La noche del 15 de setiembre despertó en Buenos Aires el culto por lo heroico. Como ante quien escala una alta cumbre o corre una maratón. Por algo cuando en Grecia había Juegos Olímpicos había tregua sagrada: la heroicidad se mostraba en los Juegos, no en la guerra. Esa heroicidad que implica probar temple, ejercitarse, darlo todo y creer que se es quien se quiere ser.
Eso quiso mostrar Maravilla Martínez y lo ha hecho. Durante 12 campanadas, como en el baile de la Cenicienta, sostuvo 12 rounds, mágicamente. Cuentan que hubo cuatro millones de televisores encendidos mucho más allá de la medianoche en Argentina mientras él daba en Las Vegas, en el Thomas & Mack Center, una exhibición despampanante.
Con los pies más tiempo en el aire que en la lona (como Ray Sugar Leonard), con los brazos laxos al costado del cuerpo y los hombros coqueteando (como Nicolino Loche), Maravilla punteaba con la derecha y golpeaba con una izquierda que no dejó adivinar que estaba fisurada desde el cuarto round.
Doce campanadas. Boxeó como los grandes. No sabíamos que lo era. Ni que el boxeo puede ser eso: un baile, un ejercicio de acechanza y aguante, de evasión y presencia. De permanente respeto por el adversario aunque se busque vencerlo. Eso es impresionante en Maravilla Martínez: no boxea con soberbia ni con prepotencia ni con miedo. Boxea confiado en lo que sabe, en su duro entrenamiento, en su deseo de ser mejor.
Julio César Chávez Jr –más joven, más alto, más fuerte– entró al ring con cara de niño, vincha roja y precedido por su más difícil competidor en la vida: su padre –con su mismo nombre de emperador, de smoking pero también con vincha roja– entró primero al ring. Qué difícil llegar a adulto con semejante padre.
Durante 11 rounds, Chávez Jr miró perplejo a Maravilla entre sus guantes rojos casi siempre a la altura de su cara. Si la pelea fuera dibujada en historieta, sobre su cabeza se habría visto un globito: “¡Yo no sabía que boxear es esto!” Aun así, atinó a proponerse el knock out. Y pareció conseguirlo en el envión final. Maravilla cayó en la lona. Por segundos, cayó. El honor de Junior repechó los tremendos 44 minutos anteriores durante los que debió pensar –por lo menos 11 veces, una al fin de cada round– que ya no podría levantar cabeza frente a su padre ni frente a los mexicanos. Hasta eso fue parte de lo bueno esa noche. Que el joven Chávez, con la cara tumefacta, pudiera sonreír. Perdió, pero en lo que duró un relámpago mostró su fuerza. (Un relámpago... y después, el trueno: el doping positivo y la multa: retiro de “la bolsa”, cuantiosísima, y del ring, por un año.)
Sergio Maravilla Martínez, con una rodilla y una muñeca lesionadas, un corte en el cuero cabelludo y otro sangrante en el párpado izquierdo, al escuchar las tres votaciones de 117-110, 118-109 y 118-109 que hicieron pasar sobre su sonrisa inmensa la faja del Consejo Mundial de Boxeo al Campeón de Peso Mediano, fue lo que sabe ser: un tipo heroico, el mejor boxeador de su categoría en el mundo.
Golpe a golpe. Los argentinos, con esta pelea –que podría haber filmado Clint Eastwood– recuperan la fe perdida en el boxeo como deporte, como técnica, como sueño del pibe. Les encanta (más que haber ganado un campeonato mundial) la gloria de un deporte que les fue querido y que mantenía su brillo más en la literatura o en los tangos que entre las cuerdas.
Hubo una época en que la luna rodaba por Corrientes, hasta Bouchard. Allí resplandecía. Las noches del Luna Park no eran para Charlie ni para Sabina: un cuadrilátero iluminado centraba el fervor. El boxeo apasionaba.
El Luna –que entró en menguante hace 35 años– aplaudió al Mono Gatica (preferido por Perón), a Justo Suárez (que Cortázar transformó en “Torito”), a Nicolino Loche (no habrá ninguno igual), al trágico Monzón, al querible Ringo Bonavena, “seguro huésped del Reino de los Cielos.”
Al boxeo lo hacen los boxeadores. Cuando aparece uno ejemplar levanta una ola de afecto como la que sienten por los toreros quienes ven el mito por encima de la sangre en la arena. Pese a la sangre. Pese a las mafias. Es terrible. Es así.
Falta ahora que el Luna reciba a Maravilla, que tiene entre sus sueños “una pelea en Argentina”. Porque éste no vive aquí sino en España, donde trabajó duramente para ser el que es.
Escribo esto para perdonarme por haber creído siempre que el boxeo es un espanto. Entre reflectores, lentejuelas y sonidos que sólo allí se escuchan, hay espanto. Pero algo misterioso alienta en algunos: el deseo de ser campeón.
Y hay también una tradición de elegancia (a lo Newbery, “el elegante que calzó de cross” a los guapos de Corrientes y Esmeralda), a lo Ray Leonard, de técnica, de disciplina, y ése es el boxeo de Maravilla.
También escribo porque de las entrevistas de María Esther Gilio –campeona pluma, de gracia saltarina– la que prefiero es la que empieza: “Aquí Ringo Bonavena, 93 quilos...”