Sin drama, con desafíos

Con esta nota culmina el ciclo con el que Brecha y el Programa de Población (Udelar) buscaron comprender las claves demográficas de Uruguay a partir de los datos del Censo 2011. ¿Qué tendencias son relevantes, cuáles son preocupantes? ¿Qué cambios están modificando definitiva e irreversiblemente a nuestra población? ¿Qué hay que hacer, si hubiera que hacer algo, en términos de políticas?

 

Los primeros resultados del Censo 2011 no sorprendieron respecto a lo esperado por los especialistas. Las principales tendencias demográficas se mantienen: bajo crecimiento poblacional, mayor envejecimiento de la estructura de edades, creciente urbanización, concentración de la población en el área metropolitana de Montevideo y en la franja costera. Así las cosas, el censo permite sacar conclusiones relevantes respecto de nuestra población y sus posibles tendencias futuras.

I. Aun considerando hipótesis razonables de incremento de la fecundidad (aunque la tendencia es firme en sentido opuesto) y optimistas respecto a transformarnos en receptores de inmigrantes, las proyecciones “de máxima” apenas superan los 4 millones de habitantes para el año 2050. Es muy poco probable que se concrete un escenario que supere este umbral, por lo que podemos acostumbrarnos a pensar a Uruguay desde la pequeñez demográfica que siempre lo ha caracterizado. Ese es el marco general en el que se inscriben los desafíos de nuestra dinámica poblacional.

II. Trece departamentos decrecen su población con respecto al recuento censal de 2004. Solamente en Maldonado, Canelones, San José, Colonia, Salto y Río Negro aumenta la población. La migración interna es el principal factor explicativo de las diferencias en el ritmo de crecimiento poblacional observadas por departamento y localidad. A nivel macro, las desigualdades socioeconómicas territoriales son el principal factor desencadenante de las corrientes migratorias: la búsqueda de oportunidades laborales suele ocupar un lugar privilegiado entre los factores explicativos. Es por ello que la intensidad de la migración suele ser más alta en las edades económicamente activas, y en particular entre los jóvenes. La mayor propensión migratoria de los jóvenes se explica además por los múltiples eventos que éstos protagonizan (formación de pareja e inicio de la reproducción, incorporación al mercado de trabajo, ingreso a la universidad, etcétera), asociados a una mayor probabilidad de cambiar de residencia. Otros motivos para migrar dentro de Uruguay son el acceso a servicios de salud, educación y vivienda, así como dificultades de acceso a transporte o infraestructura.

III. La principal novedad en materia de distribución territorial es el alto crecimiento poblacional registrado por las localidades costeras que se extienden desde la Costa de Oro hasta Maldonado-Punta del Este. Destaca particularmente el crecimiento vertiginoso de algunas localidades que podrían considerarse como “barrios” de Maldonado-Punta del Este. La Ciudad de la Costa (que con sus 112 mil habitantes pasa a ser la segunda más poblada de Uruguay) continúa creciendo a un ritmo superior al promedio nacional y departamental. Por otra parte, la población rural disminuyó de 8,2 por ciento en 2004 a 5,3 por ciento en 2011.

IV. Nuestras parejas han “desinstitucionalizado” su vínculo. Para traducir la expresión existen datos contundentes. El 40 por ciento de las parejas constituidas no se han unido en matrimonio. Y si consideramos los jóvenes de 15 a 29 años, las uniones libres son el vínculo elegido por el 80 por ciento de las parejas. El cambio ha sido velocísimo; los matrimonios disminuyeron de 20 mil por año en 1990 a 10.500 veinte años después. En nuestra experiencia cotidiana podemos percibirlo: hoy resulta más frecuente que alguien deba “explicar” por qué se casa (la fiesta, darle el gusto a algún familiar de generaciones anteriores) que por qué se une en concubinato. Además, el cambio familiar es profundo y difícilmente reversible. Las personas tienen una mayor cantidad de parejas a lo largo de la vida (por lo tanto disminuye la duración de cada vínculo), negociando las condiciones de la unión en un clima de mayor equidad entre sus miembros, lo que implica mayor libertad y también mayor incertidumbre. Aumentan asimismo las personas que viven solas, los hijos que no conviven con ambos padres y las parejas que retrasan la llegada de los hijos. El resultado es un sistema familiar más complejo, con diversidad de situaciones, que hace inconducente hablar de “la familia” como si la expresión tuviese un sentido unívoco.

