Hablando se entienden los pibes

A Marley le pusieron así por los dreadlocks que ya no se amontonan en su cabeza y porque se la pasaba todo el día fumando porro. Hecha la fama no se echó a dormir: salió a conversar con los adolescentes que se la pasaban todo el día fumando pasta base y papando moscas. Algunos encararon, otros no.

Casavalle, su barrio adorado, parece estar ahí para recordarle a la capital de la antigua Suiza de América que está bien ubicada en América Latina. Los techos de chapa de las casillas atadas con alambres y amuradas con clavos torcidos abrigan a una tercera parte de los niños que nacen en esta zona sur del país. Las madres (no vi ni un solo padre) capitanean el rumbo de los pequeños que van, bien abrigaditos y chupete en boca, en unos cochecitos que parecen triciclos –tienen hasta pedales– por las inmediaciones de la policlínica del padre Cacho, en la avenida San Martín.
Allí hace más de dos años que Marley, de unos 30 años, trabaja honorariamente intentando que los consumidores de “esa mugre” –como denomina a la pasta base de cocaína (pbc)– se hagan una rutina distinta, jueguen al básquet, al fútbol, se metan en los talleres de panadería o consulten al médico o los psicólogos del primer nivel de atención. Para que puedan tener un consumo un tanto más responsable. “De última, que consuman, pero el rato que no consumen que hagan básquetbol, para que se sientan alguien”, explica convencido. Algunos no encararon, otros sí. Frente a la policlínica hay un almacenero al que le pareció importante darle la chance de hacer el pan para su humildísimo negocio a un panadero joven, el muchacho “se rescató”, ejemplifica Marley.
Este solitario casavallense recorre las esquinas del barrio charlando con los pibes para tratar de hacerles entender que no se puede andar por la vida todo sucio, sintiéndose una porquería y despreciado por los otros, que es posible tener un laburo, o varios, armarse otra vida y también consumir, pero después de hacer las cosas que cada uno sabe que hay que hacer para robarle unas sonrisas al cantegril. No siempre Marley tiene los ánimos por las nubes, el piso también le tira y ha recaído unas cuantas veces.
Mientras conversábamos sentados en los escalones de la entrada a la policlínica, algunas piedritas pasaban sobre nuestras cabezas, dirigidas hacia la garita policial alojada en un contenedor dispuesto frente al centro de salud. Las chapas sonaban y Marley evocaba los momentos cuando ese deporte era el único que medía las destrezas de los competidores. Y no sólo eran piedritas, también se arrojaban bombas molotov contra el contenedor, lo que desencadenó la furia de los uniformados. Ahora vuelan pedregullos y un niño de 10 o 12 años que camina entre un quinteto de amigos le grita de pasada una guarangada al “policía 911”.

PELOTAS Y PARLA. Desde hace dos años, cuando Marley logró reunir las voluntades necesarias para construir una cancha de básquetbol y fútbol detrás de la policlínica, los ataques a la Policía disminuyeron en gran medida. Y no sólo eso, sino que las generaciones más jóvenes parecen estar más ocupadas en la pelota que en marcarle la cancha a la cana, que, por otra parte, siempre termina ganando.
Marley, que estudió para electricista, ha montado espectáculos musicales para todos los gustos con el equipo de salud de la policlínica. Es un referente cultural en un barrio de espacios recreativos inexistentes, salvo por la cancha que hicieron los pibes y otra donde practica el Sportivo Cerrito. La cancha además tiene varios juegos infantiles y se llena de mamás jóvenes, lactantes y más niños. El ágora también es utilizada por pibes que sólo fuman porro y que antes miraban a los lateros con desprecio. Pero después de que los vieron laburar en pos de la cancha y de pelear por hacer una cosa distinta, empezaron a integrarlos al lugar, y los que estaban “rotos” se preocuparon por estar un poco mejor... convivencia, le dicen.
Entre 2000 y 2003, Marley y otros jóvenes del barrio participaron de un programa de reducción de riesgos y daños llevado adelante por la ong El Abrojo, que disponía de un ómnibus para hacer actividades de todo tipo: deportivas, laborales, y varios talleres. Pero el ómnibus quedó abandonado y lo terminaron desarmando, hasta que no se sabe quién lo prendió fuego. Marley quedó a la deriva, volvió al consumo desenfrenado, perdió la confianza de su familia y anduvo entre la calle y las casas de amigos.
Piensa que si la propuesta hubiera seguido, mucha gente no se hubiera “arruinado” en Casavalle y Los Palomares. “Eso ayudó, sacó a mucha gente porque les daba cosas para hacer, nos pasaban piques para encarar, para cambiar la cabeza y zafar un poco de la rutina de mierda. Estaba buenísimo, se armó terrible grupo”, reconoce con pena. Hace tres años Marley se enteró del programa de drogas en la policlínica del padre Cacho y participó en un taller de animadores. Él es entrador, tiene pasta de orador, lo quieren y lo conocen en el barrio, por eso las psicólogas le dijeron que saliera a la calle a darles una mano a los que andaban sin rumbo. Salió y le fue bastante bien.

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