Vivir sin arrepentirnos fue nuestra energía vital durante muchos años, pero hemos aprendido que una cosa es el arrepentimiento y otra el ocultamiento. Una versión más matizada es la crítica superadora. A veces incluso creímos que hablar públicamente era dañino. No comulgo con esa opinión, y menos lo hago con el silencio. Opino desde la fraternidad y desde la izquierda. Por eso digo que en Montevideo hay un aumento de la sensación de ajenidad hacia la ciudad y en ocasiones se profundiza la idea de que –así como está– está costando defenderla y quererla. ¿De dónde sale ese sentido tan particular de enojo y frustración?
Es casi un “te pego porque te quiero”, que por cierto además de machista es lamentable. Pero seríamos hipócritas si no admitiéramos que algo de eso hay en nosotros. Además, nos cuesta decirlo porque tenemos miedo de que se confunda la mirada incisiva y crítica con el abandono de la causa. Cuando sobrevuela la posibilidad de perder, algunos prefieren no hacer olas y no decir nada en voz alta, pero no advierten que uno se ahoga en un remanso al igual que en aguas turbulentas.
22 años de gobierno y existe un espacio de opinión pública –de acuerdo a diversos estudios recientes– que tiene la sensación de que se ha perdido el rumbo porque no logra descifrar y verbalizar cuál es el proyecto y relato de ciudad que nos están proponiendo. Hay mucha actividad, de eso no hay duda, pero no termina de traducirse en la comunicación política.
Falta hacer visible un relato de la ciudad, una épica que convenza, que entusiasme y contagie. Que evidencie en qué será mejor Montevideo dentro de unos años, cómo beneficiarán los cambios a los montevideanos, de qué cosas estaremos orgullosos. Eso es el relato. Poder comunicar un rumbo y hacerlo compartido para que la sociedad confíe.
Uno puede estar dando vuelta Montevideo haciendo obras, pero el sentimiento de confianza, orgullo y emoción por la ciudad se construye cuando hay sentido compartido. Debemos recordar que cada vez menos vivimos en la ciudad, sino en los entornos y micromundos. Son muy pocos los ciudadanos que recorren y conocen toda la urbe. La opinión sobre la ciudad no se construye a partir del conjunto de obras solamente. Hay una dimensión simbólica, de capacidad de emocionar y de reflejar en imágenes colectivas y de contar lo que sucede, que es central.
Hoy los estudios de opinión pública registran malestar con el gobierno de la ciudad, y no son pocos los que aseguran que estamos a la deriva. No lo estamos, sin embargo el sentimiento existe y no creo que se disipe cuando las obras comiencen a verse, como se ha dicho. Hay algo más profundo que obviamente necesita realizaciones concretas pero también emociones y un cambio de humor. Y estas últimas dimensiones se están olvidando.
Debemos saber o entender por qué existe esa distancia –que termina siendo letal electoralmente– entre el esfuerzo que se hace en obras y la visión negativa. La gente, y nosotros somos “la gente”, actúa y decide por lo que siente, es decir por sus sensaciones. Y en Montevideo una parte del electorado que ha sido fiel a la izquierda está molesto, enojado, caliente. Las razones pueden ser varias y hay dificultad incluso entre los críticos para acordar sus causas. A ese estado de enojo no le alcanzan obras. Quiere escuchar y sentir liderazgo y proyecto de ciudad. Y un dato relevante: le preocupan los detalles y cómo se gestiona. Como está molesto, se enoja y reafirma su mal humor con errores de la gestión, que en muchas ocasiones los propios gestores no consideran relevantes.
Tal vez haya poca memoria en nuestras mochilas. Seguramente se cometen injusticias en las apreciaciones. Pero tengamos en cuenta que para el año 2015 al menos el 40 por ciento del electorado no habrá conocido en la ciudad un gobierno que no haya sido frenteamplista. Los problemas de hoy no nacieron hace dos años. Pero también es cierto que la opinión pública no registra un clivaje, un cambio abrupto y motivador. Y por eso la impaciencia se desborda, se derrama y tal vez moja e inunda a quienes no son los responsables directos, pero están en el rol protagónico de la película en estos momentos.
No nos olvidamos de pensar en lo que era esta ciudad hace 22 años. Pero hoy los uruguayos somos diferentes, y ya no miramos el pasado, miramos lo que viene porque hay un nuevo uruguayo que hoy comulga esperanza y no decepción. Queremos calidad además de buenas intenciones y no nos gusta el “sanateo” que explica las ineficiencias por causas incomprensibles para el común de los mortales.
Si le preguntáramos a los montevideanos si estamos orgullosos de la ciudad, me animo a decir que un grupo relevante diría que hoy no lo está. Pero es un sentimiento ambivalente. Porque la queremos, o la queremos querer. Pero no sabemos cómo. O cómo expresar ese amor sin tener que explicarlo con notas a pie de página. El amor, si se explica, es un expediente. Es decir, uno más en la ciudad entre miles que esperan respuesta.
Siento que estamos en un momento delicado.
Porque estamos enojados, nos da bronca. Y queremos gritarla, pero tenemos miedo que de a poco se nos vaya el agua entre las manos.
A la ciudad le falta emoción, un relato que la conmueva y un liderazgo que la empuje. No es nada personal, pero las circunstancias actuales no hacen esa síntesis. Temo el temporal que pueda venir, y por eso prefiero ser meteorólogo a funebrero. Uno anuncia, el otro entierra.
Hoy la ciudad está enojada y tiene miedo de sí misma. Pero un enorme potencial le brota por todos lados. Nunca antes tuvo tanta actividad y proyectos, tantos sueños e inversiones. Y sin embargo el registro es de creciente malestar con la gestión.
Creo que se puede cambiar sin perder el rumbo. Hace falta audacia, renovación e ideas.
Tenemos que ser más intrépidos del hoy, que heroicos del ayer. n
* Sociólogo.