran cometer nuevas faltas a la ley, sino aliviar la tensión popular que se genera en torno a estos casos. Michel Foucault señalaba: “El pueblo reivindica su derecho a comprobar los suplicios, y la persona a quien se aplican. Tiene derecho también a tomar parte de ellos”.
El espíritu de justicia que impulsa a las penas impuestas en público incluye muchas cosas. Entre ellas: satisfacer el ánimo de venganza, placer en ver sufrir al que hizo daño alguna vez, verificar que la maldad es destruida.
A algunos condenados a la pena de muerte que están enfermos se los cura primero para que después mueran por la pena impuesta por la justicia, y no de “muerte natural”. Lo que interesa es imponer la pena a como dé lugar: castigar.
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