Ver, analizar, responder

Alicia indócil en el país de las represiones. Conoció a Paulo Freire poco antes de confesarle que detestaba la educación, y él dedicó tres horas a ganarla para la causa. Cuánto habrá tardado Ana Mae Tabares Bastos Barbosa, nacida en Rio de Janeiro el 17 de julio de 1936, en convencer al médico de que la dejara venir con un brazo quebrado y sin enyesar a la Primera Bienal de Educación Artística, en Maldonado.*


—El título de la conferencia magistral que dará, según el programa, es “Panorama de la educación artística en América Latina”.
—¡Isso é uma locura! (ríe a discreción). ¿Cómo voy a conocer la educación artística de toda América Latina? Apenas conozco los países de América del Sur. Vine más a entender, a preguntar, que a disertar. Lo que voy a hacer es un poco de historia sobre la educación artística en mi país, en el marco de una investigación que estoy desarrollando con miras a escribir un libro sobre el tema. Investigo prensa brasileña aparecida entre 1922 y 1948, cuando los diarios publicaban mucha discusión teórica, y no sólo política, sobre educación. Y pienso compartir con el público las fuentes primarias que voy encontrando, cosa que la academia no suele hacer.
—¿Qué actualidad puede tener esa información?
—La historia es muy importante, nuestros problemas y muchas de nuestras soluciones no comenzaron hoy. Podemos aprender mucho observando estrategias de nuestros predecesores. Trabajo ligando el pasado con el presente, por ejemplo en la evolución de las organizaciones no gubernamentales brasileñas. Cuando están vinculadas a empresas, su objetivo principal es sacar a los niños de la calle para que la clase media pueda ir confortablemente de compras; cuando nacen en la propia comunidad es distinto. Son éstas las que tienen capacidad transformadora.
—¿Y cuáles predominan?
—Infelizmente las primeras. Como el gobierno de Lula hizo mucho hincapié en la cuestión social, todas las empresas quisieron mostrar cuán “sociales” eran.

 

