Brecha Digital

Los años de las drogas libres

Hoy se presenta este libro de Guillermo Garat* que aborda el derrotero de las drogas en Uruguay, sus estigmas, los intereses encontrados, las historias de vida relacionadas, el arribo del narcotráfico, el rol de los políticos y los médicos en el prohibicionismo, y los caminos que se abren con los últimos planteos del gobierno de despenalizar y colocar en la agenda de debate el uso recreativo de la marihuana.


En el Uruguay de finales del siglo xix las drogas que hoy conocemos como ilegales se guardaban en los botiquines hogareños y se expendían libremente en las farmacias. Las administraban los médicos, pero también los boticarios para calmar un largo rosario de dolores. A su vez, eran utilizadas recreativamente por otros tantos debido a su fácil acceso, algunos por acostumbramiento a la terapéutica, otros por placer, lisa y llanamente. Los opiáceos calmaban desde una agonía hasta el dolor de muelas infantil, inhibían no sólo molestias como la neuralgia o dolores ováricos y de parto, sino que también aliviaban la ansiedad, la tos o la gripe; al menos eso indicaban sus prospectos.
A principios del siglo xx la cocaína era uno de los analgésicos preferidos por doctores, dentistas y veterinarios. Se inyectaba para anestesias locales, se tomaba en píldoras para estar atento o no caer en las tentaciones del sueño, aplacaba el apetito y hasta se llegó a usar, como lo hizo el doctor Américo Ricaldoni, para impedir las poluciones nocturnas de alguno de sus pacientes.
En Montevideo, la droguería Silvio Gassarino publicitaba en los medios gráficos su exclusivo e importado Vin Bravais, con ingredientes como cola, coca, guaraná, cacao, cafeína, teobromina, vainilla y cocaína. El cóctel se publicitaba en diarios, en tanto que en la Revista Médica del Uruguay de principios de 1900 la Sociedad de Medicina glorificaba a la cocaína Midy, disponible en pastillas para combatir faringitis, laringitis, anginas y amigdalitis, entre otras complicaciones neumológicas.
El estimulante también tenía un uso recreativo y muy asociado al ambiente prostibulario y de los alcohólicos que buscan una noche sin fin. Los cafishos hacían gala de su uso y figuraban entre los más distinguidos comerciantes de la “cocó”, como la bautizaron los tangueros rioplatenses que también la esnifaban. Era de fácil acceso, no sólo en la farmacia, sino también en las casas de citas de la Ciudad Vieja.
Lo que hoy conocemos como marihuana también formaba parte de la farmacopea oriental, al menos desde finales de 1800 y hasta mediados del siglo xx. Existían en el país tinturas de cannabis que se usaban como sedantes en el mundo entero. Son de fácil preparación y consisten, en líneas generales, en una maceración alcohólica administrada en gotas como analgésico y sedante. También se usaba el extracto graso de Cannabis indica, que se fumaba, como el hachís.
Los cigarrillos del laboratorio francés Grimault eran de venta libre en las farmacias uruguayas y estaban hechos de Cannabis indica. Algunos de estos cigarettes contenían hojas de belladona y popularmente se conocían como “los cigarros para el asma”. El prospecto de los porros Grimault informaba que la Cannabis indica se usaba para combatir el asma, el insomnio, la bronquitis, o para relajar a la persona de las tensiones de la agitada vida moderna. El uso del cannabis también permitía “un olvido pasajero de (las) preocupaciones” y prometía el sueño a quien no lo conciliaba.
A finales del siglo xix, la docena de cigarros de cannabis “para el asma” costaba en la plaza montevideana 3,60 pesos, lo mismo que el Mata Dolor Perry Davis, un fuerte opiáceo. Ambos pagaban un impuesto de aduana del 48 por ciento en 1892. Por entonces, la cocaína se conseguía a treinta centavos el gramo. El hectogramo de morfina tenía un valor de seis pesos. El quilo de extracto de opio cotizaba a 30 pesos. Mientras que por la mitad de ese valor se podía conseguir opio en bruto o en polvo. Un precio que no permitía un acceso popular frecuente, pero tampoco lo hacía imposible; un panadero ganaba entre 18 y 36 pesos al mes. Pero no cualquiera utilizaba drogas. Los usos más documentados en el país son los referentes a los artistas, motivados principalmente por las veladas del Club des Hashischins de Charles Baudelaire y Eugène Delacroix, entre otros, que se daban cita mensual en el parisino Hôtel de Lauzun. En el ensayo de Baudelaire Los paraísos artificiales, el poeta describía sus experiencias con hachís y opio. Con aquellos relatos se apoderó del espíritu de cientos de artistas del mundo entero. En Uruguay hacía gala del uso de las drogas el poeta modernista Julio Herrera y Reissig; pero no tan popular es la relación del escritor Fernán Silva Valdés, que precisó escapar de las drogas para centrarse en poemas sobrios, abandonando el modernismo para cultivar el nativismo.
También hay varias referencias al tema en cuentos de Horacio Quiroga. Su perspectiva de adulto era para nada proclive al uso de drogas, que sin embargo consumió en su adolescencia, como explica en su cuento “El haschisch”, donde relata con lujo de detalles el uso de este derivado del cannabis y también los malos viajes que padeció. El autor se sentía morir, probablemente por la alta dosis que dice haber fumado.
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El uso recreativo empezó a generar molestias en la clase política desde temprano. Según el senador batllista José Pedro Massera, los usuarios por placer eran “jóvenes de familia ‘bien’ de 15 a 25 años, snobs y buscadores de sensaciones y escalofríos nuevos (...) ciertos artistas y gente de teatro; los neurópatas de toda clase; los malos herederos de los decadentes, estudiantes y enfermeros”, también quienes frecuentaban el hampa de la prostitución y “algunas mujeres de reputación (que) han lanzado la moda y la multitud las ha seguido”. Un grupo bastante heterogéneo componía el cuadro de usuarios de drogas a principios del siglo xx. Opio, clorhidrato de cocaína, hojas de coca, éter, cloroformo, hachís, heroína, morfina y otras sustancias tomaba la sociedad uruguaya del Novecientos en su ámbito privado, muchas veces administradas por los doctores.
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