El caso llegó a la justicia, provocó una serie de reacciones en cadena en un conocido colegio privado de Punta Gorda y mostró que, a pesar de lo mucho que se habla hoy de la marihuana, todavía queda bastante por discutir al respecto.
La historia comenzó como miles en el Uruguay de hoy. Tres adolescentes de 17 años, buenos estudiantes de quinto año de bachillerato en el colegio La Mennais, estaban organizando una fiesta con la que celebrarían el cumpleaños de dos de ellos en forma conjunta. Para animar el festejo tuvieron una idea que sellaría su destino dentro esa institución educativa. Hoy ninguno de ellos continúa estudiando en el colegio que los vio crecer desde niños y donde tienen a sus mejores amigos: dos de ellos han debido recalar a mitad de año en el liceo público número 15, y el restante en otro colegio privado.
Aunque los nombres verdaderos de los jóvenes involucrados figuran en el dictamen de la jueza de familia María Alicia López, en este artículo se omitirán para no causarles más perjuicios de los ya padecidos. Por idéntica razón no se publican los nombres completos de sus padres.
Según relató a Brecha uno de los adolescentes, a quien llamaremos Carlos, los tres amigos habían probado marihuana en una fiesta poco tiempo atrás, y les pareció una buena idea que en el cumpleaños colectivo también hubiera.
Conseguirla no era difícil. Sabían –según la versión de Carlos– que tres compañeras de generación habían conseguido marihuana para preparar una torta que llevarían a un viaje grupal, organizado por el colegio, a Buenos Aires.
Hacer tortas y brownies de cannabis se ha convertido en una costumbre en algunos ámbitos adolescentes, dijo un abogado que asesoró a una de las familias afectadas. Hace unos meses, el 24 de junio, el diario El Observador publicó un artículo dedicado a los brownies de marihuana: “La idea de una buena comida siempre tiene que ver con la felicidad. La marihuana puede participar con todo derecho de esa fiesta, con su peculiar temperamento, si se hace de manera gastronómicamente seria y además sutil: que acompañe y no sea la protagonista excluyente”, decía el artículo. Al mismo tiempo, la nota advertía del peligro de sufrir una sobredosis, que es mayor cuando el cannabis se come que cuando se fuma.
Carlos y sus amigos se contactaron con las tres chicas que tenían marihuana para cocinar el pastel. “Les dijimos que queríamos comprarles 25 gramos y al otro día ellas nos dieron el paquete. Les pagamos 400 pesos en el recreo”, recordó el adolescente.
La alegría por la adquisición duró poco y fue sustituida por un temor creciente a ser descubiertos por sus familias. Ninguno quería llevar la droga a su hogar. “Habíamos fumado, pero nunca habíamos tenido marihuana en nuestro poder”, explicó Carlos. “No sabíamos cómo manejarla, cómo haríamos para esconderla en nuestras casas, no sabíamos si iba a oler o no… nos asustamos.”
Tan grande fue el temor, que ese mismo día les dijeron a las chicas vendedoras que querían devolver el paquete, que ni siquiera habían abierto para comprobar si de verdad tenía cáñamo dentro. Ellas aceptaron.
Carlos y sus amigos respiraron aliviados. Pensaron que allí había terminado la historia, pero en realidad recién estaba comenzando.
Dos opciones. No fue posible entrevistar a ninguna autoridad del La Mennais. Debido a las vacaciones de primavera, el director de la institución, el religioso Carlos Lovatto, y el de su liceo, Leonardo Torres, no concurrieron a trabajar esta semana. Se les dejó un mensaje a través de una funcionaria de secretaría de la institución, pero no respondieron. La funcionaria dijo en una primera instancia que trasmitiría el mensaje y que con seguridad una autoridad del colegio respondería. Veinticuatro horas después, y ante una nueva comunicación debido a que nadie del La Mennais se había contactado, el discurso de la secretaria cambió. Su optimismo se trastocó en mutismo: dijo no tener ningún modo de ubicar a ninguna autoridad del colegio durante esta semana, y que nadie hablaría.