POBRE PERO CON DERECHOS
—¿Qué creencias abandonó, o la abandonaron, desde que comenzó a trabajar?
—Creía, muy románticamente, que un pueblo educado artísticamente podía ser un pueblo crítico políticamente. Esto no siempre acontece. Lo que sí mantiene vigencia es que el contacto con el arte, tanto desde el hacer como desde el análisis, prepara mejor a las personas para responder a las dificultades de la vida. Porque amplía la percepción, desarrolla el pensamiento crítico y fortalece capacidades.
—¿Hay pruebas de esto último?
—La cognición humana, para mí, involucra tres capacidades: ver, analizar, responder. El educador y artista estadounidense James Catterall hizo un macrorrelevamiento de investigaciones académicas en distintas disciplinas artísticas, que prueban que ellas favorecen procesos cognitivos, entre muchos otros. Encontró unos 45 estudios sobre música, unos 23 sobre teatro y sólo cinco sobre artes visuales, porque es un área donde escasea este tipo de estudios.
—¿Favorece otras funciones, aparte de la cognición?
—Hay por lo menos tres procesos involucrados en el aprendizaje del arte. El primero es el hacer, es increíble el esfuerzo que nos demanda tener una idea y transformarla en algo comunicable a otro. El segundo proceso está ligado a la percepción del arte, y el tercero a la atribución de significados. Todo esto es muy creativo y trasciende el mundo de los objetos, para abarcar las acciones. La performance sería un ejemplo. Y la estética relacional. La idea de que el arte es un fenómeno que se realiza sólo en la interacción humana. Y que los contextos históricos, antropológicos, sociológicos y demás, de una obra, son los que permiten entenderla y relacionarla con otras.
—Desde el lado del creador se podría argumentar que nadie necesita todo eso para apreciar su obra.
—Ese fue el credo del último modernismo, embanderado con la autonomía del arte. No importa quién lo hizo ni el contexto donde surgió. No puede enseñarse y no importa entenderlo. Estas concepciones no fueron las del primer modernismo, el de Picasso, de la Bahaus, y otros. Fue el dominado por el abstraccionismo y por el grupo neoyorquino liderado por Clemente Greenberg, personaje funcional a la necesidad que tenía Estados Unidos de expandir, en los años ochenta, su influencia. Financió a Greenberg para que liderara una especie de cruzada del arte autónomo, que luego demostró fehacientemente su inutilidad.
—En uno de sus trabajos habla de la importancia de no confundir creatividad con “espontaneísmo”.
—La creatividad, por suerte, volvió a la educación, luego de un esplendor en los sesenta y setenta, y una desaparición en los ochenta. Volvimos a valorarla como lo que es, un pilar de toda la educación, no sólo artística. Ahora sabemos que en cultura no hay nada espontáneo, todo es construido, y somos menos ingenuos en cuanto a la virginidad expresiva del niño, cargado de informaciones de toda índole. Él construye su pensamiento visual, y debemos ayudarlo a decodificar el aluvión de signos que lo inundan. Adhiero a la alta valoración que tiene el posmodernismo de dos de los 180 componentes que posee la creatividad: la elaboración y reelaboración. La capacidad de elaborar y reelaborar la realidad es una de las carencias más señaladas en la juventud que delinque, aseguran algunas investigaciones.
—La elaboración puede aportar resiliencia pero no suprime las inequidades.
—Por supuesto, el arte en sí no transforma nada, se necesitan políticas sociales integrales, humanísticas. Brasil, ahora, está en la “onda” de intentar resolver todo con la educación técnica.
—Igual que el gobierno uruguayo.
—Este es un asunto importantísimo, los pobres, ¿no tienen derecho a filosofar? Que sea tornero no quiere decir que no pueda gustarme, incluso encantarme, la filosofía. ¿Porque soy pobre debo aprender sólo sobre lo que me dará dinero?
—Bueno, como sea hay que ganarse la vida.
—Para eso tengo la misma respuesta que dio Isadora Duncan a las madres de la revolución rusa que le hicieron un piquete cuando fue a Rusia a dar clases. Le gritaron que para sus hijos querían pan, no danza. Ella replicó: “Aun sin pan, ¿vamos a prohibirles danzar?”.
—Pensemos en la figura del docente de arte. Su primera expectativa es ganar un salario digno.
—Con docentes mal pagos no puede haber educación de ningún tipo. Pero también está el tema de la preparación. No concibo un docente que no esté permanentemente actualizándose, es un deber que imponen estos tiempos de cambios vertiginosos. Este es uno de los puntos del debate educativo que más resisten los gobiernos, porque supone inversiones. Una posibilidad de abordarlo, para mí, es la educación a distancia, que en el área de las artes visuales optimiza beneficios.
—Usted aboga por trabajar con dos docentes, el del curso y otro especializado en arte.
—Sí, esto en la escuela primaria, etapa de percepción sincrética del niño. En Inglaterra conocí una experiencia fantástica que utilizaba tres profesores, uno para el lenguaje discursivo, otro para el científico y otro para el simbólico. Y todos los alumnos pasaban por los tres. Saltarán a decirme, enseguida, que esto es muy caro, y tienen razón. La educación es cara, pero es mejor invertir en ella que en cárceles. Brasil está haciendo eso, gastando más en rejas que en aulas.

{restrict}BATALLAS DEL CONOCIMIENTO
—Ha investigado mucho en artes visuales. ¿Por qué?
—Estoy convencida de que es un área que potencia las virtudes de la educación artística.
—¿Alguna otra razón?
—Para responderte debo hablar de asuntos personales. Mi madre, concertista de piano, murió cuando yo tenía 6 años, y mi abuela, que me crió, siempre repetía que, al contrario de ella, yo era una niña desprovista de talento. Eso me llevó a bloquear por completo el contacto con la música y a refugiarme en los libros de artes visuales que poblaban la gran biblioteca que había en casa. Mi educación preescolar fue buena porque la transité durante el auge de la “escuela nueva”, corriente que estimulaba el dibujo y la plástica, y hasta introducía al uso de herramientas artesanales. Pero luego entré a una escuela de monjas y fue terrible.
—Su abuela la puso allí.
—Claro. Un día la monja que acababa de dar una charla evangélica sobre el trigo y la cizaña colocó en la pizarra la imagen de una mariposa para que todas la dibujáramos. Agregué a mi dibujo muchos elementos que no estaban en el original, y cuando se lo entregué lo rompió en varios pedazos antes de arrojarlo a la papelera y decirles a las compañeras: “Ustedes son el trigo y ésta la cizaña”. Estuve un año en ese lugar espantoso y comencé a pelear por ir a una escuela pública menos represora. Precisamente por eso mi abuela se negaba a dejarme ir. Por fin cedió. Luego de concluir la educación media en Recife comencé otra batalla con ella, para ir a la universidad.
—¿Conservaba poder, a esa altura?
—Ni mis tíos se atrevían a enfrentarla. Quería hacer medicina pero ella puso el grito en el cielo porque, para empezar, sólo los hombres de la familia iban a la universidad, y para seguir, ¿en qué cabeza cabía que una muchacha de buena familia anduviera rodeada por hombres entre cuerpos desnudos?
—¿Tiene hermanos usted?
—Fui hija única. Mi padre murió antes que mi madre, cuando yo tenía 3 años. La familia de mi padre era liberal, de políticos y escritores, y la de mi madre muy conservadora; habían perdido la plata pero no la pose. Como alternativa a la oposición de mi abuela decidí inscribirme en la Facultad de Derecho, y aun así tuvo que ayudarme una amiga del alma, Eunice Robalinho. En esa época la mujer no estudiaba, su misión era prepararse para el matrimonio. Eunice me acompañó a dar el examen de ingreso a la facultad, pomposo y teatral, lleno de padres acompañando a sus hijos. Compartíamos infortunios con Eunice, recién después de que su marido murió y que los hijos que había tenido muy joven crecieron, pudo estudiar y recibirse de bibliotecóloga.

DE PAULO FREIRE A EMIR RODRÍGUEZ MONEGAL
—¿Obtuvo el título de abogada?
—Me gradué pero nunca ejercí, porque conocí temprano a Paulo Freire.
—¿Dónde?
—En un curso de preparación para el ingreso a la carrera docente. Vuelvo un poco hacia atrás: una de las maneras que mi abuela encontró para coartarme el acceso a la universidad fue negarme dinero para pagar el examen de admisión. Es un examen que no apruebas sin ayuda. Le dije que trabajaría para pagarlo y ella me dijo que de ninguna manera, que si quería un ingreso fuera a enseñar. Entonces me inscribí en un curso preparatorio para el examen de admisión a la carrera de profesorado, en el que Paulo Freire daba portugués y teoría de la educación. Coherente con el valor que adjudicaba a la opinión de sus alumnos, en la primera clase nos pidió que escribiéramos en una hoja por qué queríamos ser profesoras. Leyó las respuestas y devolvió las hojas a todas, menos a mí. “Venga mañana, tenemos que conversar”, dijo.
—¿Qué había respondido?
—Que no quería ser profesora, porque la educación era abominable. Al otro día la charla duró tres horas, y me reveló que existía una educación más allá de la que yo había padecido. Paulo fue amigo, además de maestro. Ya adelantada en el curso de profesorado quise abandonar derecho y él me convenció de lo contrario. “Termina, el derecho te dará una hermenéutica muy útil”, me dijo. Años después lo verifiqué. Paulo integró el jurado que evaluó mi tesis de aspiración al cargo de docente titular en la Universidad de San Pablo. Basé ese trabajo en mi propuesta metodológica triangular –hacer, ver, contextualizar– para la educación artística. Él comentó, sonriendo, que mi tesis era un ejemplo de aplicación de la hermenéutica al arte.
—Y hay una anécdota suya sobre Emir Rodríguez Monegal.
—Un hombre extraordinario. Lo conocimos con mi marido, Joâo Aleixandre Barbosa, en San Pablo, y Emir lo invitó a dar una charla literaria en la Universidad de Yale. Fuimos los dos, y cuando llegamos, ante la falta de un profesor, Emir me convidó a dar clases. Fue un momento fantástico, de apogeo del boom latinoamericano. Aunque mis experiencias en el exterior han sido un tanto esquizofrénicas.
—¿Por qué?
—Cuando resolví hacer una maestría en un college de Connecticut, el director me recibió con la pregunta de cómo iba a financiar mi formación. “Con fondos propios”, respondí. “Entonces debo advertirle que es casi seguro que fracase; la educación en Sudamérica es muy mala, y aquí, muy buena y exigente.” Todos mis compañeros –no había ningún sudamericano– me trataban con parecida frialdad. El primer semestre decidí hacer una sola disciplina, de las diez que cursé después, para concentrar todas mis energías en ella. Cuando lo terminé los mismos compañeros que me habían ignorado me hicieron un reconocimiento y el director me pidió que representara al college en un congreso al que asistiría. Fue la forma que encontró de pedirme disculpas (sonríe).
—¿Qué disciplina era?
—Fundamentos del arte en la educación.
—También fue la primera brasileña en conseguir ese doctorado en el extranjero.
—En Boston. Al regreso de esa experiencia tuve la satisfacción de inaugurar una línea de investigación para maestría y doctorado en arte y educación en la Universidad de San Pablo.
—De la que sigue siendo docente.
—Me jubilé como profesora pero oriento doctorados. (Silencio repentino.) Hubo una desgracia muy grande en mi familia que mi marido, ya fallecido, no pudo superar. Mi hija, una productiva profesora de arte en la universidad, tuvo un derrame cerebral que la dejó sin movimientos, ni habla. Hace diez años que está así. Conseguí que le diseñaran un aparato computarizado especial, con un alfabeto en colores que va ofreciendo letras, y ella, con el mouse colocado bajo el mentón, cliquea con la cabeza para seleccionarlas. Cuando termina de “escribir” –una página puede llevarle cuatro horas– sale una voz que lee lo que puso. En estas condiciones ella hizo un doctorado y defendió la respectiva tesis. Además da clases de arte para niños con parálisis cerebral en una organización no gubernamental.
—¿Cómo es su nombre?
—Ana Amália Tabares Bastos Barbosa. Enterado de que iba a defender su tesis, un amigo la llamó para preguntarle si le permitía redactar una pequeña noticia al respecto en un periódico de San Pablo. Redactó una página entera, con foto de ella dando clases en la portada. Consecuencia: los principales canales de televisión de San Pablo se presentaron en el salón donde defendería su tesis. Su orientadora pensó en prohibirles la entrada pero alguien recordó que como era un acto abierto y público, si la examinada no se oponía podían permanecer. Ana Amália no se opuso.
—¿Es hija única?
—No, tengo un hijo poeta y director de un centro cultural paulista, que posee la biblioteca completa de Haroldo de Campos. n

*     Organizada por la Dirección de Educación del Ministerio de Educación y Cultura (mec) a través de la Comisión Honoraria de Educación y Arte, junto a la Unidad de Educación de la Dirección General de Cultura de la Intendencia Departamental de Maldonado, la Primera Bienal de Educación Artística tomó a Maldonado del 17 al 23 de setiembre con múltiples propuestas y la presencia de 11 artistas y especialistas nacionales y extranjeros.

El valor de la ambigüedad
En la conferencia que ofreció en el teatro Cantegril de Punta del Este, Ana Mae recordó con deleite su participación en el movimiento Escuelita de Arte, de Brasil, que fundó en 1948 en Rio de Janeiro el artista pernambucano Augusto Rodrigues (1913-1993) y llegó a tener más de trescientas escuelas en su país y una en Paraguay, además de constituirse, subrayó, en la primera institucionalización de la educación artística modernista en Brasil. “La mejor cualidad del arte es la ambigüedad –agregó después–, porque nos ayuda, entre otras cosas, a diferenciarlo de la publicidad.”

Ana Mae Barbosa
Trazos
Para cursar su maestría en Connecticut, Ana Mae Barbosa solicitó en 1972 una beca al capes, agencia brasileña de fomento a las investigaciones de posgrado universitario, y le fue negada porque el organismo no reconocía a la educación artística como área de investigación. La invitación de Emir Rodríguez Monegal a dar clases en la Universidad de Yale fue lo que le permitió financiar esa formación y completarla, dos años después, en el Southern Connecticut State College.
En 1979 obtuvo el doctorado en educación humanística en la Boston University de Estados Unidos, al cual añadió posdoctorados posteriores, uno en la University of Central England y otro en la Columbia University.
Fue profesora visitante de las universidades estadounidenses de Texas y Ohio, y directora del Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de San Pablo (mac-usp).
Retirada de la docencia en la Universidad de San Pablo, sigue ejerciéndola en la Universidad Anhembi Morumbi, de la misma ciudad.
Publicó 30 libros, algunos en coautoría, sobre distintos aspectos de la educación artística, e incontables artículos.
Recibió, entre otras distinciones, el premio Herbert Read de la unesco en 1999, y en 2003 la Orden al Mérito Científico del Ministerio de Ciencia y Tecnología de Brasil. {restrict/}

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