“Si desean ver una verdadera vaca sagrada, salgan a la calle y observen al automóvil de la familia”, escribió hace casi cuarenta años el antropólogo estadounidense Marvin Harris, aburrido de los expertos occidentales que mostraban el tabú observado por los hindúes respecto al consumo de carne bovina como prueba de la inescrutabilidad del espíritu de Oriente o –incluso– de su desprecio por la vida humana. En India, mientras las vacas andaban por todas partes provocando embotellamientos y robando comida a los feriantes, la gente se moría de hambre.
El antropólogo concluyó con la frase mencionada el capítulo “Vacas, cerdos, brujas y guerras”, en el que explicaba las razones de entonces para la observancia del tabú. Once años después, en Bueno para comer, ratificaría su punto de vista exponiendo el devenir histórico de la prohibición. “Con nuestro arco queremos conseguir rebaños”, cantaban, según el Rig Vedá, los jinetes guerreros que hace unos tres mil doscientos años aportaron a la religión hindú su gusto por sacrificar reses a los dioses. Como en todas partes, lo que los fieles ofrecían a sus deidades era el espíritu de los bóvidos. La carne quedaba en el reino de este mundo, asándose.
Según el antropólogo, una de las razones de la expansión del budismo, que prohibía el sacrificio de animales, es de orden socioeconómica. La población había crecido de tal modo que resultaba muy caro alimentarla con carne. Sólo las castas superiores tenían acceso a ella y el privilegio era especialmente irritante en una situación de malestar social.
La “oposición” adquirió tanta fuerza que el emperador Asoka se convirtió a la religión de Gautama en el 257 a C, y los pragmáticos brahamanes (sacerdotes hindúes) declararon que los sacrificios de animales descriptos en los vedas eran metafóricos pues los dioses no comían carne, y se convirtieron en ardientes defensores del principio de no matar. Siete siglos después la pena por ultimar una vaca era tan grave como asesinar a un brahman.
Si a mediados del siglo xx Gandhi todavía afirmaba que “el hecho central del hinduismo es la protección de la vaca”, sería porque las transformaciones ocurridas desde los tiempos de Buda no habían cambiado el hecho socioeconómico fundamental. La abrumadora mayoría de los agricultores indios seguía arando con bueyes y transportándose en carros tirados por ellos. La vaca era esencialmente una fábrica de bueyes y, por supuesto, de leche. Ambos sexos producían la bosta utilizada como fertilizante y como leña de esa gastronomía de fuego lento que inventó hace miles de años el primer dulce de leche. Pero tales beneficios sólo se obtienen de mantener a los animales vivos.
El tabú evitaba que durante las periódicas sequías los agricultores pobres se comieran su vaca, cosa que los privaría del buey con que arar la tierra cuando volviese la lluvia, condenándolos a emigrar con su familia hacia los cordones de miseria de las ciudades indias. De paso impedía que los privilegiados terminaran con el ganado de los pobres, que no suele reconocer títulos de propiedad a la hora de pastar... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.