Hoy es más raro casarse que juntarse
- Última actualización en 20 Septiembre 2012
- Escrito por: Wanda Cabella/ Mariana Fernández Soto*
En esta quinta entrega de reflexiones en torno al Censo 2011 entre Brecha y el Programa de Población de la Facultad de Ciencias Sociales (Udelar) se analiza la formación de las parejas. ¿Cuán extendida está la unión libre entre las nuevas generaciones? ¿Qué sectores de la sociedad optan por esta modalidad? ¿Qué lugar ocupa el matrimonio entre los jóvenes? ¿Cuántas parejas del mismo sexo se declaran en el censo? En 1996 el sociólogo Carlos Filgueira publicó un artículo que tuvo fuertes repercusiones durante los años siguientes. “Sobre revoluciones ocultas. La familia en Uruguay” –así se titulaba el trabajo– evidenció las transformaciones que habían ocurrido en la formación de las parejas y en la organización de las familias uruguayas desde la década del 70. Hace más de quince años Filgueira destacaba entre otros rasgos del nuevo panorama familiar el aumento de las parejas que convivían juntas sin casarse (las uniones libres, consensuales o de hecho, antes llamadas concubinatos). A mediados de la década del 90 la proporción de parejas que vivían en unión libre (con relación al total de parejas constituidas) era el 12 por ciento, muy superior a la cifra de 1984 (7 por ciento). Pero el trabajo destacaba que el fenómeno era más importante entre los jóvenes: el 25 por ciento de las parejas formadas por personas de entre 15 y 29 años en 1994 estaba en unión consensual, valor que duplicaba el escaso 12 por ciento registrado en 1984.
¿Qué proporción de las parejas uruguayas vive en unión libre según el censo de población de 2011? Del total de la población que está en pareja, la unión libre es el 40 por ciento (comparable con el 12 por ciento de 1994), pero entre las personas de 15 a 29 años, el 80 por ciento de las parejas opta por convivir sin casarse.** La revolución silenciosa en la formación de la pareja, para emplear la metáfora de Filgueira, terminó hace ya algunos años y nos dejó un paisaje familiar bastante diferente al que podía apreciarse en los años setenta. Hoy es más raro casarse que juntarse, y no es infrecuente escuchar la pregunta “¿Y para qué (o por qué) se casan?”. El estigma que antes caía sobre quienes convivían “ilegítimamente” parece desplazarse hacia quienes todavía prefieren el matrimonio, que comienza a ser visto como un trámite innecesario o como una institución obsoleta, y que en cualquier caso requiere una justificación (a veces es un proyecto migratorio, a veces la llegada de un hijo, otras, sólo la excusa para festejar). Como se suele decir en la jerga sociológica, las relaciones conyugales se desinstitucionalizaron, las parejas ya no creen necesario ampararse en un conjunto de normas externas que regulen su relación, sus roles cotidianos, el vínculo con sus hijos y sus intercambios económicos, entre otros aspectos. Las cifras registrales revelan que poco más de 10 mil parejas se casan actualmente por año. Este es el resultado de una tendencia descendente sostenida desde mediados de los años setenta, que se agudizó a inicios de los noventa. En 1990 se realizaron 20 mil matrimonios, en 2001 fueron 14 mil y en 2010 las cifras se aproximan a los 10.500.
La explicación de la retracción del número de matrimonios podría estar vinculada también a los cambios en el mercado de empleo, a los obstáculos para acceder a la vivienda y, en general, a la dificultad para reunir el conjunto de condiciones materiales que usualmente se asocian a la formación de parejas estables, vinculadas en el imaginario social con el matrimonio. De hecho, la interpretación sociológica más extendida durante las décadas de 1990 y 2000 respecto a la caída de los casamientos estuvo ligada a factores de esta naturaleza.*** En particular, la precarización del empleo y la falta de oportunidades laborales para los jóvenes ocuparon un lugar central. Sin desconocer que para algunos sectores juveniles estos aspectos pueden incidir, la generalización de la unión libre pone en evidencia que las nuevas generaciones siguen optando por vivir en pareja, pero prefieren hacerlo al margen de las reglas de la institución matrimonial. El cambio parece responder más a transformaciones en las actitudes hacia la pareja que a las restricciones económicas o las condiciones del mercado laboral. En estos últimos veinte años Uruguay ha pasado por ciclos económicos buenos, malos y espantosos. En ningún caso el número de matrimonios ha reaccionado a estos cambios y la unión libre no ha dejado de crecer.
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