Brecha Digital

Baby boom babuino en Lecocq

Hay un intruso ahí. Desde el piso, todas las cabezas apuntan hacia arriba: el carancho aletea nervioso a tres metros del suelo. Los garfios de sus patas se prenden de la jaula con firmeza. Busca escapar pero no encuentra la salida. Luce cansado. Debe de llevar varias horas dando vueltas en ese espacio cerrado y abovedado. Vuela un poquito y se engancha nuevamente en otro lugar de la jaula. Los de abajo gritan a coro cada vez que se mueve. Corren. Toman impulso y saltan como basquetbolistas queriendo tocar el aro.

El pájaro ya no tiene forma de pasar desapercibido ante la horda terrestre, y sus vuelos van siendo sutilmente cada vez más bajos. En un último intento por escapar la emprende contra la reja con el pico afilado. Muerde el alambre e intenta retorcerlo. No puede. No emite sonido. Desengancha las patas intentando otro traslado cuando uno de los monos, estirando el cuerpo a más no poder, lo alcanza, permitiendo que esa mano tan humana se cierre en torno al objeto de deseo. El botín desata un torbellino de chillidos. Alertados por esa sinfonía terrorífica, ninguno en la manada quiere perder tajada. Van saltando unos sobre otros como punkis haciendo mosh. El cazador se pierde bajo una pirámide movediza de babuinos chillones. Como evidencia irrefutable de la cacería vuelan las plumas del carancho muerto. De ese revoltijo de monos excitados surge una pata amarilla y rígida, la misma que hace minutos apretaba los alambres de la jaula. Otro griterío deja el cuerpo muerto en manos de un solo mono. El pelo ahora erizado le crece a los costados de la cabeza y sobre el lomo. Grita y muestra al resto un par de colmillos afilados. Otros dos machos escoltan al vencedor hasta lo alto de la estructura de piedras en el centro de la jaula.
Nada delata en la placidez del extenso parque el jaleo que los monos tienen a sus fondos. Habiendo dejado atrás el Paso de la Arena, sobre Luis Batlle Berres, a 20 quilómetros del centro de la ciudad está el parque Lecocq. Ese predio de 120 hectáreas que fue estancia del patricio local don Francisco Lecocq, abre a los ojos un paraíso de pasto bien cortado y una buena cantidad de parrilleros. Treinta babuinos, que ahora son más de cien, llegaron al parque a comienzos de los ochenta, momento en que pasaron a engrosar la familia de 500 animales que viven actualmente allí.
La jaula –que ya les quedó chica– tiene 2 mil metros cuadrados, y si bien se construyó para albergar aves de rapiña, terminó siendo el hogar enrejado de los monos. La Intendencia destinó este año 6 millones de pesos para la construcción de un nuevo recinto –seis veces más grande–, y se planea que esté lista en un par de meses. El traslado va a llevar otro tanto. Es que según comentan desde la dirección del parque, resulta difícil el manejo de estos animales. No hay problema para alimentarlos y limpiar la jaula, pero la cosa se complica cuándo se intenta otro tipo de manipulación. Según dijo el director, Eduardo Tavares, eso fue lo que dificultó el control de natalidad que ahora ocasiona problemas de superpoblación. “Con cincuenta o sesenta ejemplares alcanza para mantener una población genéticamente estable”, dijo. Se prevé que el nuevo diseño de jaula habilite otro relacionamiento del personal con los babuinos.
.. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

Escribir un comentario