La palabra orgullo
- Última actualización en 05 Octubre 2012
- Escrito por: Ricardo Scagliola
Todo empezó veinte años atrás con unos pocos manifestantes. Habían colgado un pasacalle entre dos árboles de la plaza Libertad. “Basta de discriminación”, se leía. Dos décadas después, una multitud alzó las banderas multicolores de la diversidad para renovar el reclamo de igualdad y repudiar los asesinatos de siete mujeres trans en lo que va del año. Fue una fiesta de contenido político aunque, como todos los años, hubo carrozas convertidas en discotecas rodantes, monjas de tacos, niños, viejos, agrupaciones partidarias, turistas atónitos y curiosos de paso. Desde media tarde la plaza Independencia se había vuelto un punto de encuentro con aires de shopping. Las actividades empezaron a esa hora, con una feria de productos alusivos, como pegotines con dibujos de familias igualitarias, o mousepads con el arco iris. En tiempos en que apoyar la diversidad también se pone de moda, el mercado sale del closet, con un marketing enredado en nuevos estereotipos; una especie de mercado-militante en medio de una particular forma de protesta en términos estético-políticos, inimaginable tiempo atrás.
“En la primera marcha apenas teníamos un megáfono”, recordó Fernando, uno de los primeros activistas de Uruguay. “Y hoy este es el mayor acto público de nuestra comunidad. Hace veinte años pedíamos visibilidad. Desde entonces, cada cosa que conseguimos costó un esfuerzo titánico. Hasta tuvimos que reivindicar el poder usar la palabra orgullo, porque nos decían que no había motivos de orgullo en ser gay”, siguió. Un poco más allá, a los pies del monumento a Artigas, Hermegue explica por qué siente algo “tan especial” el día de la marcha. “Mi amigo Santiago me contó que cuando era chico lo que veía representado en la tele como puto era Gianola… para muchos de los gays la vida fue tratar de diferenciarse de Gianola. Sin embargo, las tortas no teníamos un personaje siquiera ridiculizado. No somos televisivas, no causamos gracia. Las lesbianas en los medios casi siempre son sólo un objeto de calentura de los hombres. Si para los putos el miedo era ser Gianola, para nosotras el miedo era no ser, que directamente no existieran lesbianas.” A un costado, azul de pies a cabeza, una trans de pelo renegrido y largo se dejaba devorar por las cámaras que descubrían su arco, su flecha, su look cien por ciento Avatar. Posaba con una drag queen de pestañas en las que cabía un universo de estrellitas.
A las siete empezó la marcha y una multitud avanzó por 18 de Julio. “El futuro se construye con amor”, “Respeto”; las pancartas sobresalían entre la multitud. La música y el baile del fondo contrastaban con la sobriedad del principio. Adelante del todo, dos decenas de trans vestidas de negro llevaban un cartel: “Justicia por las mujeres trans asesinadas”. Al llegar a la plaza Libertad se hizo un minuto de silencio por el último de los crímenes, el de Kiara, pero también por Casandra, Gabriela, Ángela, Pamela, la Pochito y la Brasilera, las otras seis víctimas de la transfobia. Cuando volvió el ruido, ninguna tuvo vergüenza de llorar ni pudor de sostenerse en el de al lado. Había mucha rabia contenida, bronca, porque, dice Esther, “me enteré por la prensa que a mi amiga la habían acribillado, y no le pude llevar ni unas flores de mi jardín”.
Señores ataviados de marineritos, una dama que era la estampa viva de Britney Spears, manitos naranjas para reclamar por la despenalización del aborto, pancartas a favor de la legalización de la marihuana, una bisabuela de nombre “Chiquita”, y jóvenes, muchos jóvenes y de todos los sectores políticos, todos compartían su lugar en la plaza. “En nuestra generación estos temas ya no se discuten”, comenta Felipe, “militante de Vamos Uruguay pero re contra a favor de los derechos de los homosexuales”. A unos metros, sobre el escenario, es el turno de Lola, oficial albañil, delegada de seguridad de su sindicato, el sunca, representante ante la Comisión de Género del pit-cnt y trans. “Una amiga me enseñó el negocio. Me pidió, me rogó que presentara currículums por todos lados, que me maquillara, que me pusiera linda”, empezó relatando, con el aliento entrecortado. “A esta amiga, que hoy no está con nosotros, la balearon en el parque Roosvelt. Era Mauri, la Brasilera. Compartimos muchísimas cosas, compartimos la casa, y todo lo que se puede compartir con una amiga. La lucha, el trabajo, el salir adelante. Y hoy estar acá es para mí también un reconocimiento a mi amiga, que ya no está”.
Los aplausos del final vinieron acompañados de las lágrimas del principio y de una silbatina, la primera de la noche, dedicada a Canal 4, por la cobertura que, en su momento, hizo de los asesinatos. “Queremos un defensor de audiencias que reciba nuestros reclamos y establezca penas para quienes discriminen, como pasó cuando Canal 4 desinformó sobre los asesinatos de nuestras compañeras trans”, se leyó en la proclama. Varios dirigentes y militantes de las organizaciones de la diversidad sexual todavía recuerdan como si fuera ayer el fuerte operativo de seguridad y las amenazas recibidas por parte del jefe del informativo –diciendo que de ahí en adelante ya no cubrirían temas referentes a la diversidad sexual– horas antes de que una marcha repudiara a las puertas de Montecarlo el tratamiento dado a los asesinatos. Quizás arrepentido de aquella decisión, Canal 4 cubrió la marcha. “La presión mediática igual se hace sentir, mañana fíjate lo que saca la prensa escrita”, comenta Federico. Y sí: al otro día, apenas algunas referencias –perdidas entre un océano de tinta– a la manifestación de 30 mil indignados por la discriminación. Pero, eso sí, en su momento, tapas a dos columnas para una marcha de 1.500 personas contra la inseguridad. Vaya extraña forma de contar.
La proclama leída cosechó aplausos al celebrar el reconocimiento de la justicia uruguaya al matrimonio de dos hombres celebrado en España, la condena social a quien iba a ser rectora de la Universidad de Montevideo, Mercedes Rovira, la inclusión de la categoría “trans” en los formularios de acceso a beneficios sociales que otorga el Mides, y la inauguración de la primera policlínica libre de homofobia, el Centro de Salud de la Ciudad Vieja. Pero también hubo emplazamientos a los legisladores para aprobar una reforma de la política de drogas que termine con la penalización y el prohibicionismo, la “inmediata reglamentación” de la ley de protección integral a las personas con discapacidades y una ley de medios con defensor de audiencias incluido. Aunque, claro, el centro de las reivindicaciones fue la aprobación de la ley de matrimonio igualitario. Como el tema “New Orleans Function” que alguna vez grabó Louis Armstrong, y que empieza con la “Marcha fúnebre” para ir cambiando imperceptiblemente hasta hacerse suave y terminar ahí arriba, alegre –tan alegre–, al final volvió la música. Hubo rock, hubo baile, hubo tréboles, hubo gays, hubo lesbianas, hubo heterosexuales, muchos heterosexuales. Hubo 30 mil personas, y hasta hubo un abrazo colectivo, bien visible. Como para dejar atrás el miedo que atravesaron los pioneros, en tiempos en que algunos les querían arrebatar la palabra orgullo.


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