V. Uruguay seguirá transitando hacia una población con mayor peso de las personas de 65 años y más. En contrapartida, el peso relativo de los niños y adolescentes se irá reduciendo con el paso del tiempo: el porcentaje de personas entre 0 y 14 años en la población pasó de 28,2 por ciento en 1963 a 21,8 por ciento en 2011. Para 2040 se estima que habrá más mayores de 64 años que menores de 15. Además aumentó el peso proporcional de las personas de 85 años o más. Este sobreenvejecimiento de la estructura de la población va acompañado de una creciente feminización de la vejez. Las mujeres, gracias a que viven más que los hombres, son seis de cada diez entre los mayores de 64 años, y siete de cada diez entre los mayores de 84.

VI. Las tendencias de la fecundidad siguen generando titulares de prensa, que a veces aportan poco a la comprensión del fenómeno. ¿Qué sucede realmente? En Uruguay, donde el descenso de la fecundidad comenzó muy prematuramente para el contexto regional, la cantidad de hijos ha bajado hasta rondar los dos hijos por mujer. Es decir, un poco por debajo del llamado “nivel de remplazo”, lo que ha colaborado con un crecimiento poblacional lento. En cualquier caso, no tiene mayor sentido asumir una mirada “pronatalista” y “convencer” a las mujeres de que tengan más hijos, sea para combatir el envejecimiento poblacional o revertir el ilusorio “peligro de extinción”. Más bien se trata de garantizar el derecho a que cada persona tenga la cantidad de hijos que desea, al tiempo que se logran condiciones de igualdad para el desarrollo de todos los niños nacidos, no importa en qué contexto o tipo de familia. En un país que envejecerá aun más su estructura por edades y que tiene niveles de desigualdad y pobreza infantil preocupantes, la inversión en los niños, en clave de igualación de sus oportunidades y de formación de calidad para el futuro, es uno de los pilares estratégicos más relevantes que podemos atender.

VII. Una de las transformaciones más importantes que Uruguay puede experimentar en los próximos años es volver a ser un país receptor de inmigrantes. En los últimos años, de hecho, no ha aumentado el stock de extranjeros, pero ha comenzado a cambiar su composición. Sucede que los españoles e italianos que llegaron en la primera mitad del siglo xx comienzan a perder peso proporcional a causa de la mortalidad, y son sustituidos por inmigrantes con un nuevo perfil: en gran medida, los jóvenes que han llegado en busca de empleo desde Perú y Paraguay. Los países se suelen favorecer de los flujos inmigratorios y Uruguay podría hacerlo, generando una sociedad más diversa, un mercado de trabajo que pueda atender la creciente y cambiante demanda de mano de obra y una cultura más dinámica y plural. Por cierto, el aumento de los flujos inmigratorios debe hacer sonar las alarmas preventivas, ante el riesgo siempre presente de comportamientos xenófobos en nuestra población.

VIII. Es posible trazar una visión del Uruguay futuro. Un país constituido por una población de alto nivel educativo, capaz de incorporar la innovación y la calidad en todos los procesos. Una población diversa, en su composición por edades, étnica y de arreglos familiares, donde la diversidad no constituya un escollo para el ejercicio de los derechos y el desarrollo, sino, por el contrario, que los favorezca. Una población que no condicione las oportunidades de las generaciones actuales y futuras por su distribución en el territorio. Una población que permita conservar los recursos naturales y el ambiente respetando la capacidad de carga de los ecosistemas. El derecho al arraigo y a vivir en las localidades de preferencia debiera poder ejercerse sin que las migraciones, dentro o fuera de fronteras, estén motivadas por la limitación del horizonte de oportunidades. Las personas no deberían padecer desigualdades en sus oportunidades y en el ejercicio de los derechos por el hecho de pertenecer a un determinado sexo, estrato social, grupo de edad, arreglo familiar, raza, lugar de residencia u orientación sexual. Pero alcanzar esta realidad requiere condiciones económicas favorables, políticas sociales adecuadas, y diseñar y acordar la implementación de políticas de población de largo plazo. n

*     Investigadores del Programa de Población (Udelar), resumiendo los artículos desarrollados en Brecha en este ciclo. La lista de autores incluye además a Adela Pellegrino, Carmen Varela, Mathías Nathan, Wanda Cabella, Mariana Fernández Soto, Martín Koolhaas y Julieta Bengochea.

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