¿Cuánto suelo podemos perder?
- Última actualización en 05 Octubre 2012
- Escrito por: Salvador Neves
“Todos respiramos aire y casi todos tomamos agua, pero casi ninguno come tierra”, observó el agrónomo Martín Bordoli, que se estaba perdiendo parte del programa para contar a Brecha sus averiguaciones sobre suelos dedicados a la soja. La sentencia quería explicar lo que alguien llamó la “soledad del suelo”. Escondido bajo el asfalto o el pasto, patria de gusanos y sapos, destino general de los cadáveres, el suelo atrae mucho menos atención de la que merece, suelen decir los que lo estudian. Incluso el nombre de su ciencia, edafología, es poco conocido.
Se pensaría que esto no pasa en una institución como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (fao). Sin embargo el asunto “Tierras y aguas” es el objeto sólo de una de las 29 divisiones en que el organismo reparte sus tareas. El boliviano Roland Vargas Rojas, designado en abril como “oficial técnico en suelos y ordenamiento de tierras” de esa división, decía en una entrevista en el blog El Universo Invisible que el tema había dejado de tratarse específicamente. El dinero se orientaba a proyectos de enfoque “holístico”, como la seguridad alimentaria, donde la tierra aparecía pero “lateralmente”.
La información edafológica está “fragmentada” y “desactualizada”. Los datos disponibles son “heterogéneos y difíciles de comparar”. Además “el conocimiento está, mayormente, en manos de los científicos del suelo, no es accesible (...) y no está adaptado para hacer frente a los problemas o a las agendas actuales de desarrollo”. Para colmo hay una “escasez creciente de talentos humanos” ocupados en el tema. Esto se lee en el propio portal de la fao, organización que reaccionó creando el mes pasado un organismo (la Alianza Mundial por el Suelo) para articular los esfuerzos dispersos, igual al generado para el agua hace ya 16 años. Como suele suceder, primero se notará en el calendario: a partir de este año el 5 de diciembre será el Día Mundial del Suelo.
Pero Vargas Rojas está seguro de que la materia de verdad “ha vuelto a la agenda”. El motivo es conocido: desde los años sesenta hasta hoy la población mundial se duplicó. A la vez hay algunos más que comen y otros que comen más: la población se multiplicó por dos pero la producción de alimentos lo hizo por 2,6. Hasta ahora esto se ha logrado sobre la base de la producción en gran escala, el uso masivo de fertilizantes minerales, plaguicidas, herbicidas, maquinaria pesada y mucho gasoil, con consecuencias que se advierten hace tiempo: demasiadas tierras erosionadas y compactadas por la mecánica del laboreo, desnutridas por el monocultivo o salinizadas por el impacto de algunas fertilizaciones. Hay tierras envenenadas e incluso indicios de que –en la medida que los suelos se degradan– pasan de “secuestrar” los gases de efecto invernadero a liberarlos.
Y en esta escalada no parece posible pisar el freno. Según la fao lo producido alcanza para que cada persona reciba por día 400 gramos de alimentos de origen vegetal y 115 de alguna carne, lo que podría ser suficiente. Claro que además eso no se reparte parejo, lo que hace que, alcanzando para todos, uno de cada ocho congéneres esté subnutrido. Por otra parte los demógrafos anuncian que la población mundial pasará de 7.000 a 9.000 millones en los próximos 40 años. Que eso acabe en fiesta o tragedia dependerá en gran medida del modo en que tratemos al suelo.
Los de este continente vienen solucionando una parte cada vez más importante del problema, y eso no debió ser ajeno a la decisión de la decimooctava conferencia de la International Soil Tillage Research Organization (istro) de aceptar la oferta uruguaya de realizar la decimonovena por acá. El agrónomo José Terra, técnico del inia en Treinta y Tres y presidente de istro-Uruguay, señaló a Brecha que un grupo de técnicos del inia y la Facultad de Agronomía venía trabajando en eso hace ocho años. Fernando García Prehac, decano de Agronomía, dijo a El Espectador que fue indispensable no perderse ninguna oportunidad de presentar papers para que aquella gente creyese en la existencia de Uruguay. Terra agregó a Brecha que hubo que formar una organización local, la Sociedad Uruguaya de Ciencia del Suelo, para estimular estas pesquisas, y cuando en 2010 las autoridades de istro estuvieron de visita, mostrarles que acá podía hacerse algo así.
Es decir, bastante grande: hubo 810 participantes, 400 trabajos presentados (el tiempo dio para exponer oralmente menos de 150), además de nueve conferencistas invitados. La gente venía de sitios tan dispares como la Iowa State Universty, de Estados Unidos, o la de Maraghegh, de Irán. Había investigadores nigerianos de la Universidad de Llorín y chinos del Instituto de Ciencias del Suelo, de Nanjing. El grueso de la concurrencia fue, sin embargo, europeo y sudamericano. Por cierto que no faltaron representantes de la Empresa Brasileira de Pesquisa Agropecuária ni del argentino Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria. Los trabajos presentados sugieren una agenda orientada por seis grandes preocupaciones: qué efectos tendrá el cambio climático en el suelo; cómo lograr que éste no pierda más carbono orgánico; cuán compactados están los suelos (y cómo se lidia con eso); qué cultivos de cobertura ayudan a conservar mejor el recurso; cuáles están siendo los resultados de los sistemas de siembra directa y cómo afectan a los terrenos los distintos cultivos.
EFECTOS SOJEROS. El interés por los efectos de la soja fue muy visible en la asistencia a las sesiones dedicadas al tema. El lunes 24 el argentino Roberto Álvarez, catedrático de la Facultad de Agronomía de la uba, dictó una conferencia sobre las consecuencias que ha tenido en la pampa. Analizó los resultados de 30 años de establecimientos que plantaban la leguminosa en verano y cereales en invierno. Sus gráficos mostraban que los profundos suelos de esa región habían soportado bastante bien ese sistema pero también que no lograrían resistirlo durante 30 años más.
El agrónomo uruguayo Martín Bordoli, que expuso a la mañana siguiente, estaba interesado en otros suelos, los más frágiles del país, situados en su mayoría al este, al noreste y algunos en el centro. Son tierras que se degradan rápidamente si se las trabaja de modo tradicional. Si llueve después de que se ha arado, el agua barre con sus escasos nutrientes y la calidad de la tierra se viene a pique. Pero los métodos de siembra directa, que arañan la tierra apenas lo necesario para introducirle la semilla y los fertilizantes, han permitido plantar soja en ellos.
“Los que tenemos más años ya vivimos el otro boom de soja que hubo a mediados de los setenta, impulsado sobre todo por arrendatarios brasileños, y que terminó con zonas de suelo totalmente destrozadas, sobre todo en Tacuarembó, Rivera y en el este”, contó Bordoli a Brecha. La investigación que presentó a la conferencia se basaba en el relevamiento de 178 chacras dedicadas a la producción sojera. El análisis de sus suelos, a nivel superficial y profundo, le mostró resultados preocupantes: 23 por ciento de ellos presentaba deficiencias graves de potasio, un 34 mostraba niveles de acidez superiores a los deseables (factor que dificulta la absorción de nutrientes por las plantas) y en el 54 por ciento las cantidades de fósforo eran insuficientes.
Una de las causas de este deterioro es que muchos productores sólo cumplen con una parte de las prescripciones del sistema de siembra directa. La metodología implica también que las franjas de suelo descubiertas sean protegidas con rastrojos. Éstos impiden que la lluvia se lleve los nutrientes y, al descomponerse, devuelven a la tierra algo de lo perdido. Esos rastrojos se obtienen como residuo de otros cultivos que deben alternarse con los de la leguminosa, dado que los que deja ésta son muy escasos. Pero todo este capítulo del manual suele olvidarse.
Hay poderosas razones económicas para ese olvido. El agrónomo José Terra señaló a Brecha que sorgo y maíz serían los cultivos más adecuados para alternar con los de soja, pues se complementan nutricionalmente y dejan muy buenos rastrojos. “Pero el tema es que en nuestro país los mercados de sorgo y maíz no son muy cristalinos. Están atados a los sistemas de producción animal, cuya demanda es muy variable, lo que hace que sus precios sean terriblemente inestables. El productor sojero puede saber qué precio tendrá su cosecha con un año de anticipación. Además en este rubro están desapareciendo aquellos vaivenes cíclicos del año en que se planta poco y entonces el precio mejora y luego todo el mundo planta lo mismo y el precio se desmorona. Pero con el maíz y el sorgo eso sigue pasando.”
Esta realidad podría cambiar porque en breve Alur empezará a necesitar sorgo para elaborar biocombustibles, y porque la demanda internacional de maíz está empezando a ser sostenida y predecible. Pero para Terra “el secreto de la soja está en encontrarle su lugar en los ecosistemas”, y está claro que ni él ni Bordoli, ni el propio ministro Tabaré Aguerre (quien lo asentó en el discurso con que inauguró la conferencia), piensan que los frágiles territorios aludidos puedan ser explotados intensivamente. Por el contrario, los tres coincidieron en que el destino más lógico de esos suelos es explotarlos con el sistema tradicional: sacarles una cosecha por año y después plantar pasturas para alimentar ganado. La alternancia de soja con sorgo y maíz debería quedar reservada a las buenas tierras del litoral.
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