De todos modos la historia se puede contar siguiendo el fallo de la jueza López. Todo se desencadenó de la siguiente manera: un funcionario de limpieza encontró marihuana en un baño de varones. El mismo día otra empleada del colegio recibió el dato de que tres chicas tenían marihuana para cocinar una torta. Las jóvenes fueron interrogadas y ellas involucraron a Carlos y sus dos amigos.
A pesar de que la marihuana está omnipresente en los medios de comunicación por estas fechas –y con referencias en general proclives a su aceptación social–, el reglamento estudiantil de Secundaria es severo para quien la lleve a un liceo. Allí se indica que entre las faltas más graves que puede cometer un estudiante se encuentra “introducir en el local todo tipo de bebidas alcohólicas, sustancias tóxicas de las denominadas drogas, barbitúricos e inhalantes que puedan provocar efectos tóxicos, revistas, láminas, y publicaciones pornográficas”.
Con ese reglamento como marco legal, el caso fue remitido al Comité de Asesoramiento Pedagógico (cap), una institución que todos los establecimientos de enseñanza tienen según los reglamentos vigentes, compuesto en este caso por los profesores Nora Alzugaray, Stella Grasso y Óscar Pin.
Pin declinó hacer declaraciones sobre este caso y explicó que los integrantes del comité no pueden hablar con la prensa. Sin embargo, según consta en las actas judiciales, tras interrogar a cada uno de los adolescentes en presencia de sus padres, los tres profesores llegaron a la conclusión de que a los tres estudiantes les correspondía la máxima sanción prevista en los reglamentos: un año de suspensión con o sin derecho a rendir examen. De todos modos, esa era sólo una recomendación. Un castigo de ese tipo sólo puede ser aprobado por el Consejo de Educación Secundaria.
Los padres de Carlos y sus amigos fueron citados al colegio para escuchar el veredicto. Llegaron esperando recibir una sanción grave, una suspensión de una o dos semanas, quizás que los muchachos quedaran en condición de libres por el resto del año.
No fue eso lo que ocurrió. El director del colegio, el religioso Lovatto, les informó, tal como consta en el fallo de la jueza López, que el colegio les ofrecía dos opciones: a) enviar el expediente al Consejo de Secundaria, con la recomendación del cap del La Mennais de que fueran suspendidos por un año. Según los padres declararon a la jueza, se les dijo que si elegían esta opción sus hijos podían incluso terminar presos; b) darles el pase, libre de todo cargo y anotación, para que sus hijos abandonaran el La Mennais y continuaran sus estudios en otro centro educativo, público o privado.
Asustados, los padres eligieron la segunda alternativa. Luego, informados de que el Consejo de Secundaria nunca impone sanciones tan graves en casos similares, intentaron revertir su elección. Presentaron un recurso de amparo en la justicia tendiente a deshacer lo actuado y que sus hijos fueran readmitidos en el La Mennais. Para ellos, sus hijos fueron víctimas de una “expulsión encubierta”.
“Los padres –tal como quedó constancia en las actas judiciales– se encontraron en una situación de absoluta indefensión frente al impacto que estaban recibiendo, y asumen que cometieron el error de acatar una opinión ajena que les fue impuesta como autoridad y que presumieron como fundada, cierta y meditada, cuando en realidad descubrieron que era información inexacta, infundada, incierta, apresurada, irregular, desprolija, lesiva e inconveniente para el derecho de sus hijos”.
El colegio, por su parte, alegó que “fueron los padres quienes solicitaron el pase de sus hijos a otra institución de enseñanza” y que fueron ellos mismos quienes prefirieron que el caso no fuera elevado al Consejo de Educación Secundaria.
La jueza López rechazó el recurso de amparo porque entendió que al darles el pase a otra institución, La Mennais no perjudicó a los jóvenes sino que les dio “la posibilidad de continuar” sus estudios.
Para la jueza no hubo “expulsión encubierta”: “El derecho a la educación de estos jóvenes no fue vulnerado en ningún momento, sino que al contrario, fue tutelado por el colegio en aplicación del proyecto educativo del mismo”. Y agregó que La Mennais decidió el asunto “en relación no sólo con el bienestar de estos tres menores sino con el resto de la colectividad estudiantil que dirige”.
Cartas y corso. Tras el alejamiento de los tres adolescentes del colegio, varios estudiantes y familiares firmaron una carta en su apoyo. Pidieron que fueran readmitidos, pero el reclamo no fue atendido por las autoridades del La Mennais. En la misiva señalaron que los tres jóvenes sancionados no son los únicos que consumen marihuana en el colegio.
“Ellos se equivocaron y merecen una sanción, estamos de acuerdo; pero no creemos que al echarlos de su casa, su escuela, y su liceo sea la solución de este problema que vive y convive con nosotros diariamente, esto significa que ellos no son los únicos relativos a la sustancia ya que hay casos de consumo paralelos a esta situación.”
Una fuente vinculada al juzgado que laudó el caso señaló: “Esta situación que se vivió en el La Mennais hoy es algo común, común, común, no podemos tapar el sol con las manos. Se podría haber elegido otros caminos, pero el colegio optó por la sanción ejemplarizante. Una sanción que no llegó a tomar, porque tendría que haber sido refrendada por el Consejo de Secundaria”.
Un abogado que aconsejó a una de las familias afectadas manifestó: “El Codicen nunca hubiera avalado una sanción tan grave como la que proponía el cap del La Mennais. Lo valioso del caso es que muestra el corso que los muchachos tienen en la cabeza: por un lado escuchan todo el día hablar de la marihuana y por otro se los castiga de esta manera tan dura”.
La madre de Carlos apenas contiene las lágrimas. La voz se le quiebra. Siente enojo y mucha impotencia: “Estoy angustiada con la impunidad de esta gente. Se creen iluminados por la luz divina y creen que sacando a los tres chicos solucionan un problema mucho más generalizado”.
Carlos dice que está arrepentido pero piensa que el castigo que recibió fue excesivo: “De un día para otro todo el mundo empezó a hablar de la marihuana, y eso también influyó en nosotros. Todos fuman y no pasa nada”.
Una docente del La Mennais, que aceptó hablar a condición de que no se mencionara su nombre, señaló: “Los chicos están confundidos. Hay un mensaje recurrente que los lleva a esa confusión y me da lástima. Por un lado, hoy el uso social de la marihuana está validado o tolerado, parece que los adultos ya no lo ven como un problema. Pero hay reglamentos vigentes en Secundaria que hay que cumplir”.
La profesora de física tuvo un gesto que la distingue, les envió una carta personal a los tres adolescentes: “sólo quiero decirles que fue un placer contar con ustedes en las clases, y que estoy segura de que lo mismo sentirán los profesores que tengan la suerte de recibirlos”.
Pero otros docentes no reaccionaron del mismo modo. Pablo, padre de otro de los tres chicos sancionados, dijo que tuvo que volver al La Mennais después de todo el incidente “porque algunos profesores estaban diciendo en clase poco menos que nuestros hijos son narcotraficantes”. En cambio, en el colegio privado donde inscribió ahora a su hijo, las autoridades se mostraron comprensivas y le ofrecieron apoyo psicológico.
El profesor de historia Óscar Destouet es el subdirector del liceo 15, donde desde hace unos días estudian dos de los adolescentes sancionados y también dos de las tres chicas que iban a cocinar la torta de marihuana.
Destouet habló con sus cuatro nuevos estudiantes. Dice que los encontró asustados y con un sentimiento de desprotección por la traumática experiencia vivida. Lleva un año en su cargo de subdirector y hasta el momento no ha tenido que enfrentar casos de droga dentro del liceo, pero sí de estudiantes que la consumen en sus inmediaciones. “No se les suspende. Conversamos con ellos y con sus familias. Les aconsejamos dirigirse a algunas de las redes que se especializan en estos casos. Yo no soy un especialista, pero no creo que estas situaciones se solucionen castigando.”
Otro de los chicos sancionados, a quien llamaremos Daniel, que concurría al La Mennais desde preescolares, afirmó: “El arrepentimiento ya lo mostramos los tres. En lo personal, me duele mucho haber dejado el liceo y el modo en que lo dejé. Trato de no pensar demasiado en eso porque la tristeza es muy grande”.
Finalmente, el cumpleaños colectivo que los chicos estaban organizando se hizo. Hubo alcohol y también marihuana. Era una fiesta privada y el consumo no está penado, dijo la madre de Carlos. La marihuana la llevó uno de los amigos de su hijo. Otro, uno que no estuvo implicado en el caso.