El sabio y el artesano (II)
- Última actualización en 28 Septiembre 2012
- Escrito por: Brecha
Esta es la segunda parte de una columna publicada la semana pasada. Allí se sostenía, en resumidas cuentas, que varias discusiones que tienen que ver con el presente y sobre todo con el futuro de la educación uruguaya son circulares y en definitiva inconducentes, pues están afectadas por una falsa dicotomía: la que opone una cultura basada en el trabajo intelectual a otra basada en el trabajo manual. Esa falsa dicotomía puede tomar superficialmente diversas formas: la oposición entre teoría y práctica, entre formación libresca y formación técnica, entre valores espirituales (como verdad y belleza) y valores materiales (como utilidad y eficiencia), entre otras muchas.
En la base de todas esas oposiciones falsamente excluyentes está la distinción entre conceptos y herramientas, es decir, entre mecanismos de representación e interpretación de la realidad –por una parte– y meros instrumentos –por otra–. Pero esa distinción está radicalmente mal. Es estéril y peligrosa. Basta considerar cualquier situación real mínimamente compleja para que la distinción misma colapse y se vuelva arbitraria o imposible de sostener.
Como se dijo, muchos de los debates educativos que se han dado en el país en los últimos lustros están viciados por esa falsa oposición. Sin ir más lejos, la idea (muy extendida) de que la educación de hoy está llena de materias “inútiles”, “de relleno”, que no sirven en absoluto para eso que algunos llaman “la vida” y otros “el trabajo” o la “inserción social”, es sólo uno de los polos de una falsa dicotomía que en el otro extremo tiene a la idea (también muy extendida) de que alguien que sólo ha adquirido competencias prácticas más o menos especializadas no ha recibido propiamente educación, sino alguna otra cosa (capacitación, adiestramiento, entrenamiento, o como sea que se le quiera llamar).
Este debate está instalado en la educación uruguaya desde que el autor de estas líneas tiene uso de razón y es simplemente un callejón sin salida en que unos desprecian los saberes instrumentales (por un prejuicio intelectualista) y otros desprecian los saberes teóricos (por un prejuicio simétrico, de carácter utilitarista). En cualquiera de los dos casos el absurdo tiene su origen en no reconocer el carácter instrumental de los conceptos: el hecho de que han sido forjados lenta y trabajosamente para facilitar ciertas tareas y resolver problemas, como cualquier otra herramienta.
Debería ser bastante obvio que lo importante no es cuán práctica o aplicada (por oposición a teórica y libresca) es la formación que ha recibido una persona, sino más bien cuán amplia y variada es la gama de herramientas que ha aprendido a usar. Y también cuál es el grado de destreza que ha alcanzado en su manejo. Es una verdad de Perogrullo que nadie puede llegar a manejar en forma competente todas, ni siquiera la mayoría, de las múltiples herramientas (manuales e intelectuales) que la humanidad ha forjado a lo largo de miles de años de evolución cultural. Pero la enseñanza debe contemplarlas en su conjunto: todas deben estar disponibles.
Es inconducente discutir, en uno de los extremos de la dicotomía, acerca de la mayor o menor utilidad práctica de actividades como resolver ecuaciones diferenciales, analizar textos literarios, reparar motores, hacer cirugías cerebrales, crear algoritmos, cocinar, buscar y analizar documentos históricos, fabricar marcapasos, detectar y analizar falacias en los discursos públicos, fabricar vacunas, probar la resistencia de materiales, mejorar plantas y animales, modelar la estructura tridimensional de las proteínas y un sinfín de etcéteras. Ninguna de esas actividades es ociosa o inútil. Todas ellas, por su parte, suponen el uso de herramientas, a veces muy complejas.
En el otro extremo de la dicotomía, discernir si alguien que, pongamos por caso, se ocupa de secuenciar cadenas de ácidos nucleicos ha recibido una verdadera educación integral y crítica, que lo haya formado para el ejercicio creativo de su profesión y la participación lúcida y responsable en la discusión de los asuntos públicos (en oposición a una mera capacitación o adiestramiento para la ejecución quizás rutinaria de tareas específicas) es algo que resulta imposible. Desde luego que hay personas incapaces de tomar un mínimo distanciamiento crítico y reflexionar (en términos morales, epistémicos u otros) sobre su propia práctica y su lugar en el mundo, pero ese déficit desgraciadamente no se soluciona con ninguna receta que sea conocida. Lo máximo que puede hacerse es tratar de dar a las personas una educación tan rica como sea posible y tratar de fomentar ese espíritu crítico a cada paso.
Hoy en día muchos uruguayos reciben una educación muy pobre, que los hace incapaces de manejar en forma mínimamente competente siquiera las herramientas más básicas y universales: las que ofrece su propia lengua materna. Mientras otros uruguayos, que se supone han aprendido a manejar esas y otras herramientas con destreza, sigan discutiendo los problemas de la educación sobre la base de dicotomías estériles, las cosas no van a mejorar mucho en el futuro próximo.